El pescador y el samurái

Un joven samurái se dedicaba a prestar dinero y a vivir de la usura amedrantando a los malos pagadores, sin importarle nada la vida de nadie. Uno de los endeudados era un pescador a quien visitó para recuperar su dinero. El pobre pescador huyó aterrorizado del genio del samurái, pues no tenía dinero para saldar sus deudas.

Horas y horas anduvo el usurero buscando a su presa, hasta que lo encontró escondido en la maleza. Al verlo asustado él se hizo más grande y bravucón, enfadado por no recuperar su dinero. El pescador quiso decir unas palabras antes de morir y el samurái le dio esa oportunidad.

El pescador comentó que estaba estudiando filosofía y que su frase preferida era: “Si alzas tu mano, restringe tu temperamento; si tu temperamento se alza, restringe tu mano“. El guerrero quedó impactado por las diferentes lecturas que podía hacer de dicha frase. Le recomendó al pescador que siguiera estudiando, pues le daba un año más para conseguir dinero.

Cuando el samurái volvió a su casa por la noche, agotado y deseoso de ver a su esposa, vio que había luz en su habitación. Entró silencioso y vio a su esposa acostada con alguien a su lado. Pensó que era otro guerrero y sacó su espada sin hacer ruido con intención de deshacerse del amante de su mujer. Pero le vinieron a la mente las palabras del pescador: “Si tu mano se alza, restringe tu temperamento; si tu temperamento se alza, restringe tu mano”.

Así que decidió cambiar de técnica, e hizo como que entraba de nuevo en la casa y dijo en voz alta que ya había llegado. Su mujer se levantó, contenta del regreso de su marido, para saludarlo y recibirlo. Se había acostado con su hija, vestida de samurái, pues tenía miedo de los desconocidos mientras él no estaba en casa.

Al año siguiente el samurái fue a casa del pescador, quien lo estaba esperando para darle lo que le debía más los intereses; pero el samurái le dijo al pescador que no le debía nada, que él era el verdadero endeudado.

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