Apocalipsis de la Biblia: ¿venganza o salvación divina?

El Apocalipsis es el último de los libros que conforman la Biblia. Probablemente lo escribió Juan, uno de los cuatro evangelistas, en torno al 95 d.C. en la pequeña isla griega de Patmos, en el mar Egeo. El inicio de uno de los relatos más fantásticos y terribles en la literatura universal es inquietante, por decir lo menos: “Yo Juan, vuestro hermano, y copartícipe vuestro en la tribulación, en el reino y en la paciencia de Jesucristo, estaba en la isla llamada Patmos, por causa de la palabra de Dios y el testimonio de Jesucristo. Yo estaba en el Espíritu en el día del Señor, y oí detrás de mí una gran voz como de trompeta, que decía: Yo soy el Alfa y la Omega, el primero y el último. Escribe en un libro lo que ves, y envíalo a las siete iglesias que están en Asia

el cielo se tiñe de rojo

El Infierno sobre la Tierra.

A continuación, el profeta describe visiones aterradoras. Es una auténtica película de terror proyectada sobre el propio cielo. Allí encontramos personajes espeluznantes, como los cuatro caballeros que esparcen guerra, hambre y peste. Uno de ellos, un ente de apariencia verdosa al que apodan “Muerte”, traía la “morada de los muertos” y era acompañado por multitud de ángeles que tocaban trompetas y anunciaban castigos y catástrofes.

Entre lamentos, truenos, relámpagos y terremotos se desarrollan escenas aterradoras. “El primer ángel tocó la trompeta, y hubo granizo y fuego mezclados con sangre, que fueron lanzados sobre la tierra; y la tercera parte de los árboles se quemó, y se quemó toda la hierba verde”. “El segundo ángel tocó la trompeta, y como una gran montaña ardiendo en fuego fue precipitada en el mar; y la tercera parte del mar se convirtió en sangre”. “El tercer ángel tocó la trompeta, y cayó del cielo una gran estrella, ardiendo como una antorcha, y cayó sobre la tercera parte de los ríos, y sobre las fuentes de las aguas”.

En el relato la Tierra es invadida por plagas terribles. “Del humo salieron saltamontes, los cuales cubrieron la tierra y recibieron poder para picar como escorpiones a la gente”, se lee. “Luego, Dios les ordenó que no dañaran a la tierra, ni a los árboles ni a las plantas, sino solo a quienes no tuvieran en su frente la marca del sello de Dios. Dios les permitió que hirieran a la gente durante cinco meses, pero no les permitió que mataran a nadie. Y las heridas que hacían los saltamontes eran tan dolorosas como la picadura de los escorpiones”.

En una escena tan terrible, no es casualidad que Juan haya agregado: “durante esos cinco meses, la gente que había sido picada quería morirse, pero seguía viviendo”.

las trompetas del apocalipsis

La batalla del Juicio Final.

En el Apocalipsis de Juan se contempla una batalla final entre el Bien y el Mal, entre Dios y el demonio. Las fuerzas del averno están integradas por un ejército incalculable, todas bajo las órdenes de un Anticristo, el demonio en persona. Y serán vencidas por Jesús, que reinará durante mil años mientras Satanás está encadenado. Sin embargo, el mal no es fácil de vencer y logrará liberarse para volver a la batalla final, que tendrá lugar en un sitio llamado Armagedón.

Para muchos historiadores, el lugar al que hace referencia Juan es Megido, que actualmente pertenece al territorio de Israel. Y nuevamente Jesús vencerá a las fuerzas del mal. Tras esta batalla llegará el Juicio Final, el evento en el que los pecadores terminarán en el infierno y los buenos y justos disfrutarán de una eternidad en el paraíso.

Dadas las escabrosas escenas que describió Juan, incluso en nuestros días muchos creen que el evangelista hablaba del fin del mundo. Sin embargo, los teólogos, analistas de la Biblia y cristianos en general han interpretado este relato de forma distinta. Parten de la primicia de que la palabra griega “apocalipsis” significa “revelación”. Entonces, se trataría de una revelación divina de sucesos que, hasta entonces, se mantenían en secreto a un profeta elegido por Dios.

Un juicio de salvación.

Por eso, las catástrofes empezaron a referirse como “apocalipsis”. Para algunos teólogos, las revelaciones del texto no son predicciones del futuro. Esto se respalda en el hecho de que el Dios bíblico no hace predicciones, si no promesas. Entonces, el Apocalipsis de Juan sería una forma literaria, muy propia de la época, de narrar los acontecimientos marcantes en la vida de los primeros cristianos, mostrándoles que la respuesta final está en Dios.

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Sin importar las tribulaciones o persecuciones, Jesucristo era más fuerte y él sería quien tendría la última palabra. Desde esta perspectiva, Dios no vendría a destruir el mundo, sino a salvarlo. El juicio de Dios consiste en hacer justicia a aquellos que han caído y rescatarlos de las cosas que los destruyeron. Es decir, es un juicio de salvación, no de condena. Así, el Dios cristiano no condenaría a nadie, y su misericordia renovaría todas aquellas cosas que alguna vez fueron corrompidas.

Los propios sacerdotes ven en Apocalipsis un relato de esperanza, y no de temor. Los símbolos y el lenguaje están cargados de secretos que permiten a los cristianos entender quién es el señor de todo. Simultáneamente, atrapan al resto de lectores que se ven fascinados por los simbolismos y las profecías del fin.

Y es que el texto puede resultar muy extraño para la cultura occidental, aunque para la mentalidad semita que predominaba en el período que se escribió fue muy comprensible. La obra se escribió en una época de profunda crisis y persecución, donde buscaban “revelar” los caminos de Dios sobre el futuro para levantar la moral de los perseguidos y propiciar certeza sobre la victoria final.

El fin que da sentido a nuestra existencia.

En la época que Juan escribió el Apocalipsis, las iglesias de Asia sufrieron una intensa persecución del emperador romano Tito Flavio Domiciano, comúnmente conocido como Domiciano, que gobernó entre el año 81 Y 96 de nuestra era.

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El libro es una respuesta a la duda que tenían los cristianos sobre el gobernante del mundo. ¿Mandaban los tiranos sobre la tierra o el Señor en los cielos? Ese paralelo entre el cielo y la tierra garantiza a los creyentes que estarán acompañados de Dios en el momento que lleguen al cielo, y que la historia sigue su curso en este mundo por voluntad de Él y no de los malvados.

Juan buscó transmitir a sus hermanos perseguidos la certeza de que Jesús estaba con ellos, y que la victoria llegaría en breve. Ese simbolismo, ocasionalmente irracional, del que se sirve el autor para transmitir esperanza a los perseguidos deja en claro que el reino de Dios supera a los acontecimientos que están viviendo, y al mismo tiempo funciona como un lenguaje secreto para los perseguidores.

Muy aparte del cristianismo, esta visión de un mundo finito está presente en la psique humana. Desde siempre, el hombre busca encontrar un significado al mundo y los fenómenos que lo afectan. Así, al contemplar el caos en un cielo nocturno, proporciona a las estrellas significados que tienen analogía con señales que ve en la Tierra. En esencia, nuestra mente busca constantemente dar sentido a las cosas. Y la imagen de un fin del mundo ayuda a explicar lo que estamos haciendo aquí.

La fantasía del Apocalipsis.

Esa interpretación sobre las señales futuras de una segunda llegada de Cristo ha proporcionado a múltiples grupos religiosos, incluso católicos, tierra fértil para la imaginación donde encuentran por todos lados señales “inminentes” del Juicio Final. Muchos creen que las epidemias, catástrofes naturales e incluso la crisis de esperanza que atraviesa la sociedad moderna son señales anticipadas del apocalipsis.

El día del Juicio Final, la venida de Cristo y la consumación del tiempo y espacio son aspectos de la fe cristiana que provocan desconcierto, afectando el sentido de la esperanza en los cristianos. Y esto sucede porque la fantasía de un apocalipsis sembró la idea de que la llegada estará marcado por la ira, venganza y señales catastróficas.

Lidiando con la muerte.

Algunos teólogos están convencidos de que ese temor al fin del mundo está relacionado con la finitud humana, algo con lo que el hombre tiene que convivir diariamente (la muerte), pero que nos sigue asombrando como individuos y especie. El psicólogo británico Bruce Hood, señala que imaginar un final colectivo en el que se ponga orden al mundo, es inherente a la mente humana.

el juicio final

El fin del mundo siempre fue una amenaza empleada especialmente por las religiones para imponer parámetros de comportamiento a los individuos. La destrucción de Sodoma y Gomorra son el mejor ejemplo, pues se divulgaron como venganzas por los pecados de su población. Aquí, la historia del fin del mundo se manifiesta como una medida moral.

Épocas de renovación.

Y ese sentimiento mezclado con miedo parece fortalecerse en aquellas fechas donde cambia el calendario, específicamente en fechas de transición como el fin del milenio. Después de todo, hablamos de una muerte simbólica o de un “fin del mundo” del calendario (una invención total mente humana) en que se vive, y la oportunidad de evaluar el funcionamiento de la civilización.

Sin embargo, existe una parte positiva de esta situación: el calendario (como elemento artificial para contar el tiempo) proporciona al hombre la oportunidad de reevaluar su posición en el reino de la vida, tanto como individuo como especie.

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Pese a todo el sufrimiento previsto en el Apocalipsis de Juan para todos los humanos pecadores que no se arrepienten, al final queda la esperanza. Después de todo, el hombre vivirá en comunión con Dios y todo el sufrimiento habrá terminado. El ciclo estará cerrado. “Vi un cielo nuevo y una tierra nueva”, escribió el profeta.

Porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existía más. Y yo Juan vi la santa ciudad, la nueva Jerusalén, descender del cielo, de Dios, dispuesta como una esposa ataviada para su marido. Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios. Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron”.

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