Acostumbrarse a la oscuridad – Creepypasta

Al principio no escuché a Miguel. El motor de la cortadora de césped invadía mis oídos como un enjambre de abejas, bloqueando cualquier otro sonido. Repasaba con premura la última franja de césped, muy cerca a la barda del vecino. Los últimos rayos de luz empezaban a desvanecerse en el cielo y pretendía regresar a casa lo más rápido posible. Una cerveza helada y mi programa favorito de televisión me esperaban.

podadora

Sin embargo, cuando llegué al último rincón del jardín y apagué el motor escuché una voz a mis espaldas.

«¿Pablo?»

Di un pequeño salto por la sorpresa. ¿Alguna vez has tenido la cabeza tan ocupada que te olvidas del resto? Mañana, mi esposa regresa de vacaciones tras una semana en España con sus amigas. Estaba planeando el itinerario para ir a recogerla al aeropuerto. Los tiempos de ruta, la hora a la que debía salir de casa, todo eso. Estaba inmerso en mi pequeño mundo y la voz que atravesaba el jardín me regreso súbitamente a la realidad.

Me bajé del cortacésped y eché un vistazo por encima del muro hacia el jardín vecino. Al principio no logré observar nada, ya había oscurecido y los únicos rayos de luz salpicaban desde una lámpara distante ubicada en la calle, frente a mi casa. No ayudaba mucho a iluminar la penumbra.

«Por aquí».

Afiné la mirada y finalmente lo vi. Era Miguel, el vecino de al lado. Soy malísimo adivinando edades de los niños, pero calculo que tenía unos 10 años. Tenía abundante cabello negro desordenado y unos enormes ojos marrones. Es uno de esos niños a los que les gusta mirar. Lo había visto un par de veces desde que se mudó con su madre la semana pasada, y en cada ocasión lo atrapé observándome como si fuera un animal enjaulado. Fue algo incómodo. Y, si no me equivoco, era la primera ocasión en que me hablaba.

«Oh, qué pasa… Miguel, ¿verdad?» En realidad sabía su nombre con precisión, pues abordé al agente inmobiliario que les vendió la propiedad y él me lo dijo. Pero, no era mi intención parecer un metiche.

«Sí, soy Miguel. Y mamá me dijo que te llamas Pablo».

«Es correcto. ¿Cómo les ha ido en su nueva casa?».

niño curioso en el patio

«Bien, supongo». Miguel me observaba con esos enormes ojos marrones. No me gusta interactuar mucho con los niños, y tal vez estoy equivocado, pero tenía la sensación de que Miguel hacía mayor contacto visual de lo que consideraría normal. Apenas parpadeaba y, según mi experiencia, la naturaleza de los niños es extremadamente inquieta. Son pequeños contenedores de energía, pero Miguel era todo lo contrario.

«Probablemente está cerca su hora de dormir», pensé para mí mismo. «Deberías estar agradecido de que no ande brincando por las paredes. Si fuera el típico niño, jamás tendrías paz».

Curiosamente, considerando que aún desarrollaba sus capacidades motrices, era extraño escuchar un regaño de la madre de Miguel. Me había hecho a la idea de que toda la semana escucharía el sonido de muebles moviéndose y cajas siendo transportadas, pero no fue así. Apenas hacían ruido. De hecho, los había visto muy pocas ocasiones. Llegaron tarde por la noche una semana antes, y esa fue la única ocasión en que los vi juntos desde la ventana de mi estudio.

Según pude recordar, la madre de Miguel era una mujer alta, atractiva y aparentemente un poco mayor que yo, aunque apenas pude distinguir su rostro. Esta conversación con Miguel era la primera interacción que tenía con los nuevos vecinos.

«Vendrá en algún momento cuando Betty regresé a casa», pensé mientras soltaba el mango de la podadora. «Hasta entonces podremos presentarnos formalmente».

«Oye, Miguel», le dije mientras recuperaba la podadora para arrastrarla por el jardín. «¿Qué harán tú y tu madre esta noche? ¿Supongo que ya casi llega tu hora de dormir?».

«No. falta mucho», dijo.

Me reí. «Si tú lo dices. Yo tengo que dormir temprano, pero creo que antes veré un poco de televisión. Nos vemos luego, ¿sí?».

Llegué hasta la pequeña casa de madera al final del jardín y metí la podadora. Me dirigía a la puerta trasera cuando la voz de Miguel me detuvo. «¿Pablo?».

«¿Qué pasa, amigo?».

«¿Siempre cortas el césped tan tarde?».

Sonreí. «No, por lo general intento terminar cuando todavía hay sol. Pero mi esposa regresa mañana y quiero que todo esté en orden. Supongo que debe parecerte raro que corte el césped a estas horas, ¿no?».

«No, para nada. Creo que todo se vuelve más divertido por las noches».

«¿En serio?».

«¡Sí! Todo el tiempo me voy de aventuras». Percibí la emoción en la voz de Miguel, aunque no podía ver su rostro con claridad. No era más que una silueta en la penumbra de su jardín. «De hecho, una vez fuimos a pescar en la noche. ¿Ya lo has hecho?».

Sacudí la cabeza. «He ido a pescar un par de veces, pero sólo en el día».

«Creo que es más divertido por las noches. Todo es más emocionante por las noches».

Me encontré sonriendo una vez más. Pese a la urgencia por echarme en el sofá, el niño me entretenía. «Bueno, quizás algún día puedas invitar a mi esposa y a mí. Parece que su vida es mucho más emocionante que la nuestra».

Me dirigí nuevamente a la puerta. En esta ocasión alcancé la manija cuando la voz de Miguel volvió a detenerme.

pequeño en el porche

«¿Pablo?».

«¿Qué sucede, Miguel?».

“Pablo, ¿no tienes algo para tomar, un jugo u otra cosa?”.

Dudé. “No estoy seguro. No creo que…”.

“¿Te importa si me das un poco? Mamá aún duerme y esta semana ha sido muy pesada para ella. No quisiera despertarla”.

Me detuve a pensarlo un instante. Si Betty estuviera en casa, probablemente había dicho que sí sin el mayor inconveniente. Ni siquiera tendría que pensarlo. Pero, mientras era invadido por la oscuridad del jardín, tomé conciencia de lo extraño que sería invitar a un niño de 10 años a mi casa. Aunque viviera justo al lado. Supuse que a su madre no le agradaría mucho la idea.

«¿No hay nada para tomar en tu casa, amigo?». Mi mano aún descansaba sobre la puerta, aunque todavía no giraba la manija. Me quedé en la misma posición mientras buscaba la excusa perfecta. Cuando escuché la voz directamente atrás de mí, se me puso la piel de gallina.

«No, no tenemos nada».

Di la vuelta y encontré a Miguel parado a unos cuantos centímetros de mí. Me observaba con esos enormes y profundos ojos marrones que tenía. Seguramente el niño saltó por la barda mientras no lo veía. Lo consiguió sin hacer un sólo ruido.

observando desde el patio

«Por favor, Pablo. Nada más es un trago, y te prometo que regreso a casa. Ni siquiera me voy a sentar, lo prometo.

Hice un cálculo mental rápido: la puerta trasera daba directamente a la cocina, y ahí tenía jugo de naranja en el refrigerador. Probablemente, Miguel saldría en un par de minutos. A su madre le parecería extraño que ingresara a la casa si él se lo contaba. Sin embargo, concluí que sería más extraño que su nuevo vecino le negara una bebida cuando se la solicitó.

Dudé un par de segundos más y entonces suspiré. «Bien, adentro. Pero que sea rápido, ¿sí? Ya quiero acostarme».

Miguel sonrió y asintió. Giré la manija y entré a la casa.

«Así que eres un noctámbulo, ¿no?».

«¿Qué es eso?».

Fui directo al refrigerador y tomé el jugo de naranja. «Así se les dice a las personas que prefieren la noche. Ya sabes, como tú que te gusta ir de aventuras, pescar y esas cosas». Me acerqué al escurridor de trastes para tomar un vaso.

«Ah, sí. Definitivamente soy un noctámbulo».

Empecé a vaciar el jugo de naranja en el vaso. «Yo no. Jamás fui así cuando tenía tu edad. Solía temer a la oscuridad».

«Ya te acostumbrarás».

«¿Eh?».

«Dije que te acostumbras. Una vez que pasas suficiente tiempo en ella».

«Así es».

Me di vuelta y entregué el vaso con el jugo de naranja a Miguel. Lo recibió y sonrío. Llevó el vaso hacia su boca, luego se detuvo mientras me observaba por encima del borde. «Sabes, a mamá no le gusta que haga estas cosas».

«¿Hacer qué?».

«Entrar a casas de extraños. Sobre todo desde la última vez».

Observé al niño. Él me regresó la mirada y en su rostro ya no aparecía la sonrisa. Experimenté una sensación extraña en el estómago, como si algo se retorciera dentro. «¿Qué quieres decir, amigo? ¿Qué sucedió la última vez?».

Miguel observó por encima de su hombro en dirección a la puerta trasera cerrada. Como si quisiera asegurarse de que su madre no estuviera allí. Retiró el vaso con jugo de naranja de su boca y lo puso sobre el mostrador de la cocina. Solamente se encogió de hombros.

«En realidad, nada. Solamente que, en el lugar que vivía, me hice amigo de este anciano que tenía una casa a un par de calles de la nuestra. También me invitó a tomar algo. Pero las cosas se pusieron raras».

¡Por Dios! Traté de mantener la misma expresión amigable, aunque estaba deseando haber dicho que no desde el principio. Aquello no se escuchaba nada bien. En el lugar donde vivía un extraño le invitó una bebida, y entonces las cosas se pusieron raras. ¿Qué pensaría su madre si llegaba a descubrir que ahora estaba en mi casa con esos antecedentes?

«¿En qué forma se… pusieron raras?». La pregunta ya había salido de mi boca antes que pudiera detenerla. Lo mejor hubiera sido enviar al niño a su casa, pero supongo que la curiosidad pudo más. Miguel me devolvió la mirada.

“Sí, pretendía que lo acompañara al sótano. Me dijo que tenía una colección de Lego espectacular, me preguntó si quería verla. Insistió en que la viera, aunque le mencioné que debía irme”.

De repente, sentí la boca seca. «Y… ¿fuiste con él?».

Miguel sacudió la cabeza de un lado a otro con fuerza. «No. Volví a casa corriendo. Mamá dijo que cuando entrara a las casas de extraños no debía ir más allá de la cocina».

Sentí un ligero alivio. Pero, cuando asimilé lo que Miguel acababa de decir el alivio se volvió confusión. «A ver, ¿qué quieres decir», le pregunté. «¿Entonces, entras a casas de extraños muy a menudo? ¿Son amigos de tu madre o de tu familia?».

Miguel abrió la boca y la volvió a cerrar. Después, llevó su mano al vaso con jugo de naranja. Pero, en lugar de levantarlo lo empujó con el dedo, deslizándolo en la superficie. Cuando volvió a ver, continuó hablando ignorando mi pregunta.

reflejo de un vampiro

«Mamá se enojó mucho cuando supo lo del hombre. Me hizo prometer que nunca, pero jamás, volvería».

«¿Se lo dijo a alguien? ¿Le informó a otra persona lo que te dijo este sujeto?».

«De ninguna manera». Miguel apartó la vista de mí una vez más. Su rostro esbozaba una ligera sonrisa, como si perpetrara una broma que no entendía. «Hizo algo aún mejor».

«¿De verdad? ¿Qué hizo?».

«Lo desapareció».

Me disponía a hacer otra pregunta cuando me di cuenta de lo que Miguel acababa de decir. Lo próximo que vino a mi mente fue que seguramente lo escuché mal. «¿Qué dijiste?».

«Dije que mamá lo desapareció. Como te dije, la noche es el mejor momento para salir a cazar».

Miguel me observó con aquellos enormes ojos marrones. Para ser honestos, en ese instante parecían más oscuros que marrones. Casi negros.

«Yo… yo no…». Intentaba encontrar las palabras apropiadas, pero estaba confundido. Miguel sonrío.

«Es gracioso», dijo tras un largo rato de silencio. «Las personas creen que mamá no entra a menos que la inviten, pero nunca han entendido las reglas. Siempre que invitan a uno de nosotros, nos invitan a todos. Puede volver conmigo cuando ella quiera».

El niño me sonrió una vez más. «No te preocupes, Pablo. Le diré que eres una persona amable. Me aseguraré de que no sea tan dura contigo cuando la conozcas. Gracias por el jugo».

la madre vampira

Se dio la vuelta y abrió la puerta trasera. Mis ojos se quedaron atrapados en el vaso con jugo de naranja mientras mi mente tomaba conciencia de que no había tomado una sola gota. Cuando Miguel volvió a hablar, me volví hacia él. Se encontraba bajo el marco de la puerta abierta, parcialmente embebido en la oscuridad.

«Tomará algún tiempo acostumbrarse», dijo. «Pero, dejarás de temer a la oscuridad».

Antes que tuviera oportunidad de responder, se esfumó entre las sombras.

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