Gajes del oficio

La vida de mi familia siempre resultó miserable. No dejaba de preguntarme por qué era así. Por qué las cosas nunca mejoraban en casa. Rara vez comíamos tres veces al día, y cocinábamos con la misma agua que usábamos para bañarnos. Vivíamos en la pobreza extrema. A lo largo de todos esos años, mamá acumuló demasiado resentimiento contra mi padre.

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Él se iba de casa durante días e incluso semanas, supuestamente para hacer trabajos temporales en diversas ciudades. De alguna u otra forma, nos las arreglamos para subsistir. Cada vez que mamá insistía en conseguir un empleo para mejorar la economía de la casa, él rechazaba la propuesta de inmediato. El poco dinero que ingresaba y la ausencia de papá propiciaron acaloradas discusiones en casa.

Constantemente, mamá lo sermoneaba y culpaba de serle infiel. Le reprochaba que mientras el resto de su familia parecían víctimas de Auschwitz, él gozaba de buen físico y pareciera bien alimentado. Varias veces, mamá perdió el control y terminó arrojando objetos pesados a papá. De hecho, una vez se abalanzó sobre él con un cuchillo en la mano.

Sin embargo, papá jamás la denunció. Era como si sintiera culpa por lo que pasaba, y buscara mantener oculto su sucio secreto. Pero, no todo en él era malo, algunos de los recuerdos más bellos que tengo son a su lado. Como las veces en que mirábamos las estrellas y me explicaba como descifrar el cielo.

Era un hombre inteligente y brillante, por eso siempre me resultó extraño que llevara una vida tan mediocre. Algunas veces encontré dolor en su mirada. Como si estuviera avergonzado de la vida tan horrible que daba a su familia. Sin embargo, otras veces se mostraba como un hombre frío y calculador.

Un día me ganó la curiosidad y decidí seguir a mi padre en uno de sus largos viajes de trabajo. Tomó un tren y tras varias horas de viaje se bajó en una estación. Posteriormente, se adentró en un lujoso vecindario. Pensé que estaba reparando casas o haciendo trabajo de jardinería para la gente rica de la zona.

Se paró frente a una casa enorme y abrió la puerta. Inmediatamente, dos niños y una mujer saltaron para llenarlo de abrazos. La mente se me nubló, no lograba procesar lo que estaba viendo. Localicé una pequeña ventana en el sótano y me metí en aquella casa. Recorrí varios sitios y encontré un montón de fotos de papá acompañado por esta mujer y los niños. En casa no había una sola foto de toda la familia junta. Mi corazón se hizo pedazos.

Revolví un montón de papeles y finalmente encontré la verdad. Papá era un psiquiatra que trabajaba para la CIA. El trabajo más importante de su vida era el estudio de los efectos psicológicos producidos por la pobreza y la ausencia de una figura paterna. Tenía fotos de mis hermanos, mías y de mamá. Sin embargo, todos estábamos etiquetados como “sujetos”.

Repentinamente, escuché un grito ahogado que antecedió a mi nombre en voz alta. Al voltear, encontré a ese hombre que toda la vida creí conocer. Mientras sus ojos se llenaban de lágrimas, sacó un dispositivo del bolsillo y empezó a hablar.

“Experimento comprometido, solicito autorización para terminar”.

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