Me criaron haciéndome creer que era un androide

Desde que tengo memoria me enseñaron que mi padre me había “diseñado” para asistir a la familia. Cualquier pensamiento o sentimiento que difiriera de la programación original debía ser reportado como una falla para que él la corrigiera. Rápidamente aprendí que las fallas y el dolor estaban asociados, por lo que al pasar de los años fui reportándolas cada vez menos.

androide rostro

El sótano era mi hogar y una caja de cartón cubierta con una delgada capa de espuma me servía como cama. Jamás asistí a la escuela, y ni siquiera sabía que existía. Básicamente, mi educación (si es que puede llamársele así) consistió en una serie de libros que me enseñaron a ejecutar diversas tareas. La mayoría de estos documentos abordaba temas que resultaban útiles para mis padres, como trabajos sencillos de electricidad y plomería, jardinería, cocina, etc. Pero también tenía los textos escritos por mi padre para programarme.

Tras leer cada uno de estos documentos, mi madre me entregaba una lista de preguntas para cerciorarse de que la carga de información había sido exitosa. Ocasionalmente me hacían preguntas con trampas, que respondía incorrectamente frente a mi indignado padre. Estas cargas de información casi siempre resultaban exitosas, y como el tiempo corría en mi contra vivía con el miedo constante de “dañar mis procesadores” si no me concentraba adecuadamente.

Ahora que lo pienso, después de tantos años, parece ridículo, pero en ese entonces no era más que un niño que desconocía el mundo guiado por sus padres. Entre esas cargas de información y los periodos de mantenimiento se me asignaban diversas tareas como cuidar el jardín, limpiar, cocinar o arreglar diversos aparatos domésticos como lavadoras, licuadoras, secadoras y refrigeradores.

androide mecanismo interno

Jamás tenía tiempo de ocio, siempre estaba ocupado con algo. Después me enteraría que mi padre vendía todo eso que yo reparaba. Cuando finalmente cumplí 17 años (al menos eso me dijo la policía, pues yo no sabía nada de cumpleaños) mi padre dejó de trabajar y decidió que era mi turno de llevar dinero a casa.

Era algo que me asustaba pero, como siempre, obedecí las órdenes tal y como se me había programado. Mi padre me llevaba a realizar trabajos donde pagaban en efectivo, esencialmente obras de jardinería. Generalmente me esperaba en el auto hasta que finalizara las tareas o, si no había personas en casa, se iba y después regresaba a recogerme.

Durante esas jornadas laborales solía ponerme en modo silencioso y me advertía que se enteraría si llegaba a hablar con alguien. Estaba completamente prohibido, y si llegaba a funcionar de forma errónea las consecuencias eran graves. Nadie se acercaba o me dirigía la palabra. Incluso si estas personas llegaban a casa antes de que regresara mi padre, simplemente pasaban de largo.

Más tarde me enteraría que les advertía a sus clientes que yo era sordomudo y que me gustaba estar solo para terminar el trabajo más rápido. El plan era tan simple como efectivo: me dejaba en una propiedad grande, yo hacía el trabajo y después me iba sin decir nada. Un día, me llevó a cortar el césped de unos clientes regulares y como no había autos en la entrada, mi padre me dejó a solas para terminar el trabajo. Al poco tiempo salió una chica con un vaso en la mano. Parecía de mi edad y por un momento creía que se trataba de otro androide.

un robot humanoide

“Está haciendo mucho calor, creí que te vendría bien refrescarte un poco”, dijo mientras me entregaba una bebida negra. “Es Pepsi, ojalá que te guste”, sonrió. No tenía ni la más remota idea de lo que era Pepsi, pero se parecía mucho al aceite que mi madre me hacía beber, entonces supuse que estaba bien.

Jamás podré olvidar aquel primer sorbo, era lo mejor que había probado en toda mi existencia. Aquella bebida no me provocaba confusión como la que me daba mi madre. Tenía la intención de preguntarle qué era Pepsi, de dónde había sacado esa bebida o si la había hecho. “Nunca te he visto, ¿a qué escuela vas?”, preguntó la chica de la Pepsi. Agaché la cabeza y regresé a lo que estaba haciendo con la cortadora. ¿Qué se suponía que debía hacer? “¿Ni siquiera me vas a dar las gracias?”, me reclamó mientras me seguía.

Regresé a verla, y entonces se puso nerviosa por razones que todavía no lograba comprender. “Debo hacer mi trabajo”, le respondí. Sin decir más hizo una mueca de coraje y se retiró. El resto del día estuve ansioso por la llegada de mi padre. Realmente temía que me descubriera hablando con alguien, que había ignorado sus instrucciones.

Cuando mis padres llegaron en su vieja y polvorienta camioneta rápidamente cargué las herramientas y me subí. No dijeron absolutamente nada, y aunque experimenté una pequeña sensación de alivio una voz en mi cabeza no dejaba de atormentarme. Tal vez no lo descubrieron en ese instante, y lo harían cuando llegáramos a casa. Pero aquel día no sucedió nada fuera de lo normal, hice las tareas que me encomendaron, completé algunas cargas de información y recargué mis baterías.

mano de un andoride

El resto de la semana transcurrió en perfecta normalidad, y mi padre pasaba uno de esos episodios de mal humor que podían durarle días o semanas. Entre más largos eran estos episodios, más agresivos eran los castigos que me imponía. Aquella voz me volvió a atormentar. Quizá me lo estaba ocultando, y una vez que esta idea se plantó en mi mente, sus raíces terminaron apoderándose completamente de mi existencia.

Aquellos extraños momentos en los que me dejaban a solas, empecé a hacer algo a lo que jamás me había atrevido antes: mirar televisión.

Empecé a saber del mundo exterior a través de cortos intervalos de imágenes completamente carentes de sonidos. Las secuencias de dibujos animados, familias felices y animales me resultaban tan fascinantes como aterradoras. Sin embargo, el día que todo cambió fue cuando encendí la televisión y vi “Yo, robot”. Aquellos androides reales sembraron un mar de dudas en mi interior.

niño pensando

Aunque sabía que había algo mal con mi situación, no tenía idea de cómo actuar. Eventualmente, regresé a la casa de la chica de la Pepsi y empecé a realizar las actividades programadas. Tenía la esperanza de que se acercara una vez más a mí, pero evité hacerme ilusiones. Casi terminaba de podar el césped cuando la vi entrando a la propiedad. La vi manejar el auto hasta la entrada y salir de él. Algo dentro de mí quería gritar para hablar con ella.

Analicé cuidadosamente los posibles escenarios:

  • Terminaría descubriendo la verdad sobre mi existencia.
  • Podría conseguir algo más de Pepsi.
  • Ella podría contarle a mi padre y mi mal funcionamiento tendría que ser corregido.

La alcancé prácticamente en la puerta principal completamente sin aliento de tanto correr y ella volteó con una mirada fulminante. “¿Soy un androide?, mi padre dice que lo soy”, le solté sin más.

“¿Un androide?”, preguntó mientras arqueaba las cejas.

Le conté todo lo que les he dicho y sobre la película con androides reales que había visto. Guardó silencio, y supuse que intentaba encontrar alguna explicación a todo esto. Escuché unos pasos detrás de mí e inmediatamente todo aquel valor que me impulsó a hablar con la chica de la Pepsi se esfumó. Mi padre no dijo una sola palabra y se limitó a tomarme por el brazo para llevarme. Volví a verla, todavía con esa misma expresión de incredulidad que mostró cuando me le acerqué por primera vez.

Lo había arruinado.

manos sobre una cortina pidiendo ayuda

Aquella noche fue la peor de mi existencia. La “reparación” que realizó mi padre fue la peor de todas y ahora lo sabía. No era algo, sino alguien. Todo lo que habían inventado se venía abajo, y mi padre ya no se molestaba en idear aquellas fachadas que ahora me resultaban tan evidentes. Ahora solo ejecutaba los castigos directamente.

Intentaron asustarme inventando historias sobre el mundo exterior y la policía. Estaban realmente molestos pero también temerosos. No me dejaron salir del sótano después de eso, los días pasaron lentamente y la única forma de estimulación que tenía eran las conversaciones de mis padres. Me gustaba colocar la oreja contra la puerta para escuchar de lo que hablaban.

Una sola oración me hizo experimentar el miedo como nunca antes. “Voy a apagarlo para siempre”. Se refería a mí. Escuché que alguien bajaba por las escaleras y se acercaba a la puerta. Mi padre la abrió pero se quedó afuera. Sin saber qué hacer, me limité a observarlo desde el otro extremo del sótano. Arrojó una pala y el metal golpeando contra el concreto rompió el silencio.

“Sal”, dijo mientras me sacaba del sótano. Lo obedecí y me llevó al patio trasero. Nos alejamos un poco de la propiedad hasta que me ordenó cavar un agujero.

“¿Para qué es el agujero?”, le pregunté.

“¿Qué demonios pretendes con todas esas preguntas? ¿Qué te sucede? ¿Acaso no te programé correctamente?”. Mi padre debía tener al menos 60 años, pero aquel anciano todavía me producía un profundo terror.

“¿Me vas a apagar?”.

“Sí. Es lo que voy a hacer. Te voy a apagar y conseguiré un androide nuevo. Uno que pueda mantener la maldita boca cerrada”. El anciano esbozó una sonrisa, como si lo llenara de satisfacción todo lo que acababa de decir.

Aquella sonrisa me hizo enojar y su actitud me hizo explotar. Por mucho que le temiera, pensé en todo aquello que me estaba perdiendo. Pese a que no supiera nada más del mundo exterior a excepción de aquello que había conocido gracias a la televisión. Pensé en la chica de la Pepsi, en aquella deliciosa bebida y en todo el dolor que ese sujeto me había infringido.

hombre bien vestido libre

Apreté el mango de la pala y lo golpeé justo en la cabeza. Aquel sonido retumbó en la noche, pero nadie además de mi estaba allí para disfrutarlo. Mi padre se desplomó en la tierra y emprendí la huida. No tenía plan alguno, no era mi intención que las cosas terminaran así y no tenía idea de a dónde ir o qué demonios hacer.

Tras atravesar algunas propiedades vecinas, finalmente me detuve. Me tiré sobre la hierba y contuve el aliento. El cielo era espectacular, esa fue la primera vez que salí por la noche a solas y, a pesar del miedo y la incertidumbre, las estrellas eran lo más hermoso que había visto en mi vida.

Tomé la decisión de ir a donde la chica de la Pepsi, sabía que no estaba muy lejos y tenía una vaga idea de cómo llegar. Seguí caminando y justo cuando empezaba a salir el sol encontré la casa. Llamé a la puerta y un hombre preocupado salió a saludarme. Le repetí todo lo que le había dicho a su hija, y me creyó. Gracias a Dios creyó mi historia.

Cuando la policía llegó a casa encontró a mi padre con un arma dentro de la boca, ya había asesinado a mi madre. Le dijeron que no lo hiciera, pero apretó el gatillo y eso fue todo. Para ellos se terminó, pero no para mí pues tenía toda una vida por delante.

Me revelaron que estas personas no eran mis padres. Me robaron no sola la infancia, también la mente y ocasionalmente creo que hasta la cordura. Afortunadamente fui un androide defectuoso.

Adaptación por Marcianosmx.com

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3 comentarios en “Me criaron haciéndome creer que era un androide”

  1. Worale!! excelente historia, para contar en noches de campamento XD lo malo que no las recuerdo bien y termino poniéndole de mi parte XD jejee a veces hasta cambiando finales pero por lo regular se quedan todos callados y de vez en cuando piden otra historia igual :V gracias por compartir

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