Tres efectos secundarios de la cultura del status

Desde los más adinerados hasta los más desfavorecidos, la era de la comunicación trajo un efecto secundario poco deseable: la perversa cultura de “hacer y tener para que el mundo lo pueda ver”. Esta práctica, y todos los que hemos estado inmersos en ella estamos trayendo un cúmulo de aberraciones al mundo.

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No es ninguna novedad que vivimos y alimentamos constantemente la cultura del status – esto es, una cultura que se centra en las apariencias, pese a que dichas apariencias no sean una representación fiel de la realidad. Es muy sencillo, basta con acceder a una cuenta de Facebook para observar a una buena parte de amigos y conocidos en una batalla sin cuartel en forma de actualizaciones de status sobre quien tiene el mejor empleo, la mejor familia, las mejores vacaciones, la (el) mejor novia(o), las mejores fiestas, los mejores amigos y, en general, la mejor vida.

Y no decimos esto para criticar a los que se jactan (sutil o descaradamente) de la vida que tienen en Facebook, por qué yo mismo entró ocasionalmente a esa tendencia viciosa: por más atenta, cuidadosa y sencilla que sea una persona, tarde o temprano todo el mundo resbala y cae en las manos perversas de la practicas del “hacer para que el mundo lo pueda ver”. Pero es muy válido reflexionar sobre lo mucho que esta obsesión que implica el maquillaje de la realidad está permeando en nuestras vidas y hasta qué punto las personas están dispuestas a ir para representar un determinado papel ante los ojos de los demás. Podemos estar equivocados – y, por favor, si no estás de acuerdo, es muy válido que lo manifiestes en los comentarios –, pero creemos que algunas aberraciones de la vida moderna son consecuencia directa de esta cultura del status, en la que las experiencias y sentimientos son puestos a prueba constantemente ante un público. Aberraciones como…

 

Los grandes gestos de amor.

Podemos equivocarnos, pero las grandes demostraciones de afecto son una cosa relativamente moderna, ¿cierto? Hablamos de esos gestos ridículos como hacer descender un helicóptero en la casa de la mujer amada para pedirle matrimonio, o hacerle la propuesta en un estadio durante un partido de béisbol frente a toda una multitud, o simplemente sorprenderla con una serenata a la salida de su trabajo – y obviamente, grabarlo todo y publicarlo en YouTube y hasta aparecer en algún programa de televisión para idiotas llamado Hoy.

propuesta matrimonio

Con excepción de una pequeña parte de la Internet que está comenzando a ver estos grandes gestos como una forma de coerción amorosa, la mayoría de las personas quedan idiotizadas cuando ven un gran gesto de amor en acción (por su puesto, cuando es correspondido. Cuando no, la mujer se convierte en una arpía malagradecida, pero eso ya es otro tema). “Deben quererse mucho”, es la idea que a veces pasa por la multitud que ve, junto con una buena cantidad de admiración y envidia a partes iguales. Para la pareja ese es el gran premio – no el amor del conyugue, sino el trofeo que garantiza un status de matrimonio perfecto, amado y envidiado por las masas. Un trofeo cuyo estante es una selección de distintitas redes sociales a su disposición, que garanticen la máxima difusión del status recién adquirido. Incluso cuando el amor no es tan firme, o tan verdadero como debería, ese gran gesto aparece como una forma de arrebatar y concluir de forma definitiva hasta al más incierto de los amantes. Quien evalúa el amor, en estos casos, es la multitud, aunque no haya madurado lo suficiente o nunca llegue a hacerlo. Esto no significa que todos los grandes gestos de amor sean una farsa. Creo que el 99.9% de las personas que hacen esto lo hacen con sinceridad, o por lo menos esa es su intención. Pero, ¿qué lleva a estas personas a sentir esa necesidad de incluir y de tener la validación de una tercera parte – la multitud en este caso – en una cosa tan privada, tan personal, tan íntima? ¿Lo hacen por amor o por espectáculo? ¿Cuántas relaciones se arrastran y cuando matrimonios se realizan para luego deshacerse en nombre del espectáculo?

 

Hijos de adorno.

Tras un matrimonio, una de las constantes entre las parejas es preguntarse el momento idóneo para tener hijos. Es algo natural, pero resulta realmente incomodo que si una pareja decide tener hijos, las personas lo celebren en lugar de preguntarse si hay condiciones financieras idóneas para criar a un hijo en el momento. ¿Cómo puede celebrarse una decisión tan irresponsable?

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Eso demuestra lo fuerte que resulta el estereotipo de que la familia solo es una familia (y, por tanto, solo así puede ser perfecta) con uno o dos retoños poblando las fotografías, y el hecho de encontrar eso normal muestra lo fuerte que es la programación martillada en nuestras cabezas desde la infancia – casarse y tener hijos. Y aunque existen miles de motivos diferentes para que una persona desee tener un hijo, para algunos individuos se trata de una trayectoria predefinida que debe seguirse para que su status Familia Perfecta pueda ser alcanzado. Y de este deseo por un determinado status asociado a la expectativa social antes mencionada es que nacen los Hijos de Adorno.

Los Hijos de Adorno son esos niños que vinieron al mundo para “llenar” una familia y convertirla en algo “digno” de ser llamado Familia (con todo y F mayúscula) que pueda presentarse honrosamente en la iglesia o en las posadas de la empresa. Los Hijos de Adorno generalmente son criadas por nanas o abuelos y disfrutan muy poco tiempo de calidad con sus padres. Como si fueran una mera pieza de decoración, los Hijos de Adorno tienen que tener algún atractivo. Para los pequeños el simple hecho de su existencia ya es suficiente, con los mayorcitos es diferente, y se requiere que aprendan algunas habilidades que puedan exhibir al mundo. Por eso no es nada raro descubrir que estos Hijos de Adorno raramente tienen una tarde libre – siempre están ocupados en clases de ballet, inglés, piano, fútbol, francés, etc. – Básicamente, los Hijos de Adorno son una extensión más de la vida perfecta que los padres se fabrican – no necesariamente la que ellos viven, sino la vida que muestran al mundo. Sin embargo, es importante recordar que los Hijos de Adorno crecen y no siempre se convierten en lo que los padres esperaban.

 

Distracción generalizada.

Mira a tu alrededor. Cada día que pasa nos asemejamos más a androides tontos, inmersos en los smartphones en lugar de conversar con la persona a nuestro lado, tomando fotos como locos en lugar de ver el paisaje y listando logros en lugar de conocer a nuevos individuos. Nuestros smartphones y redes sociales se volvieron demasiado poderosos y tomaron el control de nuestras vidas como un parásito inteligente y mortal.

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En este caso, estamos constantemente pegados a las redes sociales por qué ellas son las vitrinas de nuestra vidas y, a través de un raciocino absolutamente absurdo, creemos que lo que mostramos en la vitrina en más importante que la calidad del producto. Esto conduce, evidentemente, a una distracción generalizada, en que la vida y las personas pasan como un telón de fondo mientras actualizamos obsesivamente nuestro Twitter. Nada se aprovecha y absorbe realmente por la persona que sufre de distracción generalizada. Un paisaje es admirado por tres segundos, el tiempo en que la persona saca el celular de su bolsa y le toma una foto para mostrarlo en Instagram. Una conversación dura algunos minutos hasta que alguien suelta una frase muy elocuente y siente la necesidad de interrumpir la plática para publicar la “cita” en Facebook. Todo gira en torno al status divulgado, de una imagen que va siendo creada actualización tras actualización, como un monstruo virtual que nunca adquiere vida, porque no es real.

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