Síndrome de Svengali, cuando el hipnotismo se vuelve mortal

Aunque de cierta forma el hipnotismo ha estado presente desde la antigüedad, su popularización y el halo de misterio que lo rodea empezaron a finales del siglo XIX. Inicialmente conocido como “mesmerismo”, en honor al médico alemán Franz Anton Mesmer que introdujo el concepto de “magnetismo animal” para atraer a los crédulos, las historias sobre la misteriosa técnica de hipnosis para controlar a las personas solía ser un recurso muy explotado por periódicos en todo el mundo.

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Mientras investigadores como James Braid y Jean-Martin Charcot exploraban la hipnosis con fines médicos, otros se dedicaban a organizar  “veladas hipnóticas”: reuniones privadas donde los asistentes tenían oportunidad de experimentar la hipnosis con fines puramente recreativos.

La popularización del hipnotismo de espectáculo.

De hecho, los curiosos relatos de las travesuras que realizaban personas bajo hipnosis dieron pie a una creciente preocupación sobre el peligro potencial que representaba para la sociedad todos aquellos hipnotizadores sin escrúpulos. En 1895, George du Maurier publicó una novela titulada “Trilby”, donde el personaje homónimo es controlado por un hipnotista sinestro llamado Svengali, y la historia terminó contribuyendo a promover el miedo en torno a la hipnosis.

De hecho, la idea de que una persona sin escrúpulos pudiera robar el libre albedrio a otros individuos resultaba tan interesante y aterradora que la historia de Maurier terminó convertida en una obra de teatro y, posteriormente, en un clásico del cine protagonizado por John Barrymore.

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Sin embargo, el populacho seguía profundamente fascinado por la naturaleza mística del hipnotismo. En Norteamérica y Europa se popularizaron actos escénicos donde los hipnotistas ponían en trance a la propia audiencia, y pese a las advertencias de los médicos sobre los riesgos potenciales que representaba esta clase de hipnotismo de espectáculo, las personas seguían abarrotando grandes salas para observar con sus propios ojos el poder del hipnotismo.

Arthur Everton: el verdadero Svengali.

El 8 de noviembre de 1909, un hipnotista de 35 años que se presentaba como el “Profesor” Arthur Everton arrancó una serie de presentaciones en el teatro Somerville en Somerville, Nueva Jersey, Estados Unidos. Para despertar el interés del público, el teatro solicitó a Everton que exhibiera de forma permanente a dos individuos bajo hipnosis en la vitrina del establecimiento, cosa que el empresario aceptó. Un hombre mayor llamado Robert Simpson y el joven Edward Thompson, miembros regulares en las presentaciones de Everton, fueron los elegidos para dicho fin.

El trato no fue nada lucrativo para Everton, pues tan solo recibiría US$ 50 por las presentaciones de una semana entera. Además, el sujeto estaba en una situación económica tan desfavorable que solicitó un pago por adelantado del 20% de la cantidad acordada al administrador del teatro para solventar gastos personas y de sus asistente. Pese a esto, la presentación inició bastante bien con los asistentes actuando según lo convenido. Por otro lado, Everton salía a escena vestido con bata, sombrero de copa y un bigote rebuscado que le proporcionaba un halo extra de misterio.

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Un muerto en el escenario.

Para desgracia de todos los involucrados, la segunda presentación se convertiría en un auténtico desastre. El administrador del lugar había invitado a tres prominentes médicos del área para atestiguar el acto, incluido William H. Long, el médico del condado. Y este nombre es importante pues, en una entrevista para un periódico, Long describió los acontecimientos:

Anoche, tras culminar mi jornada laboral, fui al teatro para ver el trabajo del hipnotista. Everton tomó a esta persona, Simpson, que aparentemente se encontraba hipnotizada, lo tendió con la cabeza apoyada en una silla, sus pies en otra, y le ordenó ponerse rígido. Observé la presentación detenidamente y, para cualquier fin, el sujeto parecía inmerso en una condición de catalepsia.

Cuando Everton saltó desde una mesa al abdomen de este hombre, el cuerpo se mantuvo firme. Al regresar al escenario, ordenó a los asistentes poner a Simpson nuevamente de pie. Aparentemente, debían hacer esto retirando primero la cabeza del hombre de la silla y después el cuerpo rígido. Pero, cuando el personal intentaba realizarlo, el cuerpo del hombre perdió rigidez y se derrumbó, golpeando contra el suelo. Aparentemente, Everton se sorprendió y se apresuró a controlar la situación diciendo “todo está bien”. Además, hizo un movimiento de manos que parecía tener la intención de traer el sujeto de vuelta a la normalidad. Pero no resultó. Después, el hombre fue arrastrado fuera del escenario y lo perdimos de vista.

Una tragedia en el escenario.

Al poco tiempo de lo sucedido, el administrador del establecimiento bajó y solicitó a los médicos presentes en la audiencia que ayudaran a resucitar a Simpson. El Dr. Long y sus colegas fueron a la parte trasera del escenario solo para encontrar que Simpson estaba muerto, sin pulso o latidos cardíacos. Inmediatamente lo trasladaron al hotel Waldorf donde dos de los médicos intentaron reanimarlo. Tras emplear cada método que conocían, incluyendo respiración boca a boca e inyecciones de estricnina, los médicos se dieron por vencidos y declararon oficialmente muerto al hombre.

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Dado que el Dr. Long trabajaba como forense del condado, tenía la obligación de comunicarse con la policía para que se iniciara la investigación formal por la muerte de Simpson. Arthur Everton estaba histérico y se rehusaba a aceptar la muerte de su compañero, alegando que seguía en trance hipnótico. Su determinación por sacarlo del trance era tan grande, que la policía tuvo que resguardar el cuerpo en el hospital del condado. Pese a los argumentos de Everton, un examen médico completo determinó que Simpson había muerto. Mientras los resultados de la autopsia llegaban, Arthur Everton quedó bajo arresto y fue trasladado a la cárcel local con acusaciones de homicidio.

¿Muerte o hipnosis?

Pero Everton seguía insistiendo y, aún tras las rejas, rogó a las autoridades que le permitieran a su compañero y mentor, W. E. Davenport, demostrar que Simpson simplemente estaba hipnotizado. Davenport llegó a Somerville y se dirigió con el administrador del teatro donde se había presentado Everton una semana antes. Aunque de médico no tenía nada, el Dr. Long y otros colegas decidieron retrasar la autopsia para ver lo que podía lograr el hipnotista.

escultura Eros Bendato

Sí, la escena debió ser algo sumamente extraño para aquellos médicos. Davenport, con toda la seguridad del mundo, aseguraba que el cadáver tenía vida y solo necesitaba despertarlo. Pero, tras varios intentos fallidos, incluso Davenport (a regañadientes) concluyó que Simpson había muerto. Mientras comunicaba la terrible noticia a su angustiado amigo en prisión, el Dr. Long y su equipo empezaron con los preparativos para la autopsia. Pronto, los médicos encontraron que Simpson había muerto a causa de una ruptura en la aorta relacionada con su alcoholismo. Pese a esto, Everton debía enfrentar a la justicia.

El hipnotista enfrenta la justicia.

Cuando le comunicaron que sería acusado de homicidio involuntario, el intrépido Everton ideó una historia para defenderse bastante peculiar. Aseguraba que Simpson aún estaba con vida cuando los médicos le practicaron la autopsia, y que ellos eran los únicos responsables por la muerte de su compañero. Logró salir bajo fianza y, por increíble que parezca, siguió realizando actos de hipnotismo a lo largo de la costa este mientras llegaba el veredicto final.

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Al fin, lo que podría haber evolucionado a un fascinante caso judicial terminó cuando el gran jurado decidió no juzgar al hipnotista por la muerte de Simpson. Dado que ningún médico pudo testificar que la hipnosis fue la causa directa de la muerte, Everton quedó en libertad.

Después de esto, poco se supo de Arthur Everton. Volvió a ser noticia en 1920, cuando los federales allanaron su vivienda y le confiscaron miles de dólares en alcohol (en plena prohibición). Durante las declaraciones a la prensa, Everton aseguró que los oficiales habrían estado a su merced si hubiera utilizado la hipnosis, pero había decidido no hacerlo pues era un “ciudadano que respetaba las leyes”. Ya no se supo si llegó a hipnotizar al juez para que lo declararan inocente.

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