6 historias de terror para contar en la noche

¿A quién no le gustan las historias de terror para contar en la noche? Es muy probable que los humanos llevemos miles de años compartiendo pequeñas historias aterradoras, muchas de las cuales aseguran ser reales. Se trata de episodios que involucran locura, muerte y toda clase de eventos inexplicables atribuidos a lo paranormal.

sombra aterradora

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Una buena persona – Creepypasta

Soy una persona encantadora. Cada día me despierto, ayudo a mi hija a prepararse para la escuela y cocino el desayuno para ambos. Después, caminamos tomados de la mano hasta el colegio. En la escuela le doy un beso de despedida, unas palmaditas en la espalda y le digo que la amo. Me quedo en la puerta, observando a mi hija hasta que desaparece en ese pasillo.

una buena persona

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7 leyendas de terror del Viejo Oeste

En el pasado, cuando la noche caía y las actividades estaban limitadas por la oscuridad, los humanos solían reunirse en torno a la engañosa seguridad que proporciona una hoguera para explorar sus temores más profundos contando historias y relatos de terror. En el viejo oeste, los vaqueros hicieron de este ritual toda una tradición y muchas de esas leyendas lograron sobrevivir hasta nuestros días.

fogata brazas

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Tarde en la noche – Creepypasta

A últimas fechas no he dormido mucho. Tengo muchas cosas en la cabeza y siempre he tenido propensión al insomnio. En los últimos días ha sido tan malo que me considero afortunado si logro dos o tres horas máximo. Ayer por la noche fue viernes y tenía planeado quedarme despierto, pero entre mis planes no había considerado el trabajar. Estoy metido en un proyecto de escritura personal, por eso perdí la noción del tiempo. Tomé un descanso a las tres de la mañana, me levanté para estirarme, comer algo e ir al baño. Pasé por la sala de estar camino a la cocina. Como mucha gente, me gusta dejar el televisor encendido todo el tiempo en volumen bajo por qué estoy acostumbrado al ruido de fondo. El silencio puede ser tan tóxico como una cacofonía.

bosque tenebroso

Si no quieres leer, puedes escucharlo (y verlo) en este video.

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El orfanato maldito de San Pedro

Hace algunos años llegaron hasta nuestros oídos algunos relatos aterradores sobre un caso sucedido en San Pedro Cholula, en el estado mexicano de Puebla. Se contaba que en las proximidades de la intersección de la calle Camino Nacional y la Carretera México 190, había una casa en venta desde hacía décadas, que jamás había podido ser vendida debido a los acontecimientos que ahí sucedieron en el pasado.

Máscaras tenebrosas

Nos dirigimos hasta este sitio y luego de un poco de investigación no había nada interesante ni excepcional en el lugar, ningún hilo ni pista que pudiéramos seguir. Hablamos con los locales e ignoraban todas las historias al respecto. Por las dudas, les dejamos nuestros datos de contacto en caso de que llegaran a saber de algo.

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Historias de Terror: La Necropsia

Ocurrió un viernes de fiesta en la casa del señor Martínez. Festejaban su último día de trabajo después de cuarenta años laborando en la morgue de la ciudad. Había llegado la ansiada jubilación. Aunque para muchos no representaba un trabajo agradable, él lo había desempeñado con gran dignidad todos esos años.

Una morgue es un lugar en el cual se tejen siempre historias de terror, por su necesaria cercanía con los muertos. Aquella en la que trabajaba el señor Martínez no era la excepción. Se dice que allí pasaban muchas cosas extrañas, pero el señor Martínez trataba el tema con discreción y a veces se permitía bromear respecto de las cosas de su empleo. El señor Martínez, por una u otra razón, demoró los trámites de su jubilación. No le hacía gracia la idea de dejar su plaza en Salubridad, pero tenía la opción de dejar la vacante a un familiar.

Tenía tres hijos. El menor llevaba varios años viviendo en Estados Unidos; su hija Paty, casada y con dos hijos, era ama de casa de tiempo completo. La única posibilidad era su hija Ana, quien a sus treinta y nueve años no había contraído matrimonio, y además no estaba en sus planes casarse. Era una mujer de carácter fuerte, un tanto hosca, y aunque no le entusiasmaba la idea de trabajar con muertos, pensaba que el empleo podría ser bueno, pues tendría un horario cómodo y prestaciones atractivas.

Así que se quedó con la plaza de su padre. Los primeros meses transcurrieron sin contratiempo. No tenía gran contacto con los cadáveres, pues estaba en la recepción y a veces en el archivo. Llegó sin embargo una temporada en que el personal escaseó y fue necesario trasladarla a las mesas del sótano, a donde llegaban los cuerpos que aún no eran identificados.

Allí, un médico forense y un ayudante practicaban las necropsias y Ana redactaba los informes. Cuando los cuerpos eran colocados en las gavetas refrigerantes, ella los marcaba y ponía etiqueta en un pie de cada difunto. Desde niña sabía de qué se trataba, pues su padre les platicaba de su empleo. A veces le impactaba ver cadáveres deshechos o mutilados, o cadáveres de niños. Llegaba de todo.

Un día llegó el cadáver de una chica de unos dieciocho años. Era una mujer hermosa, la habían encontrado muerta dentro de un vehículo en la carretera de Cuernavaca. Los padres acudieron a identificar el cadáver y no aceptaron firmar la orden de autopsia. Le dijeron al médico que la chica había nacido con un problema cardiaco severo, su corazón creció en forma desmesurada y sabían que la probabilidad de que muriera de infarto era prácticamente del noventa y nueve por ciento.

El doctor tomó una placa radiológica de corazón y, en efecto, vio que el órgano estaba muy crecido. Luego comenzó a preparar un informe, como si en verdad hubiera hecho la necropsia. Era casi la hora de salida y Ana, mientras esperaba el informe, pensaba en esa pobre chica, tan bonita y tan joven, que había terminado sus días sin pena ni gloria; cuántas cosas le había faltado vivir, decir, soñar, Ana se sintió afortunada de estar viva.

Minutos más tarde el doctor concluyó el trámite y dio a Ana la etiqueta correspondiente al cadáver de la chica. Ya no había nadie en el sótano y ella localizó el cuerpo en las gavetas y colocó una etiqueta en el dedo grande del pie izquierdo; antes de cerrar la gaveta dirigió la mirada al cuerpo amoratado, se detuvo en el rostro y miró esa cara con ternura. De repente los ojos de ese rostro casi angelical se abrieron. Ana, espantada, dio un grito, cerró de golpe la gaveta y salió corriendo del lugar.

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