El escepticismo en torno al primer “trasplante de cabeza”

Finalmente, el neurocirujano Sergio Canavero anunció en una conferencia de prensa el pasado viernes en Viena, Austria, que había concluido exitosamente el primer trasplante de cabeza humana entre dos cadáveres. Sin embargo, en el mundo científico existe mucho escepticismo en torno a esta noticia pues Canavero jamás ha presentado una evidencia real de su investigación, y mucho menos una prueba que sustente lo que afirmó el viernes pasado.

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Cabezas cortadas

Si Guillotin levantara la cabeza seguramente la escondería por temor a convertirse en protagonista de algunos de los escalofriantes ensayos que se realizaron como consecuencia de su terrible idea de decapitar a todos los condenados a muerte en la Francia del siglo XVIII. La curiosidad humana quería comprobar qué ocurría tras separar la cabeza de un ser humano, quería saber si esta era capaz de conservar la consciencia.

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Durante un debate sobre la pena de muerte celebrado el 10 de octubre de 1789 en la Asamblea Constituyente de París, el médico Joseph-Ignace Guillotin propuso que todos los condenados a muerte fueran decapitados. Guillotin consideraba injusto que en aquellos momentos la decapitación estuviera reservada en Francia únicamente para los miembros de la nobleza (se suponía que era el mejor método de ejecución) y que el resto de los ajusticiados fueran ahorcados y, generalmente, expuestos para que los pájaros se comieran sus cadáveres.

Su intención era igualar a todos los ciudadanos ante la ley y construir una máquina de decapitar infalible que llevara a cabo su función en un instante y no hiciera sufrir al reo más de lo necesario, pues para que la decapitación mediante espada o hacha no se convirtiera en una espantosa carnicería era necesario que el verdugo fuera un experto en esta técnica y que el condenado se encontrara muy firme, lo que, evidentemente, no siempre ocurría.

De hecho, la historia ofrece numerosos ejemplos de verdugos torpes que sometieron a sus víctimas a una horrible agonía tras repetidos y dolorosos intentos. María Estuardo, reina de Escocia, decapitada el 8 de febrero de 1587, y Robert Devereux, segundo conde de Essex, ejecutado el 25 de febrero de 1601, recibieron cada uno tres golpes de hacha y Margaret Pole, octava condesa de Salisbury, sufrió el 27 de mayo de 1541 nada más y nada menos que ¡once hachazos! hasta que su cabeza quedó separada de su cuerpo.

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