El épico viaje de un parásito trematodo

Mientras el sol se levanta sobre una pradera tapizada de hierba, y los destellos del alba se anidan en las innumerables gotas del rocío, un solitario caracol avanza decidido a un montículo humeante de alimento a unas cuantas pulgadas de distancia.

caracol pradera

Pero tras la ignorancia de este gastrópodo blindado, este montón de estiércol de vaca aparentemente normal esconde una legión completa de huevecillos Dicrocoelium dendriticum, cada uno de los cuales es portador de un parásito con una siniestra habilidad para controlar la mente. A medida que en la garganta del caracol tiene lugar un fibroso festín, sin saberlo establece las condiciones para que estas duelas ojivales se embarquen en una aventura en miniatura que las llevará a través del lodo, insectos zombis y hasta la bilis para encontrar en última instancia su propia especie de utopía.

A medida que los huevecillos ingeridos se trasladan por el vientre del caracol, la humedad y los jugos digestivos estimulan a los viajeros a abandonar sus conchas. Impulsados por unos diminutos cilios que rodean los cuerpos de los trematodos, estos parásitos recién nacidos se abren camino entre la oscuridad de la glándula digestiva de su desafortunado huésped. Hay que establecerse en un lugar improvisado para esperar la adolescencia.

Dicrocoelium dendriticum

Dicrocoelium dendriticum

Cuando están listos para aventurarse por su cuenta, los jóvenes trematodos abandonan su cómodo hogar en el interior del caracol. Se abren camino hasta la cámara respiratoria de su anfitrión, y una vez allí se reúnen en grupos a lo largo de toda la pared interior y esperan pacientemente. Su presencia provoca irritación en el revestimiento interior de la cavidad respiratoria, que rápidamente actúa para librarse de los invasores secretando una espesa mucosidad. Cuando los trematodos alcanzan el tamaño ideal, el caracol tose y los expulsa, arrojando a un grupo de pegajosos trematodos al vasto mundo. Abandonados a su suerte, sellados en un húmedo capullo protector, los jóvenes parásitos pasan su tiempo al lado de cientos de moco-compañeros. El caracol sigue serpenteando por su cuenta, ajeno a cualquier daño, además de aquella tos particularmente espesa.

Una hormiga que busca desesperadamente alimento en las cercanías se encuentra con esta pelota de baba sobre una cama de vegetación. Las dulces feromonas impregnadas por las mucosas del caracol representan una golosina irresistible para el insecto, que carga el tesoro y lo lleva de vuelta a la colonia. A medida que la baba es saboreada por las demás hormigas, los trematodos clandestinos se infiltran en la anatomía de los insectos. La mayoría de los parásitos se abren camino hasta el abdomen, pero algunos toman un desvío que los conduce hasta el centro nervioso del insecto, donde emplean métodos misteriosos para controlar las acciones de su huésped.

Por la noche, el ejército de hormigas regresa a la seguridad del hormiguero después de un arduo día de trabajo en sol, aquellas que tomaron parte en el procesamiento de la baba extrañamente empiezan a vagar lejos de la colonia como si fueran zombis. Ahora responden las órdenes que sus invitados no deseados decretan desde sus cabezas, una hormiga infectada se adentra en el espeso follaje y selecciona una hoja de hierba al azar. Se trepa por el tallo y se arrastra hasta la punta, donde obedece a una poderosa urgencia de sacrificar su propia seguridad para anclarse con las mandíbulas en la planta.

hormiga

Cada una de estas estupefactas hormigas zombis se mantiene colgando en la hierba toda la noche. Cuando la luz y el calor reaparecen por la mañana, el insecto recobra control de sus sentidos, baja y regresa a casa. Durante el día se reúne con sus compañeras como si nada hubiera pasado; pero cuando la noche se acerca, y las temperaturas descienden, los trematodos parásitos una vez más instan a su anfitrión a aventurarse a la selva de follaje. Selecciona una nueva hoja de hierba y escala, una vez en la cima la hormiga se posiciona firmemente sobre el borde.

Este extraño ritual inducido sigue hasta que un día el insecto es aspirado a las fauces de una bestia. Nos referimos a una vaca que pasta tranquilamente, ajena por completo al drama de la hormiga zombi y su malvado amo.

Una vez que los guerreros trematodos han logrado ingresar a esta, su presa final, salen de su hormiga de Troya y emplean sus poderosas colas para nadar a través del laberinto de órganos del rumiante. Eventualmente llegan a las tripas de la vaca – y a los ductos de la bilis – donde los adultos exitosos se establecen y abandonan su vida de forajidas. La “duela pequeña del hígado” vive en profunda tranquilidad en este tubo húmedo, y después de un tiempo pequeños paquetes de alegría empiecen a aparecer. Los huevecillos de las madres son liberados en el conducto biliar, y de ahí son transportados por los conductos de la vaca. Eventualmente son depositados en los intestinos, donde los huevecillos toman un aventón hasta el suelo entre las fibras de la hierba digerida.

Allí, mientras el sol se levanta sobre una pradera tapizada de hierba, y los destellos del alba se anidan en las innumerables gotas del rocío, un solitario caracol avanza decidido a un montículo humeante de alimento.

Biología

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  • Jaocagomez Ene 27, 2016

    increíble la capacidad de estos parasitos, la realidad supera la ficcion…

  • VCP Ene 27, 2016

    ¿___________? VS Dicrocoelium dendriticum

  • Masio Osare Ene 27, 2016

    Órale. Es posible que estos parásitos puedan infectar a los humanos?

  • yanimeacuerdo Ene 27, 2016

    la forma de como enpieza y termina me recordo a los relatos de ray bradbury

  • Fran Ene 27, 2016

    Un ciclo sin fin diría yo, ya que no tiene fin y tampoco algún fin, si me entienden… 😀

    • El joven panocho Ene 29, 2016

      Pues en fin…

    • Emiliano Chavez Davila Ene 30, 2016

      Como que no tiene algún fin?
      Imagínate que para dejar descendencia tuviéramos que hacer todo eso y no solo soltar espermas en un útero.

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