La dama en la habitación – PARTE IV

Debía hacer algo y tenía que ser pronto. Si de alguna forma la Melanie que conocí era «falsa», significaba que la enviaron. Y si la enviaron, lógicamente sabían todo. Tenían conocimiento sobre los mensajes en las pinturas, y que había buscado respuestas. Pero, sobre todo, sabían que no presioné el botón cuando sucedieron cosas fuera de lo normal.

atrapado

Mi respiración se hizo pesada a medida que el pánico y miedo escalaban por el pecho. Me levanté y empecé a caminar, observando periódicamente el monitor para ver si Raquel decía algo más, algo que me orientara. Pero simplemente se recostó en la cama. No puedo asegurarlo con certeza pues estaba de espaldas a la cámara, pero parecía estar llorando.

No, necesitaba solucionar esto. Sacarla de ese lugar. Y si no tenía un plan mejor, lo único que me quedaba era seguir con lo que habíamos acordado.

Con la extraña sensación de que alguien me observaba desde la cámara en el techo, me dirigí a la puerta y pasé al vestuario. El teléfono estaba en un casillero y tras fallar la combinación una vez, finalmente abrí la puerta y lo tomé. Intentaba ocultarlo a un costado actuando casual, aunque sabía que no tenía mucho sentido. Si ellos lo sabían todo, resultaba muy complicado ocultarles algo. Debía ser rápido, hacer llegar algún tipo de mensaje a las personas en el exterior para que ayudaran a Raquel antes que me atraparan.

Activé la cámara del teléfono y volví a la sala de vigilancia para grabar. El dispositivo emitió un ligero pitido y una vez seguro de que estaba filmando, dirigí la lente hacia mí.

«Mi nombre… Mi nombre es Tomás. Tomás Sánchez. Y trabajo vigilando a una mujer atrapada en una habitación. No se trata de una broma ni un proyecto cinematográfico. Es real. Durante tres años me he sentado en esta habitación…». Hice un paneo de toda la sala, enfocando la puerta del baño, el enfriador de agua, el escritorio con los monitores, el teclado y la caja de botones. «… y he observado la transmisión en vivo de una mujer atrapada en un dormitorio en algún sitio». Me paré cerca del escritorio para cerciorarme de que el monitor que mostraba la imagen de Raquel estuviera bien enfocado. «Al principio ni siquiera sabía que esta mujer estaba encerrada… me engañé a mí mismo suponiendo que lo hacía por dinero y se encontraba bien. De cualquier forma, ahora conozco la naturaleza de la situación. Ella está en peligro y yo también».

mujer secuestrada

Tras enfocar el video en ella unos segundos más para asegurarme de que mostrara todos los detalles, dirigí la cámara hacia mí. Tenía que ser rápido, pues de lo contrario el video sería muy pesado para enviarlo en poco tiempo. Intentaba mantener la calma, pero sentía que me desmoronaba a medida que avanzaba y procuré mantener el mensaje claro. «Por favor, ayúdenla. No sé dónde está. No sé quién la tiene, pues ni siquiera conozco a las personas para las que trabajo. Pero son malas y su vida corre peligro».

«Lo único que sé es que trabajo en un edificio en el número 2438 de la calle Isidoro Montes de Oca, en la Ciudad de México. Sólo conozco el nombre de otras dos personas relacionadas a este lugar. El hombre que me contrató, alguien que se hace llamar señor Salomón. Y otro hombre que probablemente tenga un trabajo como el mío… Carlos López. Creo que así se llama. Desconozco si sus identidades son auténticas. Por favor. No soy ningún loco. Sé lo extraño que resultará esto. Sólo vengan aquí, vean la habitación. Averigüen dónde está y ayúdenla. Y…»

Escuché el sonido de la puerta exterior que daba al vestuario abriéndose y tomé el teléfono frenéticamente para detener la grabación. ¿Cómo lo envío? Maldición. como puedo… ahí está. Presioné el botón para compartir y el pánico crecía. ¿A quién debía enviarlo? Tenía múltiples contactos y los seleccioné a todos. Quizás uno se tomaría el mensaje en serio y buscaría ayuda. Al mismo tiempo que presionaba enviar la puerta de la sala de vigilancia se abría a mis espaldas.

«Sin conexión de datos o servicio Wi-Fi. Por favor, reenvíe cuando esté conectado«.

¿Qué? No, no, no…

Me giré para encontrar al señor Salomón ingresando a la habitación. Iba acompañado de dos hombres enormes vestidos de traje que parecían guardaespaldas o algo por el estilo. Levantó un dedo y se dirigió hacia mí.

«No tenemos servicio aquí, Tomás. Y jamás lo habrías necesitado, si hubieras seguido las reglas».

Me atraparon fácilmente. Intenté dirigirme al baño y cerrar la puerta, pero los guardias me detuvieron y derribaron. Ataron mis pies y manos con cinchos y me arrojaron una bolsa negra sobre la cabeza. Después me sacaron de la sala de vigilancia y me arrojaron a la parte trasera de un vehículo utilitario estacionado justo afuera del edificio. Estaba tirado sobre lo que parecía una delgada alfombra de olor extraño que cubría el piso metálico.

Escuché a alguien subirse al automóvil conmigo, y pregunté a dónde me llevarían. Les dije que podían llevarme si tan sólo dejaban ir a Raquel. Escuché una pequeña risa y después la voz del señor Salomón me dijo que entendería todo cuando llegáramos. Me sugirió mantenerme relajado. Era un camino largo y necesitaba descansar.

Mi intención era seguir hablando, pero un dolor agudo en el cuello me detuvo. Me apuñalaron, o… no, me inyectaron algo. Me sentía extraño, pero debía mantenerme despierto. Debía intentar un último escape, debía…

«Hola otra vez, Tomás».

Parpadeaba mientras observaba el entorno. Tenía la boca seca y dolor de cabeza, pero estaba vivo. Me habían desatado y puesto sobre una mesa acolchada como las que veía cuando iba al médico.

Pero no se trataba de un consultorio médico. Era una habitación enorme, y junto a la mesa acolchada se encontraba una cama pequeña, un escritorio con un monitor y un par de sillas. Sentado en una de estas sillas estaba el señor Salomón.

Me levanté lentamente, parpadeando mientras lo observaba. «¿Dónde estamos? ¿Raquel se encuentra bien?».

El hombre sonrío. «Eres todo un caso, Tomás. Intentas ser héroe, aunque no tengas la mínima idea de cómo lograrlo. Mis respetos». Humedeciendo sus labios, se inclinó un poco al frente. «De hecho, te respeto tanto que decidí iniciar nuestra nueva relación con tanta honestidad como se me permite. Algunos compañeros no están de acuerdo con esto, ¿pero, sabes qué? Qué se jodan. Este es mi proyecto, y creo que tú mereces saber lo que está pasando». Con un semblante más serio, se paró y levantó el arma que había sostenido casualmente en su regazo. «Pero, antes de entrar en detalles, ¿te gustaría conocer a Raquel?».

Me bajé de la mesa y asentí mientras intentaba mantenerme de pie. La sustancia que me habían inoculado hacía que todavía me temblaran las piernas, pero apenas lo notaba. «Sí, por favor. Déjame verla».

El señor Salomón lanzó una pequeña sonrisa haciendo gestos a una puerta cercana. «Claro, siempre es mejor la realidad. Ella se encuentra en la siguiente habitación».

Me tambaleé hacia el frente, y a medida que caminaba mis piernas se hacían más firmes. Para el momento que tomé el pomo de la puerta, me resultó fácil abrirla. Esperaba que la puerta diera al dormitorio, pero en lugar de eso encontré otra habitación muy parecida al lugar en que había estado; sin embargo, contenía cosas distintas. Unas extrañas máquinas tapizaban las paredes, y al fondo de esta habitación observaba un gran… ¿acuario? No lo sabía. Se trataba de un cilindro mucho más alto que yo, lleno de un líquido gris. Entre el líquido se distinguía una silueta.

ella me llama

«Adelante, Tomás. Echa un buen vistazo con toda confianza. Te lo mereces». Mi estómago se hundió ante la mezquindad en las palabras del señor Salomón. Volví a sentir las piernas pesadas, pero en esta ocasión no por una sustancia extraña.

Al acercarme un poco más, me di cuenta que la silueta pertenecía a una persona. Bueno, al menos a un cuerpo, pues resultaba evidente que carecía de vida. Estaba en óptimo estado de conservación, aunque en ciertas regiones su piel se veía colgada o inflamada. ¡Por Dios! No, no, no. El montón de cabello que había flotado como algas frente a su cara se apartó cuando me aproximé al cristal, era Raquel mirándome fijamente.

«¡Asesino!», me volví hacia Salomón y empecé a correr contra él cuando me disparó. De repente estaba convulsionando en el suelo mientras este hombre se aproximaba.

«Tranquilo, Tomás. No vas a morir. Simplemente no podrás moverte algún tiempo». Escuché otras pisadas cuando mi cuerpo empezó a quedarse quieto. «Levántenlo, llévenlo a la otra habitación».

No sentí nada cuando me llevaron de regreso a la habitación con la mesa acolchada y me sentaron. Esta vez me ataron, y supongo que muy bien pues no me caí, además que no podía mover nada más que la cabeza. Se complicaba por las lágrimas, pero reconocí la silueta borrosa de Salomón sentado nuevamente frente a mí.

«Antes de que preguntes… bueno, cuando puedas volver a preguntar. Efectivamente, esa mujer es Raquel. No es una falsa Raquel, no es un maniquí y no es otro truco. Como te dije, es el momento de que conozcas la verdad».

Frunciendo el ceño ligeramente, empezó: «Tomás, entiendo que mostrarte eso, revelarte su cuerpo de esa forma, parece algo extremadamente cruel. Me odias con todas tus fuerzas. Y lo entiendo, haría lo mismo si estuviera en tu lugar. Pero no puedes llamarme asesino, al menos no en este contexto en particular, creo que es injusto, pues yo no maté a Raquel. De hecho, esta parte del proyecto lleva apenas siete años».

Hizo un gesto hacia la puerta detrás de él. «Y Raquel ha estado muerta más de 8 años».

Sentí que mis ojos se abrían. Era otra sarta de mentiras. Más trucos. Todo era un engaño. Por Dios, debía serlo.

«¿Sabes de qué trata la visión remota?». Salomón puso los ojos en blanco. «Disculpa, es verdad, ni siquiera puedes hablar. Visión remota es un término amplio definido por la capacidad de ver cosas que están físicamente distantes, algo que te permite saber cosas de las que no deberías enterarte a través de tus cinco sentidos normales. Muchos la refieren como una habilidad psíquica, aunque existen diversas hipótesis sobre cómo y por qué funciona».

poderes psiquicos

Fijó su mirada en la mía con mucha atención. «Porque funciona, Tomás. Varios gobiernos y organizaciones privadas la han estudiado desde hace mucho, y aunque suele ridiculizarse como pseudociencia o desestimarse como una tonta superstición, la verdad es que algunos individuos tienen la capacidad innata… eso quiere decir que les resulta natural… de ver otros lugares».

«Raquel era una de estas personas. Ingresó al programa cuando tenía 17 años, y la identificamos mediante un proceso de evaluación frontal que camuflamos como una prueba psicológica que pagaba bien a los voluntarios en un momento en que Raquel buscaba hacer algo de dinero. Tres meses después de identificarla como un buen prospecto, la secuestraron, y tras un período de ajuste inicial se convirtió en un gran activo que rápidamente alcanzó el primer lugar en nuestro grupo de talentos».

Salomón extendió sus manos sobre las rodillas. «Sé que te preocupa, Thomas, por eso te lo comparto. A Raquel nunca se le trató mal, más allá de su reclusión y una prueba ocasional ligeramente desagradable. De ninguna forma, todos la atesoramos. Era increíblemente talentosa, no sólo como espectadora remota, también como artista. A través del arte transmitía lo que veía. Prácticamente pasaba a un estado de trance cuando empezaba a pintar, y al terminar entregaba una pintura repleta de imágenes y palabras. Era información valiosísima». Salomón río entre dientes. «Si alguna vez te has preguntado, por eso es que siempre tuvimos cuidado de que las pinturas nunca aparecieran en cámara».

Se pellizco la tela del pantalón, y continuó. «Raquel era tan talentosa que la eligieron para un nuevo programa donde, supuestamente, perfeccionaría y aumentaría su habilidad. Introducimos algo… extraño… en su cuerpo. Al principio nada parecía cambiar. De hecho, su visión remota parecía perderse, lo que representaba un problema para nosotros y para ella».

«Sin embargo, finalmente nos dimos cuenta que leíamos las pinturas de la forma equivocada. Raquel era capaz de ver con más claridad que nunca y ya no estaba limitada a la observación del presente. Era capaz de trascender en el tiempo». Hizo una pausa, y me di cuenta que disfrutaba mientras contaba la historia. El bastardo la estaba paseando bien, haciendo pausas para hacer las cosas dramáticas. A la primera oportunidad lo mataría.

«Aunque esto provocó que algunas de sus pinturas fueron menos útiles a corto plazo, se volvían muy valiosas cuando lográbamos descifrarlas. Durante un tiempo, todo parecía ir mejor de lo esperado».

Sus labios se adelgazaron. «Y entonces, un día, Raquel mostró una pintura a la cámara».

hombre y ojo gigante

«Decía, ‘Por favor, ayuda. Tomás’. Inmediatamente nos pusimos alerta. Las pinturas jamás debían aparecer en cámara, ¿y ahora intentaba comunicarse con otra persona? Ni siquiera interrumpimos su rutina, pero iniciamos una investigación exhaustiva para conocer a la persona con quien hablaba. ¿Era uno de los cuidadores?, ¿un técnico?, ¿alguien de su pasado? No encontramos nada».

Salomón se inclinó hacia atrás en la silla mientras una expresión de orgullo crecía en su rostro. «Fui el primero en sugerir la idea de que, intencionalmente o no, conscientemente o no, Raquel hablaba con alguien en el futuro. Trabajaba como consultor externo en esa época, y su comportamiento empezó a hacerse cada vez más extraño, incluida la segunda pintura. ‘Esa mujer no soy yo’. Mis hipótesis tenían sentido, pero rápidamente se toparon con un gran obstáculo».

«La inoculación del extraño material no resultó tan bien como esperábamos, pese a que se mostró estable durante tres años desde que lo implantamos. Tal vez se debió al creciente malestar emocional y estrés, o quizá porque estuvo mucho tiempo recluida, pero Raquel empezó a deteriorarse. Cuando su cuerpo empezó a caer su trabajo se hizo más errático y difícil de comprender. Monitoreamos muy de cerca su salud, pero todo fue en vano. Cinco días después de pintar ‘Esa mujer no soy yo’, un paro cardíaco la mató. De forma inexplicable, no logramos resucitarla».

El hombre suspiró. «Fue una pérdida terrible. Y tuve que ajustar mi teoría. Basados en todo lo que sabíamos, aún tenía sentido que hablara con alguien. Alguien con acceso a la transmisión en video, muy probablemente alguien llamado Tomás. Si Tomás estaba viendo esa grabación de vídeo en el futuro, como suponía, entonces debía trabajar con nosotros en ese futuro». Me lanzó una pequeña sonrisa. «Y si crees que el futuro está escrito, estoy dispuesto a ayudarte».

«Hace siete años arranqué el Proyecto Tomás. En este lapso supervisé la selección y contratación de 43 individuos llamados Tomás en diferentes regiones, todos con un trabajo muy específico. Debían vigilar los videos de Raquel desde el momento de su implante hasta el día de su muerte».

Intenté hablar, pero mi boca seguía sin responder. Deseaba decirle que estaba mintiendo, que todo lo que había dicho no tenía sentido, que se trataba de un truco más… pero quería seguir escuchando. Porque ya no estaba seguro de que ese hombre me mentía. Ya no creía que fuera un truco. Parecía que empezaba a entender.

«Por supuesto, el objetivo del proyecto no era observar los videos. Se trataba de la forma en que reaccionaban a la transmisión. Lo que hacían, y la forma en que esto encajaba con las acciones de Raquel en el pasado».

«El 30% renunció al primer día. El 38% presionó el botón rojo o verde tras observar el primer mensaje donde pedía ayuda con su nombre. Un 22% intentó avisar a las autoridades antes de pasar al escenario donde se encontraban con ‘Melanie'». Sacudió la cabeza ligeramente. «Desearía atribuirme el crédito por su presentación, pero no fue mi idea. Por el mensaje ‘Esa mujer no soy yo’, asumimos que teníamos a una doble de Raquel presentándose en el futuro, tal vez para matarte o disuadirte de revelar lo que acababas de descubrir. Tomó algunos intentos más hasta que lo refinamos, y como te decía, muy pocos llegaron tan lejos. Pero todos fallaron en la próxima prueba». Salomón me apunto.

«Su nombre».

mujer desesperada

«Verás, la mujer que has estado observando, esa chica tan maravillosa y talentosa cuyo cuerpo está preservado en esa habitación se llamaba Raquel Donovan. Siempre me pregunté si Raquel simplemente te veía, o si había algún tipo de conexión entre ustedes. Cuando llamaste Raquel a ‘Melanie’, supe que habíamos encontrado al Tomás indicado: ese punto distante de luz que Raquel había observado a través del espacio y el tiempo».

Tragué saliva y encontré que podía sentir mi lengua, aunque fuera un poco. Con enorme esfuerzo, empujé una sola palabra.

¿Por qué?

Salomón parecía sorprendido con mi pregunta. «Pensé que te resultaría obvio. Eres el único vínculo que queda con uno de nuestros mayores tesoros. Quizás poseas una habilidad similar, o simplemente ella forjó la relación por su propio talento y voluntad. De cualquier forma, eres un elemento muy importante y tienes más trabajo por delante». Se puso de pie y se acercó a la mesa donde encendió el monitor. Cuando apareció la imagen, me mostró la escena congelada de la habitación de Raquel, una grabación detenida en el preciso instante en que había dejado de mirar. Volteó a verme, y el hombre parecía solemne.

«Debes mirar el resto. Raquel te pintó más cuadros antes de morir, y vamos a averiguar de lo que se trata».

Partes: I, II, III, IV, V.

10 comentarios en “La dama en la habitación – PARTE IV”

  1. muy buen creepy. solo que parece muy real, si quieren terminar de leer mi historia díganle a Henry q se apure

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  2. Leí las otras partes o episodios y me parecía una historia mas. Pero aquí fue donde ya pego un salto total y me engancho…ya estoy como todos ansioso por leer lo que sigue.

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