Debes aceptar que es hora de partir

Una de las cosas más complicadas de la vida es asumir determinadas situaciones respecto a los demás… asumir que amamos, que sentimos nostalgia o incluso asumir que ya no existe más el amor. Si dicha actividad ya nos exige suficiente dolor, imagina tener que asumir algunas verdades sobre nosotros mismos. En ocasiones resulta mucho más fácil vivir creyendo en los cuentos de hadas que aceptar que las historias no siempre tienen un final feliz.

Aun así soy de la idea que debemos intentarlo antes de rendirnos. Sí, hay que exponer nuestros sentimientos y comportamientos con el fin de expresarle al otro la diferencia que hace en nuestra vida. Después de todo, cuántas oportunidades no perderemos o dejaremos escapar simplemente por no darle motivos a esa persona para que se quede.

Nuestra sociedad sigue una tendencia cada vez más evidente de frialdad hacia el prójimo, pero por encima de todo es fría consigo misma. Las personas se preocupan más por planear vendettas, por buscar información pasada sobre su ex o por olvidarse de lo principal: demostrar afecto.

Sin embargo, si una cosa me ha enseñado el tiempo, y de cierta forma la crueldad de los seres humanos, es que debemos ponerle un límite a todo. Hay ocasiones en las que me canso de todo este repertorio que nos rodea y me pregunto si es un tipo de virus moderno que las personas le echen la culpa a un pasado en el que sus expectativas les fueron negadas. Sé muy bien que, en determinadas circunstancias, se producen traumas que requieren de un tiempo para sanar y que las nuevas posibilidades sean tomadas en consideración. Pero lo vuelvo a señalar, esta nueva “epidemia” se extiende en todos los estratos sociales, en todos los grupos de edad y por tiempo indeterminado, dando oportunidad a que el romance que el otro anhela se convierta en algo banal.

Resulta común, y aparentemente una moda, decir que estamos pasando por una fase “difícil”. Amigo mío, fases son aquellas que atravesamos hasta llegar al jefe final para buscar una forma de ganar y empezar un juego nuevo. Sinceramente no sé en qué momento las personas olvidaron que en todo fin hay un nuevo comienzo, que en cada historia interrumpida existe una maduración implícita.

Debemos asumir que es hora de partir y volver a empezar, sin importar el punto de vista en el que te encuentres. Dejar atrás esa indiferencia por el sentimiento de quien te da la bienvenida, y dejar atrás ese esfuerzo por amar a alguien que ni siquiera es capaz de desarrollar las propias fases del desarrollo humano.

Lo mejor de partir es que a lo largo del camino (que sí, puede durar algún tiempo) dejas de lado esa visión enfocada solamente en el sentimiento y empiezas a actuar de forma racional. Esa caminata te hace madurar, siempre y cuando quieras seguir adelante, pues si no lo haces te condenas a vivir prisionero en tus “fases” del pasado.

Cuando me refiero a las “fases” algunos pensarán que estoy siendo impertinente y hasta irracional al decir que no debemos darle tiempo al corazón para que descanse. Pero yo te aseguro que ese punto de vista está errado. Todos vivimos nuestro tiempo: hay tiempo para amar, para descansar y para volver a empezar. Sin embargo, aquellos que no tienen el valor de volver a empezar se regocijan dentro de una fase, aislándose y perdiendo muchas veces la oportunidad de vivir el placer que produce aceptar que una puerta se ha cerrado, pero hay una linda ventana abierta un poco más adelante.

Aceptar es comprender que existen determinadas situaciones que debemos cambiar, y al mismo tiempo entender que para otras es necesario asumir que no hay nada más que podamos hacer para cambiarlas.

Asume para ti mismo que es hora de partir. No vivas en una relación abusiva, en la que protagonizas el abuso. En la que te esfuerzas por quedarte, por sufrir y por intentar pese a que sabes no existe posibilidad alguna de que vuelva a ser como antes.

Asume que sientes la falta de alguien, pero que ese sentimiento no siempre será reciproco. Asume que el viento en ocasiones cambia el curso de nuestras vidas y nos encamina hacia nuevos horizontes. Acepta que del otro lado también hay esperanza, sobre todo en el amor, del otro lado aún existe un nuevo comienzo esperándote.

Asume que los caminos de la vida nunca se equivocan. Por eso nunca es buena idea tomar atajos, no insistas en aquello que no te complementa, no te llena y no te realiza. No por que hayas dado el último sorbo significa que la culpa fue tuya. Hay ciertas realidades que ni el mismo destino puede cambiar. Comprende de una vez por todas que para algunas situaciones no importa lo mucho que intentes o insistas, la puerta ya se cerró.

Recuerdo una parte especifica de un libro llamado “COMER, REZAR, AMAR” de Elizabeth Gilbert, una obra que considero terapia y purificación para el alma. En este los personajes entablan el siguiente diálogo.

– ¡Pero todavía lo amo!

– Entonces amalo, manda luz y amor cada vez que pienses en él, y después olvida. No durará para siempre, nada lo hace.

Así es, estas pocas palabras son la clave para lo que conocemos como desapego. Desapegarse y partir no proviene de un acto impulsivo mezclado con ira y rencor, sino de la madurez de saber que se ama a alguien, pero que se debe partir cuando ese amor no es correspondido.

Partir no significa perder, los mayores privilegiados en la vida fueron aquellos que tuvieron el valor de partir con la certeza de que, aunque hubiera dolor, el amor más grande debe sentirse por uno mismo.

Perdona las penas de tu corazón y sigue caminando. Perdonar también es asumir que es hora de partir. Una nueva historia solo puede empezar cuando terminamos nuestros conflictos emocionales.

Porque toda despedida es un nuevo comienzo.

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