¿Cariño, me veo gorda en estos pantalones?

«¿Cariño, me veo gorda en estos pantalones?», exclamó la corpulenta mujer. José titubeó. Si respondía demasiado rápido, ella haría una mueca de desaprobación e insistiría en que estaba mintiendo. Demasiado tarde y el golpe a mano abierta sobre la nuca resultaría inevitable, aunque la vendedora estuviera presente. Sobre todo, porque la vendedora estaba presente.

Cariño, me veo gorda en estos pantalones (2)(2)

Sus ojos revolotearon sobre ella. El tejido adiposo en forma de una enorme lonja se desbordaba sobre la cintura de los pantalones. Un pegote de grasa reposaba sobre el comienzo de unas piernas que se iban haciendo cada vez más flacas.

«Te ves muy bien».

Sus diminutos ojos lo observaron, obligándolo a bajar la mirada al piso. Se alistó para el golpe y la sacudida de su cabeza, pero no sucedió. En lugar de eso, las cortinas se cerraron. José se desplomó en el asiento y suspiró aliviado. Estuvo cerca. Intentaba acostumbrarse a su forma de ser, pero le costaba mucho. Se prometió a sí mismo que calcularía mejor el tiempo la próxima vez.

Miró hacia arriba y en su estómago se produjo un enorme vacío. La cortina tapaba aquel probador de principio a fin. Y ella no asomaba la cabeza, escabulléndose amenazante como la última vez. Inmediatamente buscó a la vendedora, pero ella atendía a otra clienta. José fijó sus ojos saltones en la empleada, rogando al cielo para que mirara en su dirección.

Cuando la vendedora finalmente lo vio, frunció el ceño y gritó desde el otro extremo del mar de ropa: «¿Estás bien?».

José se paralizó.

Los aros de la cortina chirriaron contra la barra metálica.

Ella gritó mientras los ojos parecían salirse de sus cuencas.

«Lo siento», dijo la vendedora mientras apuntaba a José. «Parece que se siente mal».

«Vámonos», escupió la corpulenta mujer mientras lo levantaba por uno de los hombros.

Y se fueron.

Meses después, al policía se le llenaron los ojos de lágrimas mientras repasaba la escena una y otra vez. Había visto muchos asesinatos y, aunque se hizo insensible a la mayoría, no era fácil observar los últimos instantes de vida de un niño de diez años.

Nina-Panina

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