No mires la Luna – Relatos de terror

Supongo que siempre debe de haber explicación lógica para las cosas raras que le ocurren a uno de vez en cuando. Aquí, encerrado, solo, a veces me pongo a reflexionar un poco.

Aquella noche dormía profundamente, después de una jornada laboral pesada durante el día. Eran las tres de la mañana cuando mi esposa me despertó. Lo sé porque, en cuanto abrí los ojos, miré mi celular para saber la hora, éste no paraba de vibrar y seguían entrando notificaciones.

la luna en un paraje

—Amor, despierta, ¿ya viste que hermosa se ve la luna?

Aturdido, sólo atiné a gemir ante su comentario. Encendí la lámpara de noche. El foco central de la habitación se había fundido hacía cinco días.

—¿Quién te envía tantos mensajes a esta hora? Deberías revisar, puede ser alguna emergencia —dijo.

Me incorporé al borde de la cama.

—¿Qué está pasando? —pregunté, aún adormecido—. ¿Es alguna broma? ¿Es alguna extraña sorpresa? —dije con una risita—. No es nuestro aniversario, ¿o sí?

—Vamos al patio y te mostraré. Hace una noche hermosa. La luna es perfecta.

Me esperaba un día arduo, así que no me pareció agradable del todo que me tuviese algún tipo de extraña sorpresa afuera, por la madrugada. Para entonces, ya habrían pasado uno o dos minutos, pero me di cuenta que el reloj de mi celular no avanzaba. Las tres de la madrugada.

—¿Qué hora es, amor? —quise saber.

—No muy tarde.

Me parecía que dormí días enteros. Encendí la televisión para mirar algún canal de noticias para verificar la hora. Ella no me quitaba la mirada de encima, sonriendo extrañamente, sentada al centro de la cama.

—¿Te sientes bien? —pregunté mientras me levantaba con el control remoto en mano, sintonizando, de camino al baño.

—Vamos, abre la ventana, mira la luna.

Salí del baño y me dirigí a la ventana de la habitación. Sujeté la cortina y, justo cuando iba a descorrerla y ver, escuché tres golpecitos sordos viniendo hacia mí. Volteé la cabeza y, allí, de pie, detrás mío, estaba María, mi esposa, con esa sonrisa inquietante. Solté la cortina.

—Me estás asustando, Mari. Vuelve a la cama. —agucé los ojos e inquirí—. ¿Te estás tomando tus medicamentos? —Nunca creí que le preguntaría esto alguna vez.

—¿Por qué no miramos juntos la luna?

—¿Qué tiene la luna? ¿Estás ebria o algo? —pregunté ya bastante despierto.

—Es hermosa, grande y brillante. Sólo corre la cortina. Sólo hazlo, mi amor.

Estábamos a mitad de nuestros treinta con un hijo precioso que aún dormía en cuna. Cinco años atrás le diagnosticaron esquizofrenia a mi esposa. Hace cuatro años comenzó a tener fuertes alucinaciones, veía sombras y escuchaba voces que le decían cosas malas, le daban órdenes. Solía decir que el loco era yo, no ella; cosas típicas de los esquizoides, o eso dicen.

Tuvimos una fuerte discusión que casi terminó en golpes y, desde entonces, tomaba sus medicamentos sin dilaciones, a la hora exacta, si no, su condición se dejaba ver rápidamente. Después de aquello, los medicamentos nunca fueron un problema, pero debido a la extraña situación, temí que ya no lo hiciese más.

La rodeé caminando para dirigirme pronto a su mesita de noche. Allí sus pastillas estaban intactas. Caminé hacia el botiquín del baño. Lo mismo, frascos llenos. Sentí un remolino en mis tripas por no haberme dado cuenta antes. Esa mirada perdida y respuestas vacías de los días anteriores, tan ausente.

mujer sosteniendo la luna

Desde el baño, al mirarla nuevamente, advertí que todo este tiempo llevaba sus manos escondidas detrás de la espalda, no se había movido, sólo me seguía con la mirada. Temí que tuviese un cuchillo o algún arma para herirme, o algo peor. Por primera vez temí de mi mujer, por nuestro hijo, por mi vida; nuestras vidas.

Sus brazos eran extrañamente largos, su figura también, su silueta parecía distorsionada de algún modo, como estirada. Sólo utilizaba una de sus manos para hacer ademanes cuando hablaba, y sus dedos y uñas también eran enfermamente largos y delgados, como ramitas secas sin hojas. Froté mis ojos para espabilarme y ver mejor, creí que estaba aún dormido o alucinando. Seguía sin moverse, sólo miraba y sonreía.

De pronto, enfiló sus pasos hacia mí con rapidez. Intenté esquivar, pero el borde de la alfombra me hizo tropezar y al caer me golpeé fuertemente en la cabeza contra su mesita de noche. Golpe seco. Vista borrosa. Tuve una especie de sensación de embriaguez, justo cuando estás a punto de terminar la borrachera durmiendo en cualquier sitio.

Me estaba desmayando. Sentí que me alejaba de mí. Languidez. Calor intenso. Sombras desenfocadas. De un espasmo me recuperé. Agité mi cabeza y abrí los ojos: allí estaba María, que ya no era María, sino ya alguien extraño, enfermo y peligroso. De cuclillas con su insoportable y macabra sonrisa.

—Vamos, amor, comprueba por ti mismo cuán hermosa es la luna esta noche —dijo en un susurro.

—Mira lo que has hecho, Mari, toma tus pastillas y olvida la luna —dije casi gritando, con un gesto de dolor—. ¡Toma tus pastillas y vuelve a la cama por el amor de Dios!

Aún mareado por el golpe, me levanté lo más rápido que pude. Con una mano en la cabeza aliviando el dolor, caminé para dirigirme a la cuna de nuestro hijo, en la habitación contigua. En la oscuridad atiné a no tropezar con nada esta vez. Nuestro bebé estaba de pie dentro de su cuna, mirando. Regresé de inmediato y, enojado, silenciosamente le hablé a María:

—¿Acaso pretendes asustarme? ¿Asustar al bebé? ¿Estás teniendo algún ataque? ¡Muéstrame tus manos!

Desde que encendí la televisión no había reparado en lo que el presentador decía en las noticias. Aparté mi mirada de la de mi esposa ya que el televisor llamó mi atención. El presentador estaba comentando, en una grabación que se repetía y repetía, que bajo ninguna circunstancia mirásemos la luna. Percibí un tono desolador en él.

—…A los que aún puedan escuchar este mensaje, por favor, es sumamente importante que hagan caso a las indicaciones que las Instituciones de Seguridad Pública han emitido. No miren la luna. El Gobierno ya ha declarado alerta máxima. Sólo los canales de noticias tienen permitido operar ante esta contingencia y en estricto apego a los lineamientos que el Gobierno Federal ha impuesto.

No atienda sus llamadas entrantes, no atienda sus mensajes de texto, no atienda sus redes sociales, no atienda a la puerta, no haga caso de las personas que le pidan mirar la luna aún si son sus parientes; descuide, ya no lo son. Ellos no pueden tocarle, manténgase alejado y tranquilo. Se lo repetimos, científicos de todas partes del mundo advierten del riesgo de mirar la luna en estos momentos, puede causarle una parálisis cerebral inmediata y dejarle como piedra o, peor aún, según palabras de científicos del CERN, desgarrar el endeble tejido de la realidad que ahora nos cobija —comentaban de manera dramática en la grabación.

Tenían semanas anunciado un extraño fenómeno astronómico que cambiaría la forma de ver el mundo. Hicieron mucha publicidad y dieron recomendaciones conforme se acercaba la fecha. Era una clase de extraño eclipse lunar o algo así. Además, pasaríamos por una extraña zona del espacio exterior de la que provenían raras frecuencias que llevaban años siendo estudiadas, por lo que la expectación era enorme. Al parecer, la fecha había llegado.

eclipse lunar intenso

No me percaté que mi teléfono había seguido vibrando. Lo tomé. Algo debía de estar mal, eran miles de mensajes y algunos cientos de conversaciones, setecientos quince mensajes para ser exactos, además de doscientos cincuenta y cinco llamadas perdidas. Ni siquiera tenía tantos contactos. La gran mayoría eran de números que no conocía, quizá extranjeros.

No era necesario abrir algún mensaje para darse cuenta que todos iban de lo mismo: —hace una luna estupenda, deberías mirar; la luna se ve fantástica esta noche, ¿por qué no miras?; mira la luna, es enorme—. A decir verdad, eran algo impersonales, como si una inteligencia artificial los hubiese escrito. Estuve a punto de enviar un mensaje al Capitán Graciano, un viejo amigo de la policía local, para que acudiese en caso de necesitar ayuda.

—¿Qué pasa, amor? ¿Quién te busca a estas horas de la noche? Deberías hacer caso a tus mensajes, puede ser una emergencia o algún buen consejo —me comentó con una extraña sonrisa de complicidad.

Cerca de la fecha del evento astronómico comenzaron a vender unos binoculares especiales para observar mejor y de manera segura el fenómeno. Éstos se agotaban en segundos. Nosotros mismos habíamos adquirido un par de aquellos visores. Me quedé asombrado, no tanto por las palabras del noticiero, sino porque, en la grabación de la televisión, el reloj seguía marcando tres de la mañana. ¿Qué clase de situación es esta? ¿Es que estoy dormido aún? Pensé en un principio que era algún cuadro psicótico de María, pero esos mensajes, el televisor. ¿Acaso estaba yo dentro de su realidad torcida? Me había arrastrado a su locura. Era real.

Entré en una especie de pánico contenido. Debía moverme, sacar a mi hijo de allí e irme a un lugar seguro. Por el evento, también era peligroso estar afuera sin protección. Mi esposa, es decir, eso, empezó a caminar lentamente hacia mí. Mi corazón iba a todo galope. Al parecer era inocua, pero no iba a arriesgarme.

—¿Por qué no miras la luna? Ya todos lo hicimos, sólo faltas tú. No queda nadie más, mi amor.

Tensé mis músculos y eché a correr. A la segunda zancada pasé a un lado de ella y la empujé con todas mis fuerzas. Sólo alcancé a escuchar un golpe y las cosas que se caían de la mesa. Doblé al salir de mi habitación para dirigirme a por mi bebé. Seguía de pie, en su cuna, a la sombra de la luna, mirando. Rápidamente lo tomé y lo sujeté contra mi pecho. Salí de su recámara y bajé las escaleras corriendo. Escuché los pasos de eso detrás mío, a lo lejos. Unos pasos antes de llegar a la entrada principal, divisé una sombra afuera en el umbral.

Me detuve en seco. Aquella sombra, un vecino quizá, comenzó a tocar la puerta. Por mi mente pasaron demasiadas cosas en un segundo. Estuve a punto de gritar por ayuda, pero no estaba seguro de quién podría ser a esa hora. Además, no habíamos estado haciendo demasiado ruido como para llamar la atención de alguien. Por el rabillo del ojo vi otra sombra que se asomaba al interior por la ventana a dos metros de mí, intentaba abrirla; quizá en realidad ya no quedaba nadie más.

Con el pánico a tope, del buró tomé las llaves de la puerta trasera de la casa. Los pasos de eso cada vez más cerca. Y más cerca. De pronto, silencio. Me congelé, no podía moverme, aunque lo intentase.

—¿Saldrás a ver la luna, mi amor? Dame a bebé. Sólo faltas tú, no les haremos daño —me dijo tiernamente.

—Aléjate de nosotros, no quiero hacerte daño. No sé quién seas, no sé qué le has hecho a María, pero aléjate o soy capaz de todo —pronuncié aquello con un nudo en la garganta.

—Amor, sólo estás agitado y confundido, ya hemos tenido esta plática anteriormente. Sólo sal a ver la luna, eso siempre te relaja, o dejemos entrar a las visitas, vienen a ayudarte.

La ventana al fin cedió y dejó entrar el fresco aire de la madrugada, haciendo ondear la cortina, filtrando la luz lunar. Apreté los ojos para no ver. Todo me daba vueltas. Caí en la cuenta de que, aquello que estaba afuera, estaba ingresando ya por la ventana. Tan rápido como pude, di media vuelta y corrí hacia la puerta trasera y, tras dos intentos, logré abrirla.

Vivíamos en un vecindario asentado en una zona rural, no había bardas entre las casas y patios de los vecinos. Nos habíamos preparado para esa noche ya que éramos aficionados a estas cosas. Compramos nuestro equipo con algunas dificultades, pero al fin estábamos listos con suficiente antelación. Nuestro hogar, nuestro barrio, era ideal para la observación del fenómeno lunar ya que no había contaminación de luz por las noches y los astros se dejaban ver intensamente, siempre y cuando no estuviese nublado.

bosque tenebroso

De vuelta a la realidad, con mi bebé al pecho, sin perder ni un segundo, salí corriendo a toda velocidad colina abajo. La noche era inmensa. Corría con la cabeza agachada y los ojos entreabiertos para evitar ver la luna, por lo que no me di cuenta cuando una de aquellas sombras largas salió de frente a mi encuentro. El susto fue enorme y, en un acto reflejo, abrí ampliamente los ojos.

Miré la luna, más brillante y grande que nunca, estaba oscurecida del centro, parecía un anillo de plata resplandeciente, luna de plata. El mareo fue instantáneo. Caímos y rodamos mi bebé y yo violentamente unos cinco metros hasta estrellarnos fuertemente contra un árbol. El golpe me hizo verla de nuevo. Atrapante, parecía como un anillo a la medida de mi dedo, o una aureola divina que coronaba al planeta.

Los síntomas comenzaron rápido, mi corazón palpitaba de manera sobrehumana y experimenté unas contracciones dolorosas, sentía cada articulación dislocándose, estirándose, las escuchaba crujir. Estaba cambiando. Rápidamente me arrastré con mi bebé hacia unos arbustos contiguos. Sólo me arrastré hasta allí para dar mis últimos respiros. Todo había terminado, venían a por nosotros, los podía oír.

—Tu madre ya no puede hacernos daño —le dije a mi bebé, sollozando, mientras me retorcía y ahogaba gritos de dolor.

Abracé a mi bebé para protegerlo, se sentía como un saco frío lleno de ramas, su cuello estaba violentamente girado y tenía contusiones por todos lados, sus ropitas hechas jirones. Eso fue más doloroso que mi cuerpo contorsionándose, pero ya no importaba porque también él había cambiado, él se había vuelto aquello, quizá desde antes de salir de casa, pero no me había dado cuenta. Entonces, nos encontraron. Me fui de mí, la inconsciencia me abrazaba. Escuché, como en un sueño, las palabras que pronunciaron esas criaturas.

—¡Lo tengo! Anda, mírame, mantente despierto, mira esta luz, mira la luna —pero yo estaba en el sopor del desmayo, me había ido.

No sé cuánto tiempo pasó. Una clara luz de sol, que se hacía más y más brillante en esa blanca habitación, comenzó a despertarme. Cantaban pajarillos ruidosamente. A lo lejos, esas malditas siluetas negras aguardaban, como para llevarme, eran cinco o seis, recios, gesto enjuto, tocados con sus gorras oscuras, eran las mismas que intentaron entrar a mi casa aquella noche, la noche de la luna.

Pero yo no tenía miedo ya, porque allí, al lado mío, tan hermosa como siempre, radiante con sus largos brazos, dedos y uñas afiladas como ramitas secas sin hojas, estaba ella. Todo había terminado, me encontraba de vuelta en casa.

Autor: Gilberto García Zapata.

5 comentarios en “No mires la Luna – Relatos de terror”

  1. Quizá las sombras eran policías ya que la esposa, María, debió haberlos llamado al ver el comportamiento errático de su marido, por eso intentaban entrar y por eso los vio al despertase hacia el final de la historia, querían llevarlo a prisión. Recordemos el nombre del Capitán: Graciano (Cap – Grac/s; capgras, síndrome de Capgras). No sé, sólo un punto de vista. ¡Saludos!

    Responder

Deja un comentario