La paciencia es una gran virtud

“¿Dónde estoy?”. Suspiré mirando sobre la pantalla de la laptop a Samanta, mi extenuada esposa. “Qué bueno que despertaste. Este es nuestro hogar”. Cerré la computadora por completo y la dejé sobre el buró. “Aquí hemos vivido durante veinte años, Samanta”.

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“¿Quién es Samanta?”.

La desafortunada pregunta parecía romper toda la paciencia y amor que me quedaban en el corazón. Cada día me despertaba solo para enfrentarme a la dolorosa realidad de mi esposa. La condición de Samanta era como un depredador acechando a nuestra familia. Extendí el brazo con delicadeza para tomar su mano y la guie para que se sentara junto a mí en el sofá. Traté de pasar mi brazo por su hombro y, casi por instinto, se estremeció.

Su reacción fue como un balde de agua fría directo a la cara.

“Eres Samanta, la mujer a la que llevé al altar hace veintitrés años”, le dije muy familiarizado con aquellas palabras. “Trabajas de forma independiente como arquitecta y eres muy talentosa en lo que haces. Has diseñado tantos conceptos hermosos, incluido este, nuestro hogar”.

No lograba asimilarlo. Estaba atónita tanto por los medicamentos como por lo desconocido del lugar.

“No”, exclamó Samanta con un susurro.

“¿No qué, amor?”, pregunté.

Ella me miró con los ojos llenos de lágrimas. “No soy tu esposa. Tengo que irme. ¡Yo no soy Samanta!”, gritaba con enorme ira. Había leído en Internet que esto sucedería tarde o temprano, aunque supuse que demoraría más. Intenté todo lo que estuvo a mi alcance para que el Alzheimer no la consumiera hasta ese punto. Fines de semana en la playa, juegos de mesa cada domingo, largos paseos en carretera. Con toda la dedicación del mundo mantuve vivos nuestros antiguos hábitos y costumbres para vencer la enfermedad.

Me acerqué un poco más para intentar tranquilizarla. Pero se puso de pie inmediatamente y se alejó de mí.

“Aléjate de mí. ¡Ni siquiera te conozco!”.

En el momento que empezó a temblar me puse de pie. Samanta empezó a respirar con dificultad y me abalancé sobre ella para tomarla por la cintura justo cuando la medicación hizo efecto y perdió la conciencia. Una vez más la llevé al dormitorio, la arropé y con todo el cariño del mundo besé su frente.

“Lo recordarás todo. Solo debemos ser pacientes”.

Horas después, cunado me disponía a abrir la laptop de nuevo, una familiar sensación se alojó en la parte posterior de mi cuello. Una sensación punzante que me provocaba cierta irritación. Era mi conciencia, recordándome que la mujer en el dormitorio despertaría una vez más. Haría las mismas preguntas y tendría una nueva oportunidad para convencerla de que era Samanta, mi esposa.

La mujer que murió hace muchas noches por que yo manejaba en estado de ebriedad.

Es irresistible. Los ojos de esta mujer son tan parecidos a los de mi Samanta. Seguramente el destino la puso en mi camino para redimir mis actos. Quizá si la amara, adorara y apreciara de la misma forma, Samanta viviría por más tiempo. Solo debemos ser pacientes.

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2 comentarios en «La paciencia es una gran virtud»

  1. Cuando menciono lo de alzhaimer ya venia a comentar que siempre la realidad resulta ser más terrible que cualquier historia de ficcion o alguna uevada asi pero luego salen con ese plot y bummm jajajja

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