Relato de terror: la niña ciega

“Acuchillada”, dijo Silvia mientras apuntaba su tembloroso dedo hacia mi hermano Arturo. Sus ojos lechosos brillaban en su dirección, y del otro lado de la mesa su esposa temblaba de indignación. La cara de mi esposo se sonrojó al soltar el tenedor y arrastrar a nuestra hija de regreso a su habitación, reprendiéndola mientras caminaba.

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Lo que restó de la noche fue incómodo, y el ánimo inicial de la conversación jamás se recuperó.

Dos semanas después, apuñalaron a Camila hasta la muerte en el cajón de estacionamiento de su oficina. Una universitaria ebria la encontró, casi vomita sobre el cuerpo y llamó a la policía.

Mi hermano juró que no le tenía mala voluntad a mi hija, pero supe inmediatamente que estaba mintiendo.

En una ocasión, la mujer que enseñaba a mi hija a leer en braille me llamó. “Señora, no sé qué suceda, pero su hija no ha dejado de susurrar ‘electrocutado, electrocutado’ desde hace media hora y esto no le permite concentrarse en la lección. ¿Podría hablar con ella?

Lo hice.

Silvia, con esa total falta de comprensión que puede tener un niño ciego a los 9 años, me dijo que se trataba de una “nueva palabra” que aprendió en la escuela.

Una semana después, la trágica muerte de un electricista alcanzó los titulares de la localidad. Se trató de un extraño incidente con cables enredados y un balde de agua.

Por cuestiones de privacidad, el noticiario borró la cara de la profesora de Silvia, pero su voz me resultó extrañamente familiar.

“Él era… mi compañero… mi alma gemela”.

Mientras mi esposo hacía horas extras en el trabajo, llamé a Silvia a la sala de estar.

“Mi vida, ¿hay algo que mamá deba saber?”.

Dudó un poco.

“Cariño, sabes que puedes confiar en mí”.

“No guardo secretos para ti, mamá”, dijo mientras negaba con la cabeza una vez más.

Mi esposo entró a la sala de estar con el cabello desordenado y los ojos distantes.

En lugar de correr a abrazar a su padre, Silvia simplemente se volvió hacia él y dijo: “fuego”.

El corazón se me detuvo. Cada vez que Silvia decía algo así, la pareja de la persona a la que se dirigía moría de la forma que ella especificaba. ¿Un incendio? ¿Silvia realmente estaba haciendo predicciones o era una maldición por meterme en sus cosas?

Me volví paranoica, revisaba constantemente los electrodomésticos y me dediqué a deshacerme de cualquier cosa que pudiera producir un incendio. Así transcurrió mi vida los días siguientes. Y todo ese tiempo jamás dejé de vigilar a Silvia. Había desarrollado una especie de odio hacia mi propia hija.

Una noche mientras estaba en la sala, mi esposo llegó con múltiples heridas y ennegrecido por el hollín mientras Silvia escuchaba la radio a mi lado. “¿Qué pasó?”, le pregunté.

Tragó saliva. “Una de mis compañeras, su casa… su casa se incendió. Ella quedó atrapada, pero yo me las arreglé para salir”.

Aquella confesión echó a andar los engranajes en mi cabeza. “¿Qué estabas haciendo en la casa de una compañera del trabajo?”.

La sola expresión en el rostro de mi esposo fue una admisión total de culpa. Abrir la boca para hablar… no, para gritar. Sin embargo, una pequeña voz al costado me susurró:

“Envenenamiento”.

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