Oscar Wilde y Alfred Douglas: una historia de amor sin final feliz

Oscar Wilde vivió en una época donde la homosexualidad se consideraba un crimen. Por eso, el popular escritor padeció las consecuencias de mantener una relación fuera de la legalidad. Mientras estaba recluido en una celda de la prisión en Berkshire, Inglaterra, Wilde dedicó más de 50 mil palabras amorosas a su amante Lord Alfred Douglas. Cada una de estas cartas fue impregnada con un amor visceral que rebasó a la persecución de homosexuales en el Reino Unido durante el siglo XIX, demostrando que el amor romántico de un hombre por otro también es posible.

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A causa de lo complicado que resultaba esta relación, Wilde sufrió una terrible situación. En 1895, las autoridades británicas lo sentenciaron a dos años de trabajos forzados en un campo de castigo. Los cargos de sodomía e “indecencia grave” resultaron suficientes para que el escritor pasara estos años en prisión. El castigo fue producto de una demanda que Wilde interpuso contra el Marqués de Queensberry, padre de Alfred, por difamación y falsas acusaciones de homosexualidad.

Amor prohibido.

Para ese entonces, Wilde estaba casado con la escritora inglesa Constance Lloyd. Esta relación duró casi una década y resultó en dos hijos: Cyril e Vyvyan. Sin embargo, lo que Wilde sentía por Constance no fue suficiente para evitar uno de los affaires más famosos de la historia. En los últimos dos años de relación con su esposa, Oscar conoció a Lord Alfred Douglas y se embarcó en un tórrido romance.

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Ambos se conocieron gracias a Lionel Johnson, un primo de Douglas, quien los presentó. Este sujeto también fue responsable por escribir la novela The Green Carnation, publicada de forma anónima por primera vez en 1894. Es casi una obligación referir esta obra cuando se habla de la relación entre Wilde y Douglas, pues se sospecha que sirvieron como inspiración para los protagonistas, y que el desarrollo del libro es una narración dramática de su amor.

De hecho, la obra fue utilizada como prueba durante los juicios que enfrentó el escritor en 1895. Y aunque la pareja estaba realmente enamorada, la convivencia en esa época era muy complicada. Además de ser amantes (a espaldas de la ley y sin la aprobación del poderoso padre de Alfred), a Wilde la describían como un poeta insolente, mimado, imprudente y extravagante.

Por supuesto, esta mala fama probablemente fue obra del noveno Marqués de Queensberry, que hacía de todo para manchar el nombre del artista y arruinar su reputación. En un intento por impedir la relación con su retoño, amenazó con golpear a los dueños de los establecimientos donde la pareja tenía sus encuentros.

Douglas era un joven promiscuo que solía gastar auténticas fortunas en hombres y juegos de azar. Peor aún: creía que Wilde tenía la obligación de mantener esa vida llena de excesos. Por esta y muchas otras razones, la pareja frecuentemente terminaba peleando y poniendo fin a su relación, aunque la reconciliación llegaba al poco tiempo. En esos periodos de arrepentimiento que seguían a las discusiones, se escribían cartas que desbordaban tristeza.

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Amor visceral.

La poesía observada en las obras de ambos estaba presente incluso en esta correspondencia, y tal vez por eso reanudaban la relación al poco tiempo de distanciamiento. Sin embargo, la relación culminó en un proceso legal que llevó a Wilde a pasar unos años en prisión.

“Eres la atmósfera de la belleza a través de la cual observó la vida, la encarnación de todas las cosas bellas”, escribió Wilde alguna vez para su amado. También lo refería como su “queridísimo niño, el más querido entre todos los chicos”, o “el chico cabellos color miel” al que le juró un “amor inmortal”. Así de visceral era el amor que sentía este par.

En De profundis se compilan muchas de esas cartas que Wilde llegó a escribir para su amante mientras cumplía condena. Publicada en 1897, la emotiva epístola resume la relación de este par por escrito. “Detrás de la alegría y la risa, puede haber una naturaleza vulgar, dura e insensible. Pero detrás del sufrimiento, hay siempre sufrimiento. Al contrario que el placer, el dolor no lleva máscara”, escribió el autor.

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Tras cumplir una condena integra, Wilde salió de prisión (y también de Inglaterra) convencido de que el gran egoísmo de su amado lo llevó a la ruina. Así quedó evidenciado en una descorazonadora confesión que recoge De profundis. Por si fuera poco, para entregarle un pequeño ingreso, su esposa puso como condición que jamás volviera a ver a Alfred Douglas.

Sin embargo, en septiembre de 1897 el destino reunió una vez más a los amantes en Francia. Douglas intentó cuidar de Oscar, pero las cosas no eran iguales. En noviembre de ese mismo año se separaron para siempre en Nápoles. Wilde se las arregló para sobrevivir y encontrar consuelo entre chaperos. Por otro lado, Douglas sentó cabeza y negó todo cuánto pudo. Sin embargo, en los 45 años que le quedaron de vida nunca dejó de hablar de Wilde.

2 comentarios en “Oscar Wilde y Alfred Douglas: una historia de amor sin final feliz”

  1. Imagínate lo toxico de amar a alguien y no saber expresarlo de la manera adecuada o no poner limites. Ahora imagínate no poder hablar de todo esto con nadie

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