7 formas de envenenarse en la era victoriana

Además del envenenamiento en actividades rutinarias, la era victoriana es un lapso interesante en la historia. Dejó como legado las locomotoras a vapor, la fotografía y el primer sanitario de descarga. Sin embargo, este anhelo de innovación entre los victorianos a menudo resultaba catastrófico. Disponían de tantos productos químicos peligrosos, que era como dejar a un niño con una caja de fósforos junto a una montaña de fuegos artificiales.

envenenarse en la era victoriana(1)

Más allá de colocar una advertencia de “peligro” en las botellas de arsénico, carecían de cualquier otra medida de seguridad o preocupación por su salud. De hecho, la gente solía comprar arsénico como veneno para las ratas. A menudo, con consecuencias terribles. En una época donde la apariencia lo era todo, la salud pasaba a segundo término. En aquel peculiar siglo XIX, los victorianos encontraron las formas más absurdas de envenenarse.

Ántrax en las paredes.

Sin darse cuenta, los victorianos llegaron a revestir las paredes de sus hogares con una bacteria mortal. Por esos tiempos cubrían las paredes con cal que, a diferencia del yeso, no es un agente ligante por sí mismo. Entonces, las personas reforzaban la mezcla con pelo de caballos, cabras, vacas y ovejas.

casas pintadas con cal

Aunque el ántrax no era una bacteria común en la Inglaterra de la era victoriana, llegó a aparecer en esas mezclas. El riesgo de infección para los humanos provenía de productos obtenidos de animales infectados como la piel, el cabello o la lana. Una vez que las paredes quedaban revestidas con cal contaminada, el ántrax podía ingresar por inhalación o a través de una abrasión en la piel.

Mamilas asesinas.

En la era victoriana apareció un producto revolucionario para la alimentación de los bebés. Una botella de vidrio equipada con delgados tubos de caucho y una boquilla. Obviamente, la idea era que los pequeños succionaran a través del tubo, como si estuvieran bebiendo de un popote.

The Little Cherub botellas asesinas

El producto se promocionó a través de una campaña publicitaria titulada “The Little Cherub” y “The Princess”, para niños y niñas respectivamente. A las madres les encantó la idea de que los niños pudieran alimentarse por su cuenta. De hecho, lo consideraban un motivo de orgullo. Las madres victorianas adoptaron estas botellas como accesorio indispensable en la alimentación de sus hijos, pero las consecuencias resultaron funestas.

Como el tubo de caucho estaba adherido a la botella, era prácticamente imposible de limpiar. Al interior de aquella botella de vidrio se creó el ambiente propicio para la proliferación de toda clase de bacterias alimentadas por leche tibia. La Sra. Beeton, una especie de gurú para las amas de casa de la era victoriana, llegó a publicar una serie de recomendaciones en 1861. En una de ellas señalaba que estas mamilas podrían utilizarse sin lavar hasta por tres semanas.

bebes de la era victoriana

Al alimentarse, los bebés ingerían un caldo de cultivo atestado de bacterias. Muchos pequeños murieron por culpa de este producto, y las personas empezaron a llamarlas “botellas asesinas”. Sin embargo, ni el mote ni la condena de la comunidad médica evitaron que muchas madres siguieran utilizándolas. Estas mujeres se dejaron llevar por la publicidad y siguieron arriesgando la vida de sus bebés.

Los médicos de la era victoriana.

Hablando de médicos, estos solían trabajar con el conocimiento y las herramientas disponibles en la época. En la era victoriana, el principal objetivo de la medicina era restaurar el “equilibrio del cuerpo”. Y la mayoría de los procedimientos se enfocaban precisamente en eso. Se socorrían toda clase de laxantes, purgas y procedimientos con sanguijuelas para eliminar los “malos humores”.

medicos de la era victoriana

Por si fuera poco, los médicos de la época estaban convencidos de que suministrando pequeñas dosis de veneno a los pacientes mejoraban su salud.  Los pacientes sobrevivían a pesar de los tratamientos, y no gracias a ellos. Sin embargo, una que otra vez los médicos acertaban accidentalmente.

Tal es el caso de la prescripción de cigarrillos para aquellos que padecían asma. Resulta que el arsénico, ingrediente activo, se transportaba en hojas de tabaco que contenían un derivado natural de la atropina, un fármaco capaz de abrir las vías respiratorias. Entonces, el asma del paciente mejoraba, pero no por las razones que los médicos creían.

arsenico era victoriana

Fenol.

Las nuevas teorías sobre gérmenes causantes de infecciones salían a raudales en la era victoriana. Y así como sucedió en 2020, la limpieza e higiene se volvieron una obsesión. Es irónico que siguieran utilizando mamilas sucias al mismo tiempo que se envenenaban con fenol en pro de la asepsia.

Muchas familias victorianas emplearon fenol y sosa cáustica como agentes limpiadores. Y solían almacenarlos en los armarios, junto a los alimentos. Este hábito era un gran problema, pues esos productos mortales se vendían en empaques similares a otros artículos domésticos. Cualquier persona despistada podía confundir los productos y terminar envenenando la comida.

Fenol de la Era Victoriana

En septiembre de 1855, una persona que preparaba el pastel para una fiesta confundió el fenol con bicarbonato de sodio. Cinco personas murieron envenenadas por la sustancia y trece más enfermaron de gravedad. Hasta 1868 la Ley de Farmacia limitó la venta de venenos y drogas en Inglaterra y Gales. Además, se prohibió que todos esos productos químicos se almacenaran en contenedores similares a los de artículos comunes.

Velas cadáver.

En los albores del siglo XIX, la materia prima en la fabricación de velas era cebo o cera de abeja. Las velas hechas con cebo producían mucho hollín y olían mal. Mientras tanto, aquellas fabricadas con cera de abeja resultaban muy costosas. En 1810, alguien reformuló el proceso de fabricación y lo acercó a lo macabro.

Eugène Chevreul

El químico francés Michel Eugène Chevreul apareció con una técnica que separaba el cebo y, añadiendo un ingrediente secreto, convertía velas baratas en artículos de calidad. En Francia prohibieron esta clase de velas, pero eso no evitó que se popularizaran en Inglaterra. Entre 1835 y 1836, se desató un auténtico frenesí por estas velas.

Cierta noche, un profesor de química trabajaba a la luz de una de estas velas. El hombre percibió un extraño olor a ajo emanando de la cera derretida y le pareció extraño. Sabía de antemano que los compuestos de arsénico liberaban un olor a ajo e identificó con precisión el ingrediente secreto. Para confirmar sus sospechas, el profesor hizo una serie de pruebas y divulgó sus hallazgos. Apodó a este nuevo producto “velas cadáver” por el mortal vapor que liberaban durante su uso.

Pan blanco adulterado.

Como mencionamos antes, los victorianos se fijaban mucho en la apariencia. En esta época surgió la idea de que el blanco está ligado a la pureza y entre más blanco, mejor. Lógicamente, desarrollaron una obsesión por el pan blanco. Consideraban que, al eliminar todo el salvado y germen de trigo, el pan blanco resultante era puro y saludable. Peor aún: les dio por añadir un agente químico blanqueador a base de aluminio. Esta gente vivía fascinada con el color casi metálico del alimento.

pan adulterado

Estos compuestos, denominados alumbres, eran sales de doble sulfato de metales como el aluminio, cromo o potasio. Tradicionalmente, el alum se utilizó en la Edad Media en la preparación de tintes para lana. Posteriormente, lo aplicaban a instrumentos quirúrgicos para contener las hemorragias. Y sí, es tan malo como parece.

Además de carecer de valor nutricional alguno, agregarlo a un alimento tan básico como el pan sólo provocó la desnutrición de los consumidores. Se cree que este pan adulterado contribuyó al surgimiento de enfermedades vinculadas a las deficiencias nutricionales. El alum actúa a nivel del estómago irritando la pared intestinal, causando malestar y estreñimiento a largo plazo. Este compuesto fue responsable de la muerte de algunos niños.

El plomo.

La Revolución Industrial propició el crecimiento de las ciudades como nunca antes. Evidentemente, entre más personas se integraban al núcleo urbano mayores eran los requerimientos de servicios. Para proporcionar suficiente agua a los distritos más pobres de zonas importantes, se construyó una serie de embalses.

muerte era victoriana

El gran problema era que el agua debía viajar largas distancias por cañerías de plomo, volviéndose tóxica en el camino. El plomo resultó tan importante para la red de suministro de agua, que el término en latín plumbum originó la palabra en inglés “plumbing” (plomería).

Irónicamente, en 1847 el gobierno de Gran Bretaña decretó leyes en las que se consideraba ofensa criminal contaminar el agua potable. Sin embargo, el problema del plomo era mucho más grande. El químico solía agregarse a la pintura para prevenir agrietamientos y hacer los colores más intensos. Los victorianos aplicaron pintura con plomo sobre juguetes infantiles y muebles. Cuando un niño se llevaba esos artículos a la boca, accidentalmente se estaba envenenando.

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