La comida más importante – Creepypasta

Mamá siempre dijo que el desayuno era el alimento más importante del día. Incluso cuando no se sentía bien, se aseguraba de preparar un buen desayuno diferente cada día. Los fines de semana solíamos despertar con el olor del tocino, o el exquisito aroma de unos panecillos horneándose. Incluso entre semana mamá se aseguraba de que tuviéramos al menos un tazón de cereal o avena antes de ir a la escuela. Compraba cinco tipos de cereal por lo que siempre había variedad. A mamá realmente le encantaba el desayuno.

un buen desayuno

Hoy, serví a Joel y a mí algunos cheerios en nuestros tazones. Desayunamos lo mismo ayer y me hubieran gustado unos huevos o avena, pero se habían terminado. Se había terminado prácticamente todo, con excepción de dos latas de sopa y un par de cajas de cereal. Ayer comimos cereal todo el día pues las sopas son de guisantes y tomate, y es algo que odiamos.

Después de comer, a Joel le tocó lavar los platos. Nos acostamos muy temprano ayer, dormimos bastante tiempo y aún estaba oscuro por la mañana. Intentamos ver televisión, pero, a pesar de que hoy tuvimos suministro eléctrico, en todos los canales se repetía la misma advertencia sobre mantenerse dentro y evitar la interacción con otras personas para no infectarse. A veces, un doctor aparecía en escena para explicar que se trataba de un virus y no existía cura, aunque trabajaban en eso.

Papá dijo que regresaría temprano por la mañana con más comida y algunas herramientas para cavar. Me aseguré de marcar el día de hoy, martes, en el calendario. Había tachado «domingo» la noche que se fue, y «lunes» ayer antes de ir a la cama. Sólo así me aseguraba de que no lo olvidaría.

Debíamos enterrar a mamá hoy, pues el sótano empezaba a oler.

granjeros

Entonces, Joel y yo salimos para ver que podíamos encontrar apenas empezó a amanecer. Papá dijo que podíamos tomar cosas de otras personas pues, si estaban muy enfermos como para detenernos, ya no las necesitarían. Bajamos a la casa del Sr. Rey ubicada en la carretera federal. Él y su esposa siempre nos permitieron tomar algunos huevos de su gallinero y, a cambio, papá o yo cortábamos el césped. Supuse que, especialmente ahora, no le importaría que tomara algunos huevos y tal vez un poco del maíz que cultivó.

El patio del señor Rey estaba tranquilo. Aunque no logramos escuchar a las gallinas, lo vimos cargar un cubo entrando y saliendo del gallinero. Tenía mal aspecto, caminaba con mucha dificultad y estaba muy sucio. Ni siquiera se percató de nuestra presencia cuando nos acercamos.

Repetía el mismo patrón una y otra vez. Empezaba desde su percha favorita en el último escalón del porche, con las piernas tendidas sobre la escalera. Tras varios segundos se levantaba, caminaba hacia la manguera y llenaba el cubo, después se dirigía al gallinero y vaciaba el agua en el comedero. Regresaba para dejar el cubo en donde lo había tomado, y después volvía a sentarse en el escalón. Para cuando nos acercamos lo vimos hacer esto unas 6 o 7 veces. Debió repetirlo durante mucho tiempo pues toda la zona estaba repleta de lodo.

Su perro, Tyson, bebía del comedero y lucía satisfecho y muy saludable. Le mencioné a Joel que creía saber el destino de las gallinas.

perro en uin granja

Una vez que me acerqué, me di cuenta que estaba enfermo y delgado igual que mamá, cuando empezó a hacer algo y se olvidó de parar. Ahora, nunca se detendría hasta la muerte. Observé a Joel, quien estaba observando a la esposa del Sr. Rey en el porche. Casi caía de la silla, y aparentemente tejía una manta cuando empezó a olvidar. Una parte de su brazo estaba cubierta de sangre. Joel vomitó y me dijo que no habían sido las gallinas las que engordaron al perro.

Le grité al Sr. Rey para que se detuviera y ayudara a su esposa, pero ni siquiera regresó a verme. Tyson empezó a gruñir, pese a que siempre fue un perro muy dócil. El Sr. Rey solía decir que unos ladrones podrían entrar a robar su televisión, y Tyson estaría feliz de verlos llegar y retirarse.

Joel y yo decidimos marcharnos.

Al superar una curva en esta carretera se encontraban otras dos casas. Nuestro camino de grava era pequeño y difícil de distinguir si no sabías que estaba allí, por lo que las personas no solían molestarnos. Sin embargo, en la carretera podías observar todas esas casas con las puertas abiertas. Papá dijo que las personas habían saqueado toda el área con el pánico generado cuando el presidente apareció por tercera vez en televisión.

En el primer discurso, el presidente dijo que el virus era parecido a la enfermedad en que los ancianos empiezan a olvidar cosas y luego, cuando empeoraba, se hacía lo mismo una y otra vez. Señaló que los científicos desconocían el origen, aunque ya trabajaban en una cura. En la segunda aparición dijo que era importante mantener la calma y evitar el contacto con otras personas, para evitar la propagación. Al poco tiempo los noticiarios empezaron a transmitir las imágenes de los primeros disturbios.

disturbios y saqueos

La última vez que apareció el presidente, con voz entrecortada dijo que éramos una nación grandiosa, los científicos aún trabajaban en la cura y que Dios tuviera misericordia de nuestras almas. Después, todos los canales dejaron de transmitir y lo único que podía verse eran las advertencias.

La casa grande cerca de la curva era donde vivía la familia más rica del pueblo. Debían ser ricos pues tenían tres automóviles último modelo, eran dueños de una estación de gasolina y la única familia del pueblo que realmente poseía algo además de su casa. Fueron los primeros en irse en una gran camioneta cuando el presidente emitió el discurso. El padre se detuvo en varias casas y les dijo a todos que, si eran inteligentes, también debían irse.

Tenían gemelos un grado antes que yo, por lo que me puse un poco triste al verlos partir y realmente esperaba que volvieran. Ahora no creía que eso fuera posible. Simplemente dejaron todo atrás. Papá se detuvo en esta casa para tomar uno de los autos cuando se fue a buscar alimentos y herramientas, pues su auto estaba descompuesto la mayor parte del tiempo.

Aún se encontraba un carro estacionado en la entrada. Joel mencionó que podríamos tomarlo para intentar conducir a casa del tío Gabriel. Le dije que sólo tenía 11 años y él era más pequeño aún, que el único sitio donde manejaba era en los videojuegos. Mencionó que debía ser como en los videojuegos, de todas formas, si chocábamos no había nadie en las calles a quien pudiéramos lastimar.

Sin embargo, no quería entrar a esa casa para buscar las llaves. La propiedad de esta familia era grande y estaba vacía, no podía salir nada bueno de allí. Yo tampoco entraría. Pensé que tal vez otro día, pues si papá no regresaba tendríamos que hacerlo.

casa enorme

La única tienda en el pueblo se encontraba en la estación de gasolina, y por lo que habíamos visto antes suponíamos que papá se había ido sin una sola cosa de allí. Los saqueadores se habían llevado todas las latas y bebidas en buen estado. De hecho, algún genio dejó la puerta del congelador abierta por lo que la leche y todas las cosas dentro estaban echadas a perder. Las latas de sopa que teníamos en casa las encontramos entre unas cajas vacías. Después de todo, los guisantes con algo de tomate empezaban antojarse. Me preguntaba a qué sabían juntos.

Intentamos con el teléfono del mostrador una vez más. Había tono pero, sin importar el número que marcaras, nadie respondía. Intentamos con la abuela y el tío Gabriel, seleccionando números al azar de una agenda telefónica, números inventados e incluso el 911. Nadie respondía, excepto por las contestadoras automáticas.

Ya no sabíamos qué más hacer.

Afuera, empezamos a escuchar un golpeteo suave y distante. Miramos por la ventana y observamos a una persona caminando. Se desplazaba con dificultad, cojeando. Cargaba uno de esos maletines elegantes y un bastón mientras caminaba a media calle. Aparentemente se había torcido el tobillo, y caminaba de una forma tan desigual que la planta de su pie ni siquiera tocaba el suelo, se apoyaba sobre el tobillo que estaba aplastado y tenía un aspecto poco saludable. Sin embargo, seguía caminando como si no doliera, como si hubiera olvidado la forma correcta de caminar o como dejar de hacerlo. Nos ocultamos y lo vimos pasar. No volteó a ningún lado, simplemente siguió caminando. Salimos hasta que estuvo muy lejos.

Definitivamente ya pasaba de mediodía, y papá no había regresado. Estábamos asustados, pero ninguno quería admitir que las cosas habían salido mal. Tal vez papá empezó a olvidar y siguió conduciendo sin parar. Quizá los saqueadores se apoderaron del automóvil. O tal vez algo peor le sucedió.

el fin del mundo

No mencionamos nada, simplemente regresamos corriendo a casa y aseguramos las puertas. Era temprano, pero, tal vez si dormíamos ahora mañana cuando despertáramos papá estaría en casa.

Mamá siempre dijo que el desayuno era el alimento más importante del día. Incluso cuando no se sentía bien, se aseguraba de preparar un buen desayuno diferente cada día. Los fines de semana solíamos despertar con el olor del tocino, o el exquisito aroma de unos panecillos horneándose. Incluso entre semana mamá se aseguraba de que tuviéramos al menos un tazón de cereal o avena antes de ir a la escuela. Compraba cinco tipos de cereal por lo que siempre había variedad. A mamá realmente le encantaba el desayuno.

un buen desayuno

Hoy, serví a Joel y a mí algunos cheerios en nuestros tazones. Desayunamos lo mismo ayer y me hubieran gustado unos huevos o avena, pero se habían terminado. Se había terminado prácticamente todo, con excepción de dos latas de sopa y un par de cajas de cereal. Ayer comimos cereal todo el día pues las sopas son de guisantes y tomate, y es algo que odiamos.

Después de comer, a Joel le tocó lavar los platos. Nos acostamos muy temprano ayer, dormimos bastante tiempo y aún estaba oscuro por la mañana. Intentamos ver televisión, pero, a pesar de que hoy tuvimos suministro eléctrico, en todos los canales se repetía la misma advertencia sobre mantenerse dentro y evitar la interacción con otras personas para no infectarse. A veces, un doctor aparecía en escena para explicar que se trataba de un virus y no existía cura, aunque trabajaban en eso.

Papá dijo que regresaría temprano por la mañana con más comida y algunas herramientas para cavar. Me aseguré de marcar el día de hoy, martes, en el calendario. Había tachado «domingo» la noche que se fue, y «lunes» ayer antes de ir a la cama. Sólo así me aseguraba de que no lo olvidaría.

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