Cerdícola

Le llamaban cerdícola a causa de una hendidura en la barbilla semejante a una trompa. Y una enfermedad pulmonar crónica que convirtió su ronca voz en una mezcla de chillidos y gruñidos no ayudaba mucho. Parecía un cerdo y, obviamente, el apodo no se lo pusieron de cariño.

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Cerdícola y yo estudiamos en el mismo salón de clases, por lo que testifiqué directamente el infierno que le hicieron pasar los otros niños. No era extraño observar a los típicos grupos de adolescentes haciéndole la vida imposible, despojándolo poco a poco de su dignidad con cada uno de sus insultos. Constantemente, las personas le miraban con morbo y criticaban su trágico rostro. ¿Te imaginas vivir así? ¿Servir de trampolín a todos aquellos que buscan aceptación social?

En casa las cosas también iban mal. Su «familia» estaba integrada por un padre alcohólico que golpeaba constantemente a una madre adicta a la piedra. Por eso, nadie se sorprendió al saber que cerdícola no hizo mucho de su vida. De hecho, era un auténtico milagro que tras todas esas décadas de abuso se convirtiera en el hombre noble que todos conocían.

Años después de que los demás nos graduáramos, fuéramos a la universidad o construyéramos una vida independiente, cerdícola regresó a la secundaria para trabajar como conserje.

Por algún motivo volvió a esos corredores en los que tanto lo habían hecho sufrir. Quizá buscaba derrotar a sus demonios. No lo sé. Lo que sí sé es que estuvo presente cuando mi hijo atravesaba una de las épocas más difíciles de su vida.

En un cruel giro del destino, mi hijo se convirtió en víctima del mismo tipo de intimidación que atestigüé en silencio durante mi juventud. Irónicamente, eran los hijos de los mismos matones que atormentaron a cerdícola en el pasado. Ingresaron al mismo círculo vicioso de rabia y odio en el que participaron sus padres. Tuve que lidiar con la misma apatía que adopté en el pasado, y soportar la ineptitud de las instituciones que se hicieron de la vista gorda con cerdícola.

Todas esas quejas resultaban en nada. Cuando traté de parar la intimidación que sufría mi hijo a manos de sus compañeros, finalmente comprendí la inmensa podredumbre de nuestra comunidad. Impotente, no me quedó más que observar cómo se apagaba la chispa en los ojos de mi pequeño. Lo convirtieron en una carcasa vacía, una pálida sombra del gigantesco rayo de luz que iluminó mi existencia.

Créanme cuando les digo que hice todo lo que estuvo en mis manos para poner fin a ese tormento. Hablé con los maestros, las autoridades de la escuela, el supervisor de zona y los padres de familia, pero todo fue en vano. Todo quedó en promesas triviales que jamás cumplieron. Cuando confronté a los padres de los cuatro niños que más molestaban a mi hijo, amenazándolos con llamar a la policía, las cosas sólo empeoraron. Mis intentos por rescatarlo hicieron que se alejara de mí ocultando los cortes y moretones.

En aquella penumbra, cerdícola apareció como un enviado del cielo. Escuchó a mi hijo en aquellos momentos donde tanto necesitaba un confidente. A mi hijo le resultó fácil abrirse con él, tal vez porque aquel hombre sufrió el mismo infierno en carne propia. Estoy convencido de que estas conversaciones resultaron vitales para que mi hijo no tomara la puerta falsa. Se llevaban muy bien, y mi hijo llegó a ver en cerdícola la figura de un tío, que no soportó más cuando el tormento de mi hijo se intensificó por última vez.

Estaba en el trabajo el día que recibí la llamada. Recuerdo perfectamente la taza de café resbalando de mis manos e impactándose contra el suelo. También recuerdo el estado de aturdimiento en que abandoné el edificio, entré al auto y me dirigí al comienzo del sendero para bicicletas en el bosque detrás de la escuela, ya acordonado por la policía.

Recuerdo que empujé a los policías que custodiaban la zona, y las primeras arcadas cuando finalmente lo vi. Estaba completamente roto y ensangrentado, con el cráneo aplastado en un solo punto. Aun tengo pesadillas con el cuerpo de mi hijo abandonado en aquel paraje.

Era más que evidente lo que sucedió. Pero esto no era prueba suficiente frente a un tribunal. Además, esos cuatro malnacidos eran adolescentes. Aunque los condenaran, pasarían un par de años en algún reformatorio y recuperarían su libertad. No. Yo necesitaba justicia y no la buscaría entre los muebles barnizados de una sala de audiencias. La situación ameritaba un toque sádico.

Nuevamente, cerdícola apareció como un ángel guardián y me salvó de algo abominable. De no ser por su intervención, en estos momentos me estaría pudriendo en alguna celda húmeda en prisión. Me visitó en casa dos días después del asesinato de mi hijo, sollozando con su característico estilo de chillidos y ruidos raros.

“Lo siento mucho”, resopló mientras su pecho se sacudía entre hipo y sollozos. “No pude ayudarlo”. Debido al bloqueo de sus fosas nasales el suspiró asemejó más a un silbido. “Debía estar en ese lugar. Debí detenerlos”. Me tallé las lágrimas de los ojos y lo invité a pasar. Al calor de una botella de licor y con la atmósfera del humor de cigarrillo apareció el plan de venganza.

No buscaríamos justicia. Los cazamos uno a uno. Ocultos en las sombras y amparados por la noche, actuamos como la muerte encarnada, buscando y acechando a nuestras presas. Jamás lo hubiera logrados sin su ayuda. Cerdícola lo planeó todo: coartadas, herramientas, los planes para ingresar a las propiedades e incluso la forma en que descartaríamos la ropa empapada en sangre.

Cuando temblaba de miedo en el auto, con un nudo enorme atorado en la garganta, cerdícola estuvo allí para motivarme con pequeñas palmadas en la espalda. Por mi hijo. Mi pequeño que consumió el abismo mucho antes de tiempo. Cuando llegó el turno del cuarto ya se me había hecho rutina. El sonido del palo de golf impactándose contra la nuca del mocoso, la llovizna de sangre y los sesos arremolinándose en el aire, sus ojos girando hacía arriba, la forma en que caía de rodillas sobre el suelo. No sentí nada. Júbilo, miedo, tristeza, arrepentimiento. Nada. De hecho, me alegraba que al fin hubiera terminado.

Ni siquiera me imaginaba que ese día empezaba una vida llena de pesadillas.

“Ingresó a la sala y simplemente confesó”, gritaba el reportero en la televisión. “El despiadado asesino serial local, responsable por quitar la vida a varios niños…”

Un torrente de vómito se arremolinó en mi garganta. El rostro cacarizo de cerdícola llenaba toda la pantalla, un escena espantosa y monstruosa. Un suspiró escapó de mis pulmones. Lo hizo. Se echó toda la responsabilidad encima. Un último obsequio para el padre de aquel niño que no pudo salvar. Sabía que la policía jamás dejaría de perseguirnos, sabía que no existe el crimen perfecto y que tarde o temprano nos atraparían. Entonces, puso fin a esta sombría posibilidad en mi vida y se sacrificó.

O eso era lo que pensaba.

Las imágenes de las víctimas aparecieron en secuencia en la pantalla. Cinco en total, incluido mi hijo.

La cabeza me dio vueltas y casi me desmayo.

Tomé las llaves del auto y salí corriendo por la puerta, cada paso se sentía como una puñalada en mi corazón. Mientras me acomodaba en el asiento del conductor, buscando la forma de meter las llaves mientras me empapaba de sudor, mi cabeza buscaba darle sentido a lo que acababa de ver. Seguramente se trató de una equivocación, o la policía intentó imputarle el asesinato de mi hijo para cerrar el caso.

Me permitieron conocerlo. Era una celda oscura, fría y estrecha. Se levantó cuando me vio. Caminó hacia mi y envolvió los barrotes con sus cadavéricas manos. Un ruido emanó de su garganta. Un torrente de chillidos y gruñidos, exactamente los mismos que hizo aquella primera vez que me visitó tras la muerte de mi hijo.

Y ahí lo entendí todo. Aquel día finalmente comprendí el significado de ese sonido. No estaba llorando.

Se reía de mí.

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