El tesoro de la Candelaria

No podemos afirmar que esta historia haya sido verdad, porque llegó hasta nosotros de forma oral, pero lo que sí sabemos, es que ha sido contada con tal precisión más de tres veces, por lo cual nos atreveríamos a decir que en efecto, ocurrió.

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Se cuenta que en la época de la Colonia, en lo que hoy conocemos como la Candelaria de los Patos (que en ese entonces era una laguna), se acostumbraba cazar a estos palmípedos, de ahí el nombre que adquirió. Para poder sobrevivir, los indígenas tenían que proveerse de patos silvestres, pues no tenían otra actividad a la cual dedicarse.

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El puente del clérigo

Vayamos ahora a una leyenda macabra, la cual tuvo lugar en el año de 1649, allá donde las crónicas nos dicen que eran unos llanos en los que se levantaban unas cuantas casitas formando parte de la antigua parcialidad de Santiago Tlatelolco.

Monje Muerto

Las aguas zarcas de la acequia de Texontlali desembocaban a la laguna, lo que siglos después se conocería como La Lagunilla, y cruzando el puente había una mampostería con un arco en medio punto, donde vivía el religioso llamado don Juan de Nava, hombre que oficiaba en el templo de Santa Catarina.

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El callejón de las manitas

El Callejón de las Manitas

Era el año 1780 cuando llegó a la ciudad de San Luis Potosí un sacerdote que avivado por el benigno clima del lugar decidió quedarse a radicar ahí. Al clérigo le fue fácil encontrar colocación como maestro en uno de los mejores colegios de aquel entonces, y aunque se le proporcionaba una manera digna de vivir allí mismo, decidió alquilar una casa en uno de los barrios más desolados del lugar que recibía el nombre de Alfalfa.

Un buen día dejó de impartir sus habituales clases de latín para salir con rumbo desconocido. A su regreso fue cruelmente asesinado; se dice que por sus acompañantes: dos mozos que él mismo había invitado a su recorrido. Y aunque la versión es contada de diversas maneras, en términos generales ésta es la que más se repite.

El sacerdote hizo su recorrido por los pueblos cercanos, reunió algo de dinero que traía consigo siempre, destinando una parte para comprarse algunas cosas que necesitaba y la otra a socorrer a los pobres más indigentes; casi todos sus honorarios los gastaba en ellos.

Luego de su arribo a la ciudad se dirigió a su casa situada en el antiguo callejón de Alfalfa. Una vez instalado ahí, dejó que sus ayudantes cumplieran con su obligación: desensillar los caballos, desaparejar las mulas y llevar a los animales al pesebre. Los dos mozalbetes ejecutaron sus labores con toda calma y después fueron a tomar sus alimentos. Mientras tanto, el sacerdote, que ya estaba muy cansado, prefirió ir directamente a la cama, no sin antes rezar sus oraciones.

Entrada la noche se encendieron los faroles de las calles y como los mozos sintieron miedo de irse, decidieron regresar a la casa. Pero gran temor sintieron cuando llegaron y vieron al padre tendido en medio del cuarto bañado en sangre. Salieron pidiendo ayuda mucha gente acudió y algunos dieron parte a las autoridades.

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