Los Nahuales: el espíritu guardián

Primero como espíritu guardián y luego entidad maligna, el nahual fue una de las figuras más importantes de la cosmovisión de los pueblos prehispánicos. En México existe una gran variedad de seres sobrenaturales que en las noches recorren los caminos rurales o las calles citadinas. Espectros del folclor popular como ‘la Llorona’ o ‘el Charro Negro‘ deambulan asustando a quien haya actuado mal o a cualquier escéptico que los haya desafiado.

nahual

Pero entre estos entes del mal destaca uno de raíces prehispánicas: el nahual o nagual -palabra de origen náhuatl que deriva de nahualli, ‘disfrazarse’, aunque también se traduce como ‘doble’ o ‘proyectado’-. No se trata precisamente de un ser de otro mundo, sino de un hombre común -ya sea que lo aprendiera o naciera con el ‘don’- capaz de adoptar la forma de algún animal fantástico: un gran perro negro con voraces ojos de fuego, una serpiente que habla o un burro sin cola ni orejas.

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Mitos de México colonial

Causa de muerte (tradición otomí).

La tradición otomí supone dos causas de muerte: la natural y la sobrenatural. La primera obedece a alguna enfermedad, mientras que la segunda es causada por una caída a un río, a un pozo, a quemarse en fuego o a ser asesinado con algún objeto o arma punzocortante.

Sin embargo, la muerte sobrenatural en los adultos también supone obedecer a brujería realizada a través de individuos que sabían hacer daño. Estos brujos podían ser hombres o mujeres. En los recién nacidos, una muerte sobrenatural se debía al famoso «chupete de la bruja», el cual, generalmente, se ensañaba con los neonatos sin bautizar. También se tenía conocimiento de otro tipo de muerte sobrenatural provocada por el nagual, que, de acuerdo con el mito, se transformaba en algún animal, que podía ser lagartija, guajolote, perro, etc., para conseguir su fin: alimentarse.

En aquellos tiempos se acostumbraba contrarrestar los efectos de estos seres malignos colocando en lugares estratégicos de la vivienda y cerca de la cabecera del infante agua bendita y oraciones impresas, objetos que muchas veces resultaban insufucientes para detener la acción.

Cuando los clérigos se dieron cuenta de esta situación , intentaron convencer a los indígenas de que la muerte no era provocada por una bruja, sino que más bien era un designio del Señor, interponiendo con esto el pensamiento cristiano de decir que quien se porte bien en este mundo alcanzará el trono de La justicia.

Ante la incertidumbre, los otomíes aceptaron la creencia de que las almas buenas se iban al cielo, mientras que las que habían pecado tanto en pensamiento como en acción, librarían batallas en el infierno. Sin embargo, eso no ayudó a que las muertes de los recién nacidos cesaran, por lo que en la población persistía la idea de que siendo niños cómo era posible que pudieran tener pecados, así que con tanta contradicción perduró el mito de las muertes a causa de las brujas.

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