Creepypasta

Ambulancias negras

La primera vez que me encontré con una ambulancia negra, acababa de salir de una consulta con el cardiólogo y nos dirigimos a casa con mi madre. La radio estaba encendida y sonaba una canción de Patsy Cline, entonces recosté la cabeza en la ventana y observé a los conductores desesperados intentando rebasar (mamá se rehúsa a aceptar que conducir distraída equivale a ser una pésima conductora). Por el retrovisor observé un destello color negro y el ceño se me frunció cuando vi un Audi rebasándonos con una ambulancia prácticamente pegada atrás.

Estacionamiento ambulancias

Bueno, si hay algo que conozco bien en este mundo son las ambulancias. Algunas veces por año doy paseos en ellas. Son muy grandes y rectangulares, también están llenas de socorristas y ocasionalmente vienen con el paquete completo: luces, sirenas, policías, camiones de bombero, etc. Cierta vez, la casa de enfrente empezó a incendiarse al mismo tiempo que empecé a experimentar dolor en el pecho, y aquella pequeña calle de los suburbios se convirtió en una especie de fiesta rave mórbida.

Por supuesto, esto significa que sé perfectamente lo que no es una ambulancia. Es decir, sé perfectamente que no son negras. Tampoco suelen ser silenciosas, sobre todo cuando llevan las luces encendidas. La ambulancia se colocó atrás del Audi, tan cerca que probablemente era ilegal, e intenté llamar la atención de mi madre.

“¡Stacy!”, exclamó finalmente mientras bajaba la velocidad.

“¿Qué demonios es eso que va pegado al Audi que nos acaba de rebasar?”.

“Es algo que probablemente terminará recibiendo una multa cuando la policía lo vea”.

“¿No viste… esa cosa negra?”.

“¿Qué cosa, la camioneta? Ni siquiera van en el mismo carril”.

Suspiré.

“Ya, mejor olvídalo”.

Mamá solía ser muy distraída, especialmente cuando manejaba. Sin embargo, había que estar sordo, ciego y muerto para no ver aquella ambulancia negra enorme que iba prácticamente empujando al otro auto.

Nos detuvimos en un restaurant para almorzar. El hombro se me dislocó cuando salí del auto, pero pude regresarlo a su lugar antes de que mamá lo viera. Pidió una kielbasa enorme y me lanzó una mirada de odio cuando le robé algunas papas fritas. Vi la televisión mientras las comía.

Se volvieron frías y secas en mi garganta cuando vi aquel Audi aparecer en las noticias. Le había estallado un neumático y se había descarrilado. No hubo sobrevivientes.

Ambulancia emergencia

Seguramente me puse extremadamente pálida, pues inmediatamente mi madre me tomó el pulso y midió mi ritmo cardíaco. Al terminar, se levantó de la mesa. “Espera aquí un minuto, querida. Voy a pagar a la caja para que puedas ir a descansar a casa”.

Por primera vez no le llevé la contraria.

 

Cuando tienes una enfermedad genética que te hace terminar en el hospital cada vez que tienes dolor de estómago, inevitablemente terminas conociendo a todo el personal. Paramédicos, enfermeros, bomberos y hasta algunos policías. Por eso, cuando en Internet no pude encontrar nada más que unos datos de Marvel y algunos sitios en el mundo que pintan sus ambulancias, terminé recurriendo a Ruido.

Bueno, Ruido no es su nombre verdadero. Su nombre real es Harlan G. Gate Jr. y le pusieron ese apodo debido a su antiguo “pasatiempo” antes de convertirse en paramédico. Voy a dejar que adivines porque empezaron a llamarle así. Como haya sido, Ruido ya me buscó y comprobó mis signos vitales suficientes veces como para crear un vínculo de confianza. Es un sujeto agradable, y me invitó a su boda. Incluso su esposa alguna vez me llamó para preguntar cómo estaba y conversar un poco. Así que lo llamé, para preguntar si sabía lo que estaba pasando.

“Noo…”, fue lo primero que me dijo. “No tengo ni la más remota idea de lo que estás hablando”.

Me puse la almohada encima del rostro. “No me jodas, Ruido”.

“Pareciera que te desmayaste y tuviste un sueño extraño”.

“Mira, se trata de una ambulancia completamente negra. Va con las luces encendidas, las ventanas polarizadas pero sin hacer ruido. Ni siquiera el ruido del motor. Como los carros nuevos”.

Ruido soltó una carcajada. “¿Un carro eléctrico, en serio?”.

“Oye, sólo estoy haciendo suposiciones”.

“Está bien. Oye acabo de recibir una llamada. Después hablamos”.

“Buena suerte”, le dije, y pude escuchar cuando ponía el teléfono en la bolsa mientras la llamada se terminaba.

Me senté y me detuve un momento cuando sentí que mi pecho ardía. El síndrome de Ehlers-Danlos es una auténtica porquería, sobre todo cuando ataca el corazón. Después de un minuto, me desmayé. Algún día esto terminará por matarme. Pero ahora, lo único que quería eran unas galletas que mamá preparaba.

Cuando me encontró, me llevo al segundo piso y me puso en la cama. “Estás muy pálida, pequeña”.

“Ya casi tengo 30 años”.

“Entonces, sabrás quedarte sentada aquí como una buena niña”.

Sólo después de arroparme y darme un beso en la frente como si fuera una niña pequeña, fue que me dio algunas galletas y leche. Observé mi habitación, aquella bellísima cama ajustable, la puerta amplia y los posters de ciudades que jamás visitaría. La mayor parte del tiempo hacía todo lo posible para sentirme mejor. Hoy, lo único que quería era acostarme y ver televisión.

La muerte es inevitable, jamás sabes cuándo vendrá por ti.

Muerte ciega

 

Algunas noches después, me desperté con las llamas del infierno avivándose en mi estómago. Tomé el teléfono y llamé a mamá. Puede que se encuentre al otro lado del pasillo, pero es capaz (y ya lo confirmamos) de dormir plácidamente durante un tornado.

“… ¿qué?”, respondió tras 27 timbradas, y me dijo que me mantuviera tranquila.

“Llama a emergencias, mamá”.

Me quedé recostada esperando. El calor en mi estómago poco a poco subía al pecho. Cerrando los ojos, imploré al universo que fuera una piedra en el riñón. Apendicitis. Una piedra en la vesícula. Cualquier cosa menos aquello.

La ambulancia llegó como un cataclismo de luces y sirenas. Ruido corrió junto con sus compañeros a mi habitación. Una mirada e inclina su cabeza al micrófono que lleva adjunto en la camisa. “Mujer, 29 años, Ehlers-Danlos tipo vascular, posible disección aórtica. La trasladamos al Saint Michel lo más rápido posible”.

Me sostuvo la mano un instante mientras me ataban a la camilla. Instantes después ya me encontraba al interior de la ambulancia, observando el techo mientras los paramédicos me evaluaban.

“Vas a estar bien”, me dijo Ruido mientras avanzábamos en el tráfico. Estaba de pie, con una mano sobre mí. Sin embargo, sus ojos, oscuros y amables, parecían un muro.

Empecé a escuchar las sirenas a kilómetros de distancia. Cerré los ojos y dejé que el balanceo del vehículo apaciguara el miedo. No quería morir. Quería visitar aquellas ciudades en mis posters: Edimburgo, Londres, Machu Picchu, Honolulu, Seúl y el mundo entero.

“No quiero morir”, dije, y Ruido me acarició la mano.

“Yo lo sé, querida”.

Levanté la cabeza, pero una ola de mareos no permitió que observara alrededor. No fue hasta que llegamos al hospital que empecé a sentirme bien de nuevo. Apendicitis. Cálculos biliares. Tal vez la comida estaba en mal estado y sólo debía vomitar. Levanté la cabeza y observé un destello que atravesaba un polarizado y…

Luces. No se escuchaba sirena alguna cerca del hospital. Apreté la mano de Ruido y le hice una señal con la cabeza para que viera la ambulancia negra que nos seguía.

Muerte y cementerio

“Ruido”.

“Shhh”, me dijo mientras observaba esa cosa. Entonces apreté su mano lo más fuerte que pude.

“¿Crees que las personas sepan cuando van a morir?”.

Ruido balanceó la cabeza, sus ojos brillaban más de lo que deberían, y suspiró. “Espero que no Stacy. Por Dios, espero que no”.

4 comentarios

    • Facil ,la ambulancia negra es manejada por la mismisima huesuda que va en busca de las almas que les llego la hora , se vio en necesidad de adquirir una ambulancia en abonos chiquitos por que ella no es muy rapida como para alcanzar a los coches y la pinto de negro para que se vea chida

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