Palomitas de maíz

Todos sabíamos que Eliza Witherell no estaba bien de la cabeza. El primer día de clases llevó a la escuela un maldito pájaro muerto. Cuando el maestro le pidió una explicación, se puso de pie, extendió el brazo y arrancó la cabeza al animal en frente de todos.

muñeco aterrador mirada loca(2)

Y hacía cosas así de grotescas casi todo el tiempo. Era una maldita loca. Llenaba el escritorio de los maestros con gusanos. Comía cucarachas. Y puso arañas vivas en las gargantas de sus compañeros obligándolos a tragar.

Evidentemente, Eliza tuvo que crecer cómo hacemos todos en esta vida. Sin embargo, aún la acechaba esa incertidumbre de su comportamiento en otras épocas. Y si llegabas a cruzarte con ella en la calle, inconscientemente cambiabas de acera o acelerabas el paso.

Sus padres eran igual de raros. De hecho, parecía que no les importaba un comino lo que hiciera su hija. Esto no sería muy relevante, si no fuera porque al poco tiempo concibieron otra hija. La pequeña Gemma.

Mi padre era electricista, así que estaba obligado a ayudar en lo que pudiera. Solía cargar cosas, llevar herramienta y esa clase de cosas simples. Aquel día, los Witherell tenían problemas con su caja de fusibles y mi padre hacia una revisión mientras yo me distraía en el teléfono.

“Oye, Mike”, dijo Eliza asomando la cabeza desde su habitación como una muñeca embrujada.

“Oh, hola Eliza”, murmuré.

“¿Quieres algo de comer? Hoy me tocó cuidar a la bebé Gemma, y nos encantaría que nos acompañaras”.

“Ve hijo”, dijo mi papá. “Yo puedo solo con esto”.

“Bueno”, dije.

Seguía a Eliza hasta la cocina y en poco tiempo estaba disfrutando de un sándwich de jamón. Al fondo observé el horno de microondas encendido, pero cuando estaba a punto de echarle un vistazo al interior me encontré con los ojos dementes de Eliza frente a mí.

“La pequeña Gemma podría comer palomitas de maíz el día entero”, dijo mientras se acercaba un poco más.

Le di una mordida al sándwich y asentí nerviosamente. “Seguro”, respondí.

Recuerdo perfectamente el característico zumbido del microondas al fondo, que ocasionalmente era interrumpido por un inconfundible *POP*

“Nunca se llena, es todo lo que le doy de comer”.

“Mmm”, murmuré mientras daba otro bocado.

*POP* *POP* *POP*

“A veces la llamo mi pequeña bebé de las palomitas de maíz”, dijo riéndose.

*POP*POP*POP*POP*POP*POP*POP*POP*POP*

De repente, una posibilidad aterradora se instaló en mi mente. ¿Dónde estaba la pequeña Gemma?

“Eliza”, le dije. “¿Qué… qué hay en el microondas? No me digas que es tu hermana”.

Echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada. “Claro que no, tonto. Son palomitas de maíz. Ya te dije que le gustaban mucho las palomitas de maíz”.

“¿Gustaban?”, tartamudeé.

“Y a mí también. Eso me dio una idea. Anda pruébala, tal vez el sabor se haya transferido”.

“Pero, pero, ¿qué?”

“¿Si sabe a palomitas?”, preguntó mientras lanzaba esa mirada demente de anticipación.

Observé mi sándwich de jamón a medio comer, que curiosamente sabía demasiado a mantequilla. En ese instante mi estómago se revolvió, como todas aquellas veces que Eliza nos molestaba en la escuela. Pero esta vez era diez veces peor. Cien veces peor.

“¿Probaste a mi bebé de las palomitas de maíz?”, gritó.

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