Dilema moral – Creepypasta

Si has bebido Reed Bull en los últimos noventa días, sinceramente espero que estés bien. Aunque estoy preocupado por ti. No revelaré mi nombre, sobre todo por el miedo que me produce que sepan que escribí esto. Mi nombre será Zed. Trabajé en las plantas de producción de Reed Bull en Austria durante más de una década. Era un buen empleo. Me ayudó a sacar adelante a mi esposa e hijos. La mayoría de los que trabajaban allí eran austriacos, pero yo nací en un país occidental (una vez más, no diré el nombre). Visité Austria por primera vez cuando era un hombre joven, conocí a mi esposa y jamás me fui.

No era lo que mi familia quería para mí, probablemente esa es la razón por la que nos comunicamos tan poco. Pero yo era un joven que había abandonado la escuela secundaria intentando abrirse camino en la vida. Me perdí en Europa durante varios años, simplemente tirado en cualquier sofá o pasando las noches en cualquier parque. Me acostumbré a realizar trabajos extraños a cambio de dinero que siempre terminaba gastándome en las tabernas. Pero cuando conocí a mi esposa sentí que algo cambió dentro de mí. Le prometí que dejaría de ser ese bastardo inútil que era cuando me conoció. Buscaría un trabajo estable y me convertiría en un hombre hecho y derecho. Un hombre ejemplar.

Ese es uno de los motivos por los que escribo esto. Si fuera como hace algunos años, simplemente habría dejado que pasara. Si no me afecta, ¿por qué habría de importarme? Pero ahora soy una mejor persona. Lo que sé podría tener un impacto en millones de personas. No tengo otra opción que compartirlo.

Nuestra fábrica de Reed Bull es la única que produce el líquido para la bebida y la envasa en un solo sitio. Probablemente hacen esto para ahorrar el costo del transporte. Yo trabajaba en la sección de embotellado de la fábrica. No fue nada emocionante, por decir lo menos. Me ponía delante de una cinta transportadora, las latas circulaban, el líquido era vertido y las tapas colocadas en última instancia. Básicamente, mi trabajo era ver esto durante todo el día y asegurarme de que nada saliera mal. Y nada salió mal durante esos diez años. Por supuesto, ocasionalmente sucedían aglomeraciones y derrames, pero era algo contemplado. Lo que pasó el pasado mes de septiembre fue algo mucho peor.

La primera vez que sucedió fue un día como cualquier otro. Recuerdo que esa mañana hice panqueques para la familia, mi esposa me despidió con un beso y una sonrisa y me dirigí al trabajo como cualquier otro día. Como de costumbre, todos los del turno anterior parecían muy cansados. Tomé mi posición en la línea de producción, esperando a que arrancara el proceso.

Stefan, mi colega en el trabajo, era un tipo que hablaba muy poco. Un sujeto callado que mantenía su vida privada en total secreto. Pero ese día se inclinó hacia mí y me chismorreó como vendedora de mercado. “No hay toros”, me dijo. “Esta vez son cerdos”. Evidentemente habla alemán, por lo que estoy traduciendo.

– ¿Qué?

– No hay toros para el producto. Quiero decir, orina. Tuvieron que usar la de los cerdos.

Golpeó sus dedos contra el metal de la cinta transportadora.

– No tengo idea de lo que estás diciendo.

Él puso los ojos en blanco.

– Orina, para el producto.

– Eso no es más que un mito.

Le dije en tono de broma.

– No, es verdad. No la usan tanto como lo hacían al principio, sobre todo por el costo, pero aún está allí. Cada gota amarilla. Aunque los toros que usan no fueron suficientes para este lote. Tuvieron que mezclarlo con algo más. Por eso es que tienen a los cerdos.

Miró a su alrededor y luego me susurró: “según escuché hay algo malo con ellos”.

La cinta transportadora empezó a caminar y Stefan regresó a su estación. Yo me encogí de hombros. Invertí todo mi día haciendo lo mismo, mirando latas y presionando un botón. Cuando llegó la hora del almuerzo, todos ingresamos al comedor. Como de costumbre, Julia tenía una lata de Reed Bull a su lado. No solo trabajaba en ese lugar, sino que se había vuelto adicta al producto. La abrió con un suspiro. “Fresco de la línea”, dijo con entusiasmo y después lo bebió.

Para mi fortuna hacía mucho que no tocaba la bebida. Dejaba un sabor de boca extraño que nunca pude superar.

Stefan volvió a contar sus historias. “Estos lotes saldrán pronto para Norteamérica. No estoy seguro de lo que sucederá cuando lleguen allá. Ya sabes, no hay toros. Solo cerdos”. Ninguno de los presentes lo tomó en serio.

Dos semanas después, Stefan dejó de ir al trabajo. No dio ninguna explicación, simplemente desapareció. Otro de los trabajadores que vivía cerca de él fue a revisar su casa, pero nadie lo atendió.

Creo que ese día era jueves, el día en que Julia tuvo el ataque. Bueno, eso creímos que era. Fue aproximadamente cuatro semanas después que Stefan desapareciera. Se desparramó en el suelo y se sacudió como una loca. Nadie de nosotros había experimentado convulsiones antes. Gritaba “¡Está en mis ojos! ¡Está en mi cerebro!”. A alguien se le ocurrió meterle una cartera en la boca. Me arrodillé junto a ella, tratando de mantener su cabeza en lo alto. Ahí fue cuando noté algo extraño. Noté tres pequeñas franjas oscuras retorciéndose en su ojo izquierdo. Parecía que estaban nadando hacia arriba.

Antes de que pudiera averiguar lo que sucedía, uno de los supervisores instruyó a dos hombres para que la sacaran de allí. Nos dijo que tenía un trastorno convulsivo, que era algo normal. Nada de qué preocuparnos.

Nunca más volvimos a ver a Julia.

Soñé con las franjas retorcidas en sus ojos. Estaba de pie en el comedor, todo lucía exactamente igual excepto por una pared que había sido sustituida por un enorme globo ocular. Una franja rizada empezó a subir por el ojo, recolectando fragmentos de vísceras a medida que subía. Luego le siguieron dos más. Las líneas empezaron a hacerse más nítidas. Parecían serpientes blancas, con manchas de sangre sobre sus largos cuerpos. Una de estas sacó la cabeza por la pared de la córnea, mirándome con un rostro sin expresiones. No tenía boca, pero juro que me sonrió.

Me desperté empapado en sudor, respirando agitadamente. Todavía podía escuchar los gritos de Julia incluso después de despertar. “¡Están en mi cerebro!”.

Cuando regresé al trabajo, me enteré que otros compañeros habían empezado a pasar por lo mismo. Empezaron con dolores de cabeza. Los describían como un dolor leve, después como punzadas y finalmente como si un martillo neumático se abriera paso a través de su cráneo. Después de la cefalea presentaban problemas en la visión. Pequeñas franjas en formas extrañas atravesaban su línea de visión. Y finalmente, después de algunos días, encontraban el mismo destino. Todos gritaban que había algo en su cabeza. Ninguno regresaba a trabajar después de enfermar.

Las instalaciones empezaron a hacerse lúgubres. La gente tenía miedo de asistir al trabajo. Nunca se sabía quién sería el próximo o lo que estaba sucediendo. Finalmente, los supervisores nos llamaron a una reunión corporativa. Recuerdo que me pareció extraño que de aquella fábrica gigantesca, solo un 50% de la plantilla laboral se hubiera presentado. Incluso el número de supervisores era menor.

El jefe se puso frente a un micrófono y empezó a hablar. Su voz era calma pero amenazadora. “Quizá escucharon rumores de que algo contaminó nuestro producto. Simplemente son mentiras. No se infectaran si beben Reed Bull. Nadie ha muerto por eso. Cualquier chisme sobre el contagio es mentira. Si los atrapamos difundiendo estas mentiras, serán finiquitados de inmediato. ¿Alguna pregunta?”. La forma en que dijo “¿alguna pregunta?” en realidad no era una oración de interrogación. Más bien era como una amenaza. Fue la conclusión de su pequeño discurso.

Nadie dijo una sola palabra. Uno de los supervisores se acercó al micrófono. Su voz era mucho más tímida. “En este momento queda prohibido que los empleados beban producto fuera de la línea de producción. Podrán comprar Reed Bull en sus horas libres, pero no en el trabajo. No es algo discutible”.

Después de unos instantes se nos ordenó regresar al trabajo. Fue una marcha en total silencio. Pero antes de que me fuera, el jefe me hizo a un lado.

– Eres Zed, ¿verdad? De ____? (omitiré mi país).

– Sí, señor – respondí con un poco de nerviosismo.

– ¿Qué te parecería ser supervisor? Doble de paga y mucho menos trabajo – el hombre fingió una sonrisa. Necesitamos talentos como el tuyo. Es un plus que hables un perfecto inglés. Es un extra para nosotros.

– No sabría que decir – respondí confundido.

El jefe sacó una gran carpeta blanca.

– Lee lo que dice aquí. Si puedes aceptarlo, entonces te ascendemos. Si no te sientes… cómodo, entonces lo platicamos.

La puso en mis manos.

– Ahora ve a casa y vuelve mañana.

No he sido del todo honesto, para quien sea que esté leyendo esto. Aunque quiero ocultar mi nombre, no es por miedo a lo que la compañía pueda hacerme. Es por lo que haré mañana. Verás… la carpeta que me dieron es una descripción detallada de cómo aceptaré la culpa por todo lo que pasó. Pretendería ser un supervisor de alto nivel en la planta. Admitiría haber añadido ingredientes no aprobados a los Reed Bulls enviados a Norteamérica. Explicaría que la empresa no tuvo nada que ver, y que la culpa era mía.

A cambio, la compañía me pagaría una cantidad generosa cada mes de forma vitalicia.

Me la presentaron como una opción, pero yo sabía que en realidad no lo era. Si les decía que no, el mejor escenario era que perdiera mi empleo. Lo peor sería que terminara como Stefan. No podría hacerle eso a mi esposa, ni a mis hijos. Quería ser un buen hombre, pero los quiero más de lo que me importa mi reputación.

Por eso mañana, en una conferencia de prensa mundial, asumiré la responsabilidad de algo con lo que no tengo nada que ver. Mi nombre aparecerá en los titulares. Seré una vergüenza. Mi familia y yo tendremos que mudarnos, ocultarnos. Pero al menos estaremos a salvo. Eso espero.

Pero antes quiero que sepas lo que sucedió a aquellos que bebieron el producto infectado. Necesito decirlo, especialmente a los que viven en Norteamérica. Por qué quizá te sucede a ti también.

El producto contiene parásitos. Millones de ellos. Devoran el interior de tu cuerpo como lobos destrozando a un ciervo. Aunque quizá son muy diferentes a todo lo que sabes. Estos no se quedan en tu estómago. Viajan hasta tu cerebro. Como depredadores escurridizos y hambrientos, se mueven por todo tu cuerpo y devoran las entrañas de tu cráneo. Si tienes suerte, sobrevivirás el tiempo suficiente para decirle a tus seres queridos que los amas. Si no la tienes, terminarás como Julia. Revolcándote de agonía en el suelo, viendo como nadan a través de tus ojos.

Estos productos infectados fueron embarcados entre septiembre y octubre. El retiro del producto empezará mañana, pero muchos ya han sido expuestos a los parásitos. Por favor, busca asistencia médica. Quizá ellos puedan salvarte.

Si estás leyendo esto y experimentas un dolor de cabeza, o si puedes ver una pequeña mancha en una esquina de tu ojo, lo siento. Para ser sincero, ya estás muerto.

 

Un texto de EZmisery, traducido y adaptado por Marcianosmx.com Para evitar cualquier tipo de problema legal, hemos sustituido el nombre Red por Reed. Este es un relato meramente ficticio.

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Creepypasta
  • lolinanami-chan Dic 22, 2016

    Pero..que…*se y se hace bolita* tengo miedito

    • UnaChicaVenezolana Dic 22, 2016

      Jajajajajjaajja… :v shit

  • Nuel Dic 23, 2016

    Esta historia no es decabellada, los parasitos existen es la causa de las enfermedades y algunas otras dolencias mentales, El cerdo el animal mas parasitado, por que el se destino a limpiar el mundo no para comerse.

    • Negro Dic 23, 2016

      El parásito de la historia es el cisticerco, no estoy de acuerdo con la segunda parte de tu comentario.

  • hector zarate Dic 23, 2016

    hahaha!…suaveeeee…gracias

  • el chico sin avatar Dic 26, 2016

    he estado mas expuesto al cisticerco por las carnitas….ademas nunca he tomado esa cosa del toro rojo

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