Un viaje a Plutón

A inicios de mes, justo antes de Semana Santa, una extraña sensación punzante subió por mi columna vertebral y se alojó en mi cuello en forma de un intenso frío, como si dejaran la ventana abierta. Observé aquel entorno tan familiar. Nada estaba fuera de lugar. Ventanas y puertas estaban cerradas como de costumbre. Después, me percaté que el corazón latía con fuerza y me resultaba imposible identificar el motivo de tanta ansiedad. Tras un rato, la sensación se desvaneció.

pluton circunferencia

Evité salir de la oficina y almorcé sobre el escritorio. Llevaba un sándwich bien preparado: jamón, queso, mantequilla y un poco de mayonesa. Aprovechando el receso y el clima nevado, toda la oficina salió. Empecé a comer sin pensar en nada en específico, saboreaba la paz y tranquilidad de la oficina, hasta que el extraño frío volvió a apoderarse de mí. Aunque, esta vez fue físico y penetrante. Una ola de aire gélido se escabulló hasta el cubículo y penetró hasta la médula de mis huesos. En respuesta, la piel de gallina apareció sobre mi espalda, cuello y brazos. La ansiedad volvió, y esta vez precedida por algo que destellaba en la periferia de mi visión.

Di la vuelta con tanta rapidez que la silla giratoria casi vuelca.

Absolutamente nada.

Procuré seguir con mi día, con la constante preocupación de que algo acechaba en la esquina de mi ojo izquierdo o derecho. Empezaba a sospechar que se trataba del aura de una migraña, pero mi cabeza se sentía excelente.

Durante el viaje de regreso a casa en autobús, los destellos en la periferia de mi visión reaparecieron. Puntos oscuros, parecidos a los típicos flotadores que todos vemos a contraluz, excepto por la forma en que se desplazaban. Sabemos que los flotadores de ojo se desvanecen si uno deja de poner atención. Estos persistieron. Incluso con los ojos cerrados, pululaban como enjambres de mosquitos justo en los límites de mi visión. Era la primera ocasión que mis ojos distinguían algo más oscuro que el interior de los párpados.

Llegando a casa me tomé un par de analgésicos, serví un trago y me recosté en el sofá. Le pegué un sorbo al whisky más por costumbre que por placer y me dispuse a ver televisión. Un extraño dolor empezaba crecer en mi ojo derecho, como si estuvieran empujando un cubo de hielo contra el órgano. El enjambre de puntos negros se fusionó y, de la nada, perdí la vista en ese ojo.

En ese instante me di cuenta que requería atención médica y entré en pánico. Salté del sofá para dirigirme a la cocina donde había dejado las llaves y el teléfono. Al ponerme de pie, lo mismo sucedió al ojo izquierdo. Todo se volvió negro. Oscuro y frío.

Grité y tropecé, cayendo de bruces sobre la alfombra en la sala. Una variedad de tonos oscuros centellaba dentro de mis párpados. Esa sensación de frialdad se fue convirtiendo en algo indescriptible. Más allá de lo frío, más allá de lo gélido, era una total ausencia de calor.

Incapaz de desplazarme a ciegas, grité solicitando auxilio sabiendo que nadie me escucharía. Me quedé en el suelo, temblando en aquella oscuridad.

No sé cuánto tiempo pasó hasta que empecé a distinguir cosas una vez más. Tal vez mis ojos terminaron acostumbrándose a esa oscuridad que los engulló, o quizá era algo más. Empecé a observar destellos de luz entre las sombras. Resultaban imposibles de distinguir, pero no había duda que estaban allí. Me recordó al brillo de las estrellas lejanas.

ploton y el sol

La perspectiva se desplazó y una masa redonda empezó a ganar importancia en mi campo de visión. Más allá de su redondez, mis ojos fueron incapaces de identificar cualquier otra característica. Se hizo más grande a medida que me acercaba. En medio de los temblores, hiperventilé cuando empecé a distinguir los detalles. Se trataba de alguna Luna o cuerpo celeste lejano. El enorme terreno rocoso estaba salpicado de montañas heladas. Enormes ríos fluían dentro y fuera de los mares. No existían árboles. Ninguna clase de planta.

En ese instante me percaté de que me había aclimatado a la oscuridad. Empezaba a distinguir hasta los detalles más finos, y cuando levanté la cabeza por encima de mi hombro, encontré una estrella mucho más grande que las otras. Su luz no fue de mucha ayuda, pero era todo lo que necesitaba a medida que me aproximé cada vez más a la orilla de un poderoso y turbio río.

Intenté tranquilizarme para ordenar mis pensamientos. Recordé aquellos días de universidad, las clases de astronomía. Hace millones de años, el nitrógeno líquido en Plutón fluía hacia los grandes mares y lagos. A pesar de todo ese miedo y dolor, reí. En ese momento me percaté de que todo estaba en mi cabeza, que sufría una especie de alucinación influenciada por alguna conferencia universitaria que había olvidado.

De cualquier forma, mi cuerpo sufría. No podía moverme y dolía mucho. Sólo podía observar como sobresalían aquellas rocas afiladas e impresionarme por el poderoso río que fluía silenciosamente frente a mí. Durante un buen tiempo no pasó nada. Me estremecí e intenté hacerme bola. Fue imposible.

A la distancia, un géiser entró en erupción. Observé el torrente líquido salir al cielo y congelarse poco después, hervir y cubrir el suelo con residuo de escarcha.

dunas en pluton

Algo llamó mi atención. Una cosa a la orilla del río. Del nitrógeno líquido emergió una masa oscura y grumosa. Era húmeda, gelatinosa y no estaba congelada como se suponía. Brillaba bajo la luz de aquella estrella distante.

Poco a poco la masa adquirió volumen a medida que salía del río. Estaba repleta de venas y llena de poros profundos. Algunas porciones duras y huesudas, semejantes a patas o antenas, sobresalían por todo su cuerpo. Empezó a inflarse. su color cambio a un amarillo oscuro y los poros se volvieron grumos carnosos elevados hacia el cielo.

Mis pies despegaron del suelo y floté junto a este ser hasta que estuvimos a unos 30 metros de altura. Aquellas porciones óseas en su cuerpo se dividieron. Incontables líneas negras explotaron del interior y surcaron el cielo nocturno. Salieron disparadas al espacio, pero seguían conectadas con el cuerpo principal.

Por primera vez en lo que parecieron días, experimenté un ligero cosquilleo de calidez.

vida en otros planetas

Aquel brillo explotó dentro de mi cráneo y me retorcí. Sólo entonces me di cuenta que había recuperado el movimiento. Estaba de espaldas, observando el techo en mi sala de estar. Aún estaba frío, pero podía sentir el calor del radiador.

Me levanté, fui directo a la cocina, tomé el teléfono y llamé al 911. Aquella noche los médicos me hicieron numerosas pruebas. Toda vez que no encontraron ningún problema, además de una leve hipotermia, me remitieron con el psicólogo. Si las circunstancias fueran distintas me habría enojado, acusándolos de incompetentes. Sin embargo, aquella noche me sentí agradecido.

Cuando los paramédicos llegaron a casa, distinguí unas líneas extremadamente delgadas emergiendo de sus ojos y dirigiéndose al firmamento. Al llegar al hospital, todos estaban igual. Las líneas se dirigían arriba, atravesando el techo, y no parecían interrumpirse por el movimiento o parpadeo.

Obviamente, los psicólogos, psiquiatras y terapeutas se enteraron de esto. No me creyeron. Y, siendo honesto, ¿cómo culparlos? Por la mañana me dieron el alta con una cita abierta dentro de un mes por si llegaba a experimentar las “alucinaciones visuales” otra vez.

Los siguientes dos días procuré ignorar aquellos filamentos parecidos a cabellos emergiendo de los ojos de todos los que me rodeaban, todos los que me encontré, todos con los que hablé y todos los que vi en la televisión. Pero, yo no los tenía. Lo único que distinguía eran los mismos destellos oscuros en mi visión periférica presentes el día del incidente.

Al inicio de Semana Santa, una vez que la resaca cedió, busqué en el armario mi viejo telescopio de la universidad. Era el primer día soleado desde el incidente y quería comprobar una cosa. Apunté el telescopio por la ventana y seguí el origen de todas esas líneas. Justo como lo pensé, todas iban a un mismo punto. Este punto se desplazaba ligeramente.

pluton en el cielo

Fui a la computadora, ingresé las coordenadas del lugar a donde apunté el telescopio y determiné el origen de estas líneas en el cielo. No pasó mucho antes que confirmara mis sospechas. Todas se conglomeraban en Plutón.

Ya pasó una semana y, aunque me resulte inevitable pensar en lo que sucedió, sé que debo superarlo. Si estoy viendo una alucinación, perfecto. Se ha vuelto parte de mi vida y trataré de vivir con esto. Sin embargo, esta mañana hice varias llamadas telefónicas que me desconcertaron.

Como esos enjambres oscuros en mi visión periférica me distraen, quiero deshacerme de ellos. Tengo la esperanza de que no tengan nada que ver con el incidente, aunque es muy improbable. Sin embargo, llamé para solicitar una cita con el optometrista. El más cercano no tenía espacios disponibles.

Llamé a más de 30 optometristas. Todos tienen la agenda repleta hasta el próximo mes. Me comentaron que el motivo de todas estas consultas es por lo mismo de lo que me estoy quejando.

4 comentarios en «Un viaje a Plutón»

Deja un comentario