Creepypasta

Las escaleras

“Quiero que la mates”, se hacía eco en aquel lugar una voz casi susurrante y monótona. Frente a mí se encontraba mi madre, crucificada sin ningún tipo de misericordia en una decrépita cruz de madera. Unos clavos le atravesaban las manos y cuerdas en hombros y tobillos la hacían mantenerse firme en esa posición.

Crucificcion

Sus ojos, rojos y hundidos por la exposición, se mantenían abiertos gracias a una cinta adhesiva, revelando unas pupilas completamente dilatadas a causa del miedo. Su boca estaba completamente cerrada a causa de las suturas. Cada lamento y cada súplica eran ahogadas.

“Eso ya ni siquiera es vivir”, dijo la voz con sentido desafiante.

Eché un vistazo al entorno. Era una habitación cuadrada muy pequeña, con paredes metálicas no más altas que las de mi apartamento. Sin embargo, en lugar de techo se observaba un vacío y oscuridad que parecían extenderse hasta el infinito.

Aproximadamente a metro y medio de distancia se encontraba mi madre, retorciéndose débilmente contra sus ataduras. Atrás de ella observaba una escalera imposiblemente alta que parecía conducir a la inmensidad.

“¿Qué esperas? Como si te importara”, incitó aquella voz.

¿Quién está hablando? ¿De dónde viene esa voz? Su cálida presencia me envolvía como un cobertor tibio. En un repentino momento de realización, finalmente me di cuenta de la gravedad de la situación en que me encontraba. No sabía el lugar donde estaba, y francamente no me agradaba sentirme perdido.

Pude sentir la adrenalina corriendo por mi torrente sanguíneo. El corazón golpeaba fuerte contra mis costillas. Mis manos se habían convertido en garras. Las cerraba repetidamente. Abriendo, cerrando. Abriendo, cerrando.

Tenía que salir de ahí.

“Acaba con ella”.

Dirigí la mirada a la derecha, a un panel quirúrgico repleto de dispositivos diseñados para infringir dolor. Un cuchillo. Una cuerda. Una pistola. Navajas, multitud de agujas, píldoras y polvos de apariencia extraña.

Todo un arsenal para desfigurar, mutilar y destruir.

Tomé una navaja. Así podría cortar las suturas que mantenían cerrados los labios de mi madre, y tener aunque sea una idea de qué diablos estaba sucediendo.

Mamá siempre sabía lo que pasaba.

Navaja en mano, caminé cautelosamente hasta mi madre cuyos ojos se llenaron de luz mientras me acercaba. Entre todo ese dolor, lágrimas y puntos de sutura, ella me sonrió.

Llevé la mano izquierda hasta su rostro para acariciarla, mientras en la derecha sostenía con seguridad la navaja.

Mientras la piel de su rostro rozaba con la palma de mi mano, me derrumbé. Lloré con más intensidad de lo que había llorado en toda mi vida. Todo el cuerpo me temblaba mientras sollozos convulsivos emanaban de mi garganta.

Sin importar la gravedad de la situación. Sin importar que las cosas fueran de mal en peor, si la persona o las circunstancias eran terribles, mi madre estaba feliz de que yo estuviera allí.

Me controlé y levanté la mano derecha, temblaba mientras me acercaba a su rostro, listo para quitar los puntos de la mejor forma posible. Los primeros puntos se soltaron, después otros y otros, hasta que toda la línea quedó libre, liberando sus labios de la prisión.

Liberé el aire contenido en mis pulmones, inclinándome para observar más profundamente en sus ojos.

“¿Mamá?”.

Pero mientras las lágrimas corrían por sus mejillas, entre aquellas sonrisa calurosa y agonizante, recitó una sola palabra.

“Sube”.

Observé la escalera, y después regresé con mi madre buscando una confirmación. Solamente necesité que asintiera ligeramente con la cabeza para saber lo que debía hacer. Mientras caminaba lentamente rumbo a la escalera, ella susurró una última cosa.

“Te amo”.

“Yo también te amo, madre”.

Nunca le había dicho aquello lo suficiente.

Subiendo escaleras

Entonces, con la navaja todavía empuñada empecé a subir. Subí con determinación. Subí durante lo que parecieron horas. Escalé entre gradas rotas, e incluso cuando estaba cansado seguí escalando.

Lloraba mientras subía, pero seguí adelante, con mucosidad que me escurría por la quijada mientras las lágrimas entorpecían mi visión. Sentí nostalgia mientras subía. Escalé a través de buenos recuerdos, y también de los malos, escalé entre aquella ocasión que me dio gripe y mamá fue a casa sólo para lavar la ropa, escalé entre aquella ocasión que mi novia me traicionó.

Escalé porque estaba harto de aquella habitación oscura. Escalé para que mi madre se sintiera orgullosa. Mientras escalaba, la oscuridad se hacía menos, desvaneciéndose entre la claridad. Por fin pude ver dónde terminaba la escalera. Había encontrado la salida.

Mientras ponía mis manos en el último peldaño y pasaba por el borde, fui invadido por la claridad. La luz disminuyó, y mientras regresaba a mí, me encontré de regreso en la bañera, aún con la navaja en la mano.

Un golpe fuerte en la puerta del baño me sacó del trance.

“¿Estás ahí? Tu hermana me llamó. Estamos preocupados por ti”.

Era la voz de mi madre.

Salí de la bañera, coloqué la navaja de afeitar de regreso en el estante y caminé directamente a la puerta. Abrí, ella me observó. Me vio y lo supo.

Me abrazó mientras yo me soltaba en llanto.

“No sabría cómo vivir sin ti”, me susurró.

La escalera acababa de empezar.

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