Sólo soy una mitad – Creepypasta

Desde que tengo uso de razón, vivo con la extraña sensación de que me falta algo. Siento que nunca disfruta las cosas al máximo. Siempre llego a mitad de camino y me detengo. Y no porque no quiera, no. De hecho, cada día de mi vida es una batalla constante por tener un sentimiento completo o vivir intensamente alguna experiencia.

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Sin embargo, yo siempre, pero siempre, me quedo a mitad del camino. Ni más, ni menos. Desafortunadamente, esta sensación de “ser la mitad” va mucho más allá de los sentimientos. En el reflejo de cualquier espejo, sólo puedo ver la mitad derecha. Es como si la otra mitad de mi cuerpo no existiera.

Las personas suelen elogiar “mis ojos”. Y mi madre dice que “mis brazos” son tan fuertes y resistentes como los de mi padre. Sucede incluso cuando estoy en la mesa, comiendo con mi familia: la mano derecha asegura firmemente un tenedor mientras un cuchillo flotante corta el trozo de carne en la parte izquierda.

Cuando era niño, siempre me atemorizó este sentimiento. Pero, cada vez que intentaba hablarlo con mamá, ella sólo sacudía la cabeza para desaprobar el tema. Con evidente decepción, solía ignorarme o decir que algún día se me pasaría. Recuerdo que la última vez que hablamos sobre esto estaba de vacaciones antes de empezar la secundaria.

Hoy, estoy experimentando lo que puedo asegurar es el mejor día de mi vida. Me llamaron de la compañía para notificarme que me quedé con el puesto. La chica a la que estuve cortejando en las últimas semanas aceptó ser mi novia. Además, tuve una buena noche de sueño y mamá preparó mi comida favorita…

Pero, a pesar de todo eso, no logró sentirme completamente feliz, ni totalmente extasiado de dicha. No… apenas siento satisfacción y estoy seguro que debería sentir mucho más en este día tan especial. Este día no es bueno ni malo, solo… un día cualquiera. Uno de los tantos días neutros que he experimentado toda la vida.

Aunque ya pasaron más de 12 años desde la última vez que se tocó el tema, creí que debía intentar hablar una vez más con mamá. Como muchas otras veces, estábamos en la cocina preparando la comida. Ella en la estufa, cocinando y sazonando en el sartén mientras yo cortaba todo en trozos uniformes.

Cuando partí la cebolla por la mitad, no aguanté más y puse el tema sobre la mesa. Le repetí, como muchas otras veces, aquello que me aquejaba desde pequeño. Ella volteó los ojos, dispuesta a soltar la misma vieja frase de “ya se te pasará”. Sin embargo, la interrumpí antes de que empezara.

Y se lo conté todo. Absolutamente todo lo que experimenté los últimos 20 años. Profundicé en detalles que incluso resultaban innecesarios. Supuse que era la única forma de que lo entendiera. Y lo entendió tan bien, que un torrente de lágrimas bajó por sus mejillas. Entre sollozos, dijo que me contaría la verdad.

Incluso antes de que empezara a hablar, observé en el tenue reflejo de la ventana mi mano izquierda. Estaba unida a un brazo y un hombro próximo a mi cuello. Finalmente podía apreciar la bella simetría de mi cuerpo.

Todo quedó claro cuando me soltó una simple pregunta que me confirmó que estoy incompleto: “¿has escuchado sobre la reducción embrionaria?”

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