Mi hijo no tiene eco

De verdad, su voz carece completamente de eco. La primera vez que lo notamos tenía aproximadamente tres años. Cuando regresábamos a casa, después de pasar el día entero en un parque enorme, atravesamos un pequeño túnel. Desde que era pequeño el eco me ha parecido algo súper curioso, entonces grité muy fuerte “¡Yabba-Dabba Do!”. Mi voz rebotó casi al instante. El eco hizo que mi hijo soltara una carcajada.

zapatos de un niño en un columpio

Gritó algo, pero no hizo eco. Su voz se escuchaba completamente plana. Regresé a ver a mi esposa, pero ella no parecía notarlo. “Vamos, hijo. Otra vez, ahora más fuerte”, lo animé. Repitió su grito pero no hubo diferencia. Su voz no hacía eco. Me pareció una situación muy inusual, pero no abordamos el tema. Recuerdo muy bien que, esa noche, mi esposa se encerró en el baño y lloró por horas. La escuché sollozar durante mucho tiempo, pero jamás me dejó entrar.

Y así pasaron los años. Como era maestra, tomó la decisión de educar a nuestro hijo en casa. No me pareció lo más correcto, y al proponerle otras opciones para su educación se justificó diciendo que los otros niños podían ser muy crueles. “Será lo mejor para él”, me dijo.

Mi esposa lo sobreprotegía tanto que jamás lo dejó tener amigos. Todo el tiempo estaba con nosotros.

Era nuestro único hijo. Desde el matrimonio, mi esposa y yo tuvimos algunos problemas para concebir, por lo que fuimos sometidos a un tratamiento de fertilización in vitro. Tras varios meses complicados, finalmente quedó embarazada. Nueve meses después nació nuestro pequeño.

Sin embargo, su voz no era lo único que lo diferenciaba de otros niños. Recuerdo que una noche, mientras estudiábamos comprensión y lectura, se me ocurrió enseñarle a dibujar figuras con sombras en la pared. Hice varios animales. A mi hijo le resultó divertidísimo y también quería hacerlo. Tomé sus manos y lo ayudé a que formara la figura de una cabra, después lo llevé frente a la lámpara. Un nudo se apoderó de mi garganta. Nada. Mi hijo tampoco tenía sombra. Era algo imposible.

Rápidamente me dirigí al baño para mostrar a mi esposa el último hallazgo. Ella estaba encerrada otra vez allí, llorando como lo venía haciendo todas las noches en los últimos años. Sin embargo, esta vez sólo escuché el silencio. Pregunté si todo andaba bien, pero no me respondió. Rápidamente fui por un desarmador y, tras varios minutos de lucha con la cerradura, logré abrir la puerta.

Encontré a mi mujer recostada sobre la tina de baño. De sus muñecas emanaba sangre que teñía el agua de rojo. Junto a su cuerpo, encontré una pequeña nota que decía:

“Perdóname. No puedo seguir con esta mentira. Nuestro hijo está muerto, lo mató el cáncer a los dos años. Tu médico me dijo que esa fue la forma que elegiste de hacer frente a la pérdida y que con el tiempo pasaría. Pero jamás se fue. Aun crees que él está con vida. Se me parte el corazón cuando tengo que fingir que está junto a nosotros cada día de mi vida. No puedo seguir viviendo así. Lo siento”.

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