Creepypasta

El cuervo parlanchín que me enseñó a volar – Creepypasta

Solía ser la clase de persona que observa el cielo a través de las rejas oxidadas de su ventana y sueña con ser un ave. La cadena que me mantenía en la cama era suficientemente larga para permitirme ver por la ventana. Por eso cada noche, después que papá venía a visitarme a la habitación, me quedaba recostada con los ojos abiertos, esperando que los primeros rayos de sol se asomaran por el horizonte para correr a la ventana y tener el privilegio de escuchar los primeros cantos de los pájaros.

Cuervo a contraluz

Eran canciones tan bellas, imaginaba que eran melodías sobre lugares distantes y maravillosos, sobre surcar los aires en la infinidad del cielo azul, observando las diminutas copas de los árboles que salpicaban el suelo.

Entonces, una mañana mientras estaba recostada en la cama, lo imposible aconteció. Había sido vencida por el sueño la noche anterior, y me habría perdido el canto matutino de los pájaros si no fuera por unos golpecitos en el cristal de la ventana. Me froté los ojos somnolientos y distinguí la figura de un cuervo sobre el alfeizar, el pájaro golpeaba la ventana con el pico.

Me arrastré hasta la ventana y le sonreí al ave.

“Buen día, señor Cuervo”, le dije.

“Buen día, pequeña”, respondió.

Por un momento me quedé totalmente paralizada, sin palabras. Finalmente, y después de lo que pareció una eternidad, hice un esfuerzo para hablar.

“¿Sabes hablar?”, le pregunté.

“Todos los pájaros saben hablar”, me respondió. “Pero no todos los humanos saben escuchar”.

Abrí la ventana hasta que topó con las rejas. El pájaro inclinó la cabeza hacia un costado, curioso.

“¿Porque estás en una jaula?”, me preguntó.

“Supongo que así es mi destino”, le respondí. “Siempre ha sido así”.

“Te ves un poco delgada”, me respondió el cuervo. “¿Quieres algo de comer?”.

Mi estómago reaccionó con toda franqueza.

“Sí”, le dije. “Sería algo maravilloso”.

Sin decir ninguna otra palabra, el cuervo se echó a volar. Varios minutos después, regresó con un pequeño racimo de higos. El cuervo se mantuvo atento mientras yo devoraba con ansias aquellos frutos. Después que terminé, me observó durante algunos minutos antes de volver a hablar.

“No sabía que las personas se pusieran en jaulas”, me dijo. “¿Crees que te hayan confundido con un pájaro?”.

“Creo que no, señor Cuervo”.

Todo ese día lo pasamos entre una conversación y otra. El cuervo me contó lo que era volar, que no existía ninguna otra sensación más exquisita en el mundo entero. Me contó sobre todas esas tierras que visitó cuando aún era un pájaro joven y que todavía se dirigía al norte cuando cambiaba la estación. Al final, la noche cayó, el cuervo me dijo que debía partir. Pero a la mañana siguiente estaba de vuelta, con otros dos racimos de higos.

Le agradecí por su generosidad y una vez más platicamos el día entero. En esa ocasión incluso me cantó una canción. Su voz no estaba hecha para el canto, pero aún así me pareció la música más hermosa que haya escuchado.

Gastamos todo el otoño en esta rutina, y las visitas del señor cuervo se convirtieron en lo único bueno en mi vida. No sólo me regalaba higos, ocasionalmente también se presentaba con nueces y cerezas – cualquier cosa pequeña que pudiera soportar.

Sin embargo, pronto llegó el invierno y las heladas empezaron a destruir las frutas y nueces que el cuervo solía traerme. Sus obsequios se hacían cada vez más fortuitos, y por su voz cansada me di cuenta que debía volar cada vez más lejos para encontrar alimento.

Bandada de cuervos

Cierta mañana, en la primera nevada del invierno, el cuervo me hizo una pregunta.

“¿Qué harías para salir de este lugar?”, me dijo mientras inclinaba la cabeza hacia un costado.

Lo pensé algunos segundos, pues no sabía cómo responder. Pero al final, hablé con la verdad.

“Haría lo que sea para salir de aquí, cualquier cosa”.

Con un aire solemne, el cuervo simplemente asintió y dijo: “Las heladas no son lo único que trae el invierno”.

Sacudió sus alas un par de veces y saltó del alfeizar, no lo volví a ver en tres días. Como consecuencia me empecé a sumir en una profunda depresión. Todas las mañanas escuchaba el canto de los pájaros, pero sonaban huecos sin un amigo con quien escucharlos.

La mañana del tercer día, mi amigo cuervo volvió. Aquel día fue espectacular: el sol se asomaba entre las nubes y derretía la nieve, era el último día verde antes que el invierno se instalara de forma permanente durante varias semanas. Al principio, cuando la sombra pasó por encima de nuestra casa, la confundí con una nube de tormenta, pero entonces escuché todo el ruido. Era suficientemente alto como para retumbar en el cielo, pero no se trataba de una tempestad… eran pájaros.

Miles y miles bajaron hasta nuestra casa. Cayeron como un tornado de alas agitándose y graznidos estridentes, se lanzaban contra puertas y ventanas, picoteando ferozmente. La casa se sacudía hasta los cimientos, y el estruendo que los cuervos producían era tan intenso que apenas podía escucharse el sonido de las ventanas romperse.

Sin embargo, la intensidad no era suficiente para ocultar los gritos de mi padre. En cuestión de minutos, las llaves de mis candados se deslizaron por abajo de la puerta. Corrí y las tomé con las manos temblorosas, llevándolas a los agujeros en los grilletes y esposas.

Se desprendieron con un clic alto, y por primera vez era libre.

También pasaron la llave de la puerta, y la abrí, observando el resto de la casa. Aquel lugar había sido completamente destruido. Trozos de madera y vidrio tapizaban el suelo, y en medio de un sofá lo que quedaba de mi padre – una gran mancha de sangre mezclada con plumas negras.

Los pájaros se fueron volando, pero el señor Cuervo se había quedado sobre una moldura de la chimenea, observándome con cierta curiosidad.

“Ahora puedes volar con libertad, pequeña”, me dijo. “Ya no habrá jaulas para ti”.

“Gracias señor Cuervo”, le respondí. “¿Vendrás conmigo?”.

El señor Cuervo negó con la cabeza.

“Ya soy un pájaro viejo”, me dijo. “Mi jornada está por terminar. Pero la tuya apenas empieza”.

El señor Cuervo batió sus alas y voló, jamás lo volví a ver. Mientras cruzaba la puerta principal y mis pies descalzos experimentaban la textura del pasto por primera vez en la vida, percibí el exquisito olor de las flores y la brisa acariciando mi cuerpo.

El llamado de los cuervos

En ese momento, aunque mis pies se mantuvieron firmes sobre la tierra, mi corazón surcaba el infinito cielo azul, mucho mas allá del mundo que dejaba atrás.

Todavía me despierto cada día para escuchar a los pájaros cantar, y cuando las primeras notas rompen el silencio del amanecer, recuerdo al señor Cuervo y me regocijo de alegría.

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