Los lamentos que venían del cielo.

1463008121_small1Este hecho sucedió el 15 de Abril de 1912 a las 5:00 AM. en un lejano pueblo entre las costas de EUA y Canadá. Los habitantes en su mayoría descansaban en sus humildes hogares. Algunos se aprestaban a iniciar sus labores agrícolas que en ese tiempo eran pobres por lo frío del clima.

Extrañamente llegaron a oídos de algunos pobladores a lo lejos, unos débiles murmullos que no alcanzaban a distinguir. Conforme pasaban los minutos esos murmullos se volvían mas intensos. Poco a poco la gente tomo atención de lo que estaba sucediendo. Unos a otros comentaban y confirmaban que lo que estaban oyendo no era su imaginación. Algunos minutos después las personas que estaban dentro de sus casas ya distinguían los sonidos y salieron al exterior para tratar de ubicar su procedencia.

“¿Qué es eso?”, se decidan unos a otros. Todos estuvieron de acuerdo, los murmullos cada vez más fuertes parecían… lamentos. La intensidad se volvía más fuerte. Se habían vuelto tan claros y sonoros que la gente que se hallaba dormida se despertó por los lamentos convertidos en llanto, gritos desesperados, ayes de dolor, de sufrimiento.

Prácticamente todo el pueblo se encontraba afuera y asustados se miraban unos a otros tratando se encontrar el origen de los dramáticos sonidos. Los habitantes se fueron agrupando en tanto que las voces ya eran clarísimos gritos de auxilio. Desesperados y angustiados no encontraban explicación y buscaban con alarma de donde provenían. Algunas mujeres se tapaban los oídos pidiendo al cielo que cesaran los lamentos que ya eran tan fuertes como insoportables, se hincaban y rezaban al no encontrar explicación a tan extraño suceso. Todo el pueblo estaba reunido y con el terror colectivo de un fenómeno que nunca en sus vidas imaginaron experimentar. Constataron que los sonidos no eran causados por ningún habitante y ya imploraban a dios porque terminara esa pesadilla.

Las mujeres de repente, al seguir rezando por la piedad de esos alaridos de dolor y alzar su vista al cielo implorando el cese a ese tormento, se quedaron viendo fijamente hacía arriba y gritaron: “¡De arriba, del cielo vienen!”. Todos dirigieron sus miradas a las alturas y en efecto distinguieron con certeza el origen de los sonidos: eran mujeres, niños, hombres; pero no veían nada, solo una gran cantidad de nubes aglomeradas y oscuras; como próximas a precipitarse en una gran tormenta. Sin embargo el viento esa mañana era muy fuerte y todas juntas comenzaron a desplazarse hacia el horizonte y junto con ellas los lamentos comenzaron a alejarse.

Más tranquila la gente poco a poco fue retornando a sus casa y los que tenían que trabajar retomaron su jornada con tranquilidad alerta. El día tomo su curso normal. Los pobladores que por razones de trabajo o de cualquier otra índole se trasladaron a la costa, iban comentando la inexplicable experiencia. El comentario se hizo noticia y llegó a los puertos más cercanos, de ahí a la ciudad de Nueva York que tomo la nota y al divulgarlo entre la gente de los periódicos inmediatamente trataron de confirmar el evento. Se mandaron reporteros al pueblo y constataron la veracidad del fenómeno al entrevistar a los pobladores que coincidían a la perfección en sus relatos.

Al mismo tiempo en las ciudades importantes tanto de Estados Unidos como de Cánada llegó una noticia sucedida horas antes de ese 15 de abril, un hecho fatídico acontecido en los mares del Atlántico a unos kilómetros de Nueva York y a otros más de las costa del Cape Race: un gran barco se había hundido con 2232 pasajeros a bordo muriendo congelados o ahogados en la mayoría. Sólo se salvaron 705. El nombre del barco: Titanic.

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